El suicidio que la primavera no perdona: la soledad invisible de las personas mayores

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Escriben Teresita Serrano y José Miguel Morales. Unidad de Personas Mayores, Facultad de Psicología UDD.

Cada año, cuando el país se prepara para las Fiestas Patrias y la primavera, ocurre en paralelo un fenómeno menos conocido doloroso: el aumento en las tasas de suicidio. La evidencia chilena muestra que octubre y noviembre concentran las cifras más altas del año, con un ascenso que comienza en septiembre y se mantiene elevado hasta enero. Esto es un patrón epidemiológico real. La llamada ‘primavera gris’ no es un mito.

Y dentro de este fenómeno hay un grupo que rara vez aparece en la conversación pública sobre suicidio: las personas mayores. Mientras las campañas de prevención suelen concentrarse —con toda razón— en adolescentes y jóvenes, los datos muestran que las personas mayores presentan algunas de las tasas más altas del país. Según cifras del Ministerio de Salud, la tasa nacional de suicidio pasó de 9 por cada 100 mil habitantes en 2019 a 10,3 en 2024. En el grupo de 80 años y más alcanza aproximadamente 15 por cada 100 mil, la más alta entre los grupos etarios. Y la brecha entre hombres y mujeres se hace todavía mayor en la vejez.

¿Por qué ocurre esto? No existe una sola respuesta. El suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial. Pero hay una palabra que aparece una y otra vez cuando hablamos de suicidio en personas mayores: soledad.

La Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez muestra que la percepción de soledad entre las personas mayores aumentó entre 2016 y 2022. Y la soledad no siempre significa estar físicamente solo. También puede significar sentirse desconectado, no tener con quién conversar, sentir que ya no se ocupa un lugar importante para otros o experimentar que la propia vida ha perdido sentido.

A esto pueden sumarse la pérdida de la pareja, problemas de salud, menor autonomía, el retiro de espacios de participación y, en algunos casos, una profunda sensación de ser una carga para la familia.

El problema es que muchas veces ese sufrimiento se vuelve invisible. Una persona mayor puede dejar de participar, aislarse, perder el interés por aquello que antes disfrutaba o expresar que ya no quiere ser una carga. Y podemos atribuirlo simplemente a que “está más vieja”. Y este es un error muy peligroso.

El suicidio no es una consecuencia natural de envejecer ni algo inevitable por haber vivido muchos años. Detrás puede existir depresión, desesperanza, aislamiento o una pérdida profunda del sentido de vida. Por eso, escuchar y preguntar importa.

Y la responsabilidad no es solamente de la familia ni de los profesionales de la salud. También están los vecinos, antiguos compañeros de trabajo, amigos y quienes comparten con esa persona su barrio, club, iglesia u otros espacios. Son ellos quienes muchas veces pueden notar primero que algo ha cambiado.

Acercarse, preguntar cómo está y abrir un espacio para conversar puede permitir que un sufrimiento oculto finalmente sea expresado. Hablar directamente del tema tampoco “le mete ideas en la cabeza”; puede ser, por el contrario, una oportunidad para pedir ayuda.

Por eso esta primavera deberíamos mirar e interactuar mucho más con los mayores ya que estos meses puede ser un período en que el suicidio y el malestar psicológico adquieran particular visibilidad, pero la relación entre estacionalidad y suicidio es compleja porque no podemos atribuir causalidad simplemente al cambio de estación.

Quizás la pregunta más interesante sea otra: ¿qué ocurre cuando cambia el entorno social que nos rodea? Llegan los días más largos, aumentan las actividades al aire libre y se multiplican las reuniones familiares y sociales. Para una persona mayor que vive sola, que ha perdido vínculos significativos o que se siente excluida, ese mismo escenario puede hacer más evidente aquello que le falta. La primavera no crea esa soledad, pero puede hacerla más visible.

Y aquí hay una tarea para la Nueva Longevidad: no basta con agregar años a la vida. Necesitamos construir vidas en las que esos años sigan teniendo vínculos, participación, propósito y sentido. Una sociedad que envejece debe preguntarse no solo cuánto vivimos, sino cómo estamos viviendo esos años y qué lugar seguimos ocupando en la vida de los demás.

Esta primavera, hagamos algo sencillo pero fundamental: veamos a nuestros mayores más cercanos. Preguntemos cómo están. Recuperemos un vínculo. Escuchemos sin apuro. Porque detrás de una puerta cerrada puede haber una soledad que nadie está viendo. Y a veces, simplemente estar ahí, puede salvar una vida.