Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
Una idea me rondaba la cabeza desde hacía semanas, desde que fuera elegida la señora Fujimori como presidenta. Y es que la vida patea fuerte muchas veces. Pero pocos son valientes para decir las cosas de frente. Otros aguantan y aguantan. Las razones son múltiples. Y de eso quiero hablar.
Aguantan los ciudadanos cada día, al salir a las calles rumbo a su trabajo, al microbusero y a su cobrador. A esos señores —algunos se salvan— que están mal vestidos, huelen a rayos y cobran lo que se les da la gana. Pero, sobre todo, aguanta el pasajero la manera y el trato que recibe. Y no solo somos pasajeros. Somos clientes. Porque ese señor y, en ocasiones, esas señoras nos brindan un servicio. Y tenemos derecho a ser tratados con dignidad. Y sí, sí, también ocurre que existen pasajeros que dan ganas de ahorcarlos.
Aguantan los vecinos a quienes ponen su música —sea cual fuere— a un volumen de concierto. Los decibeles revientan la cabeza. Y no necesariamente es algo agradable. Pero el hecho es que nadie tiene derecho a molestar. Si estás en casa, pues escucha para ti. No queremos saber si te gusta Maluma, AC/DC o Chacalón. Eso es para ti y solo para ti.
Aguantan los electores a los impresentables que tenemos como candidatos. Cada dos o tres años votamos y debemos soportar a expresidiarios, perseguidos por la justicia, requisitoriados, pegamujeres, mataperros, lavadores de dinero, narcos y demás delincuentes que postulan para seguir delinquiendo con el aval del Estado. Pero también están los que, conchudamente, se llaman salvadores. Y a esos también los aguantamos.
Sí. Aguantamos a dizque católicos que amenazan de muerte a reporteros y ciudadanos; a quienes terruquean a sacerdotes, obispos y cardenales por decir que los derechos humanos existen y que debe respetarse la vida. Son los fariseos de nuestro tiempo. Esos mismos, si Cristo tuviera su Parusía, seguro lo volverían a crucificar, pero antes le dirían que es rojo y que debe irse a la hoguera. Peor que Torquemada, que estaba quemado, pero menos que estos.
Aguantamos a periodistas mermeleros que facturan con el Estado y con el sector privado. A dos caras. A doble cachete. Sin rubor. Pero se van con el mejor postor al final del día. Y también aguantamos a los ayayeros que les dan vitrina a quienes siguen ninguneando y diciendo que hay ciudadanos de tercera, cuarta y quinta.
Aguantan los docentes de los colegios e incluso de las universidades a padres de familia que miman a sus hijos y los envuelven en una especie de domo, haciéndoles creer que el mundo debe rebajarse a sus pies y decirles que sí a todo. Y esos docentes reciben de esos padres insultos, gritos y denuncias infundadas. Los directivos y los ministerios también se rinden, y el docente termina siendo no un educador o formador, sino una niñera asalariada que debe limitarse a callar y hacer lo que ellos digan.
La lista de quienes aguantan presión, golpes, insultos, vilipendios y demás es enorme. Yo, por ejemplo, aguanto a unos familiares que tratan como zapatilla vieja a otro familiar. Y lo peor es que esa persona se deja llevar y también aguanta a estos individuos que dicen amarla y cuidarla como nadie lo haría.
Eso sí es verdad. Porque no conozco a alguien que viva casi de gratis y, encima, trate mal a quien le dio la vida. Y su hijo hace lo mismo.
He dicho.







