Óscar André Miño Uriarte, escritor. (Lima – Perú).
Bryan ha muerto y su novia Elizabeth estaba huyendo con cuchillo en mano por toda la casa que era un laberinto fáunico ahogado y oscuro. El cadáver de Bryan estaba a varios pies de distancia de ella, aún sangrante, junto al cuerpo desnudo y despellejado de Carmen, porque el asesino lo había decidido así.
No había razón, no había lógica, solo la oportunidad de matar y listo. Elizabeth, corriendo y sudando, agitada por la oscuridad, todavía recordaba por fragmentos el cómo había llegado a esa situación… era un día en la casa de verano, tal vez 04 de octubre, no lo recordaba, pero fue hace tres días. Todo estaba perfecto: sol, el lago, el bronceado, chicas en biquini, tipos musculosos… ¿quién diría que ahora, un loco de dos metros de altura, con un saco en la cabeza, la estaría persiguiendo con un fierro luego de matar a sus compañeros?
Estaba sola, el guardabosques y dueño de la casa estaban fuera en el pueblo, que quedaba a varios kilómetros de distancia. Solo quedaba ella, la final girl, con la cabeza echa un lío y el cuchillo para defenderse. Aquel tipo estaba llegando, podía oír sus pasos. Se acerca por el único pasillo disponible, el que conectaba con la salida de emergencia.
-Por Dios…
Avanzó hacia la puerta, solo debía empujar de ella y salir. Tomó la manivela, pero al momento de tirar de ella…
– ¿Qué pasa?
Tiró de nuevo, pero nada. La puerta no se abría. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus labios temblaron.
-ÁBRETE POR DIOS.
Aquel grito desesperado alertó al asesino. Aquel rostro envuelto en un saco con un orificio para ver, se asomó por el pasillo, el fierro goteante de sangre estaba en su mano derecha, peligrosa y mortífera. La mano de Elizabeth tembló buscando la manivela que sabe bien, no abrirá esa puerta.
Con cada paso que daba el homicida, el corazón de la chica se iba acelerando. Solo tenía una oportunidad de salir con vida y esa era usar el cuchillo. Podía hacerlo, antes había practicado el arte de la defensa propia.
-Oye… OYE MANÍACO ¿QUIERES ESTO?
Levantó el cuchillo con temor y sin pensarlo dos veces, al momento en que el homicida levantó aquel mortífero fierro, ella le arrojó el cuchillo como si fuese un dardo y de milagro le atinó en el rostro, a la mitad de la cara para ser precisos. Al detenerse, Elizabeth lo empujó, le arrebató el fierro y se lo clavó en uno de los ojos, haciendo chorrear sangre y un bilis extraño.
-MUERE MALDITO…
El hombre dejó de moverse a los segundos y Elizabeth cayó a sus pies, sin temor a que se vuelva a levantar porque, después de aquellas puñaladas, ningún ser humano podría volver a pararse. Se arrastró con cuidado y volvió a la puerta de salida de emergencia. Introdujo la punta del fierro en el estrecho espacio entre los bordes cuando oyó aquel raro sonido.
No sabía como describirlo, solo que parecía la combinación entre un niño vomitando y la desmembración de un pollo. Al principio no le tomó importancia, hasta que el ruido se hizo más evidente. Se giró…
– ¿Qué…?
Simplemente no podía creer lo que veía: el cuerpo del homicida estaba dividiéndose, como una célula madre dentro del cuerpo. El pequeño orificio se había convertido en una herida enorme que comenzaba a desmembrar en dos el cuerpo, expulsando más de esa sustancia viscosa similar al slime.
-No…
Sus manos no se movían, todo su cuerpo se había congelado ante tal grotesco espectáculo. El fierro se desprende. Las dos mitades del homicida comenzaron a levantarse, formando burbujeos que se convertían en partes humanas, era como ver la formación de un feto. Se oía, veía y olía asqueroso.
-AYUDAAAA…
Golpeó con fuerza la puerta, pero muy en el interior sabía que nadie vendría. Estaba sola, o al menos así lo estará hasta que el homicida, que se había convertido en dos, se recomponga y termine el trabajo. Elizabeth solo pudo hacer una cosa: gritar.






