La otra cara de las nuevas generaciones

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Escribe Juan Pablo Jacir M., Director de Gobierno Estudiantil y Acción Social – Instituciones Santo Tomás.

En un contexto en que el debate público suele centrarse en los desafíos que enfrentan las nuevas generaciones, también existe una realidad que merece la misma atención: la de cientos de estudiantes que, con compromiso, solidaridad y vocación de servicio, dedican su tiempo a generar un impacto positivo en sus comunidades.

Durante los meses de invierno, más de 600 estudiantes de las Instituciones Santo Tomás participaron en los Trabajos Voluntarios de Invierno, colaborando en 12 comunidades del país y beneficiando a más de 400 personas. Junto a adultos mayores, dirigentes sociales, municipios y organizaciones comunitarias, contribuyeron al mejoramiento de viviendas, la recuperación de espacios públicos, el acompañamiento a personas y el fortalecimiento de organizaciones locales.

Más allá de las obras realizadas, estas experiencias plantean una pregunta de fondo: ¿qué tipo de profesionales necesita hoy nuestra sociedad? El conocimiento técnico es indispensable, pero resulta insuficiente si no va acompañado de habilidades como la empatía, el trabajo colaborativo, el liderazgo y el compromiso con el entorno

Hoy existe amplio consenso en que estas competencias son cada vez más valoradas para el desarrollo profesional y la construcción de sociedades más cohesionadas. En ese contexto, el voluntariado deja de ser una actividad complementaria para transformarse en una experiencia formativa que permite aprender enfrentando desafíos reales y trabajando junto a las comunidades.

En Santo Tomás, esa convicción se expresa a través de la Experiencia Tomasina, un modelo que promueve el desarrollo integral de los estudiantes mediante experiencias de liderazgo, participación y vinculación con el medio. Más que una actividad puntual, el voluntariado refleja una forma de entender la educación superior: formar profesionales comprometidos con el desarrollo del país y con las personas.

Cada vivienda mejorada, cada espacio recuperado y cada organización fortalecida representan un aporte concreto para las comunidades. Pero el mayor impacto está en quienes participan, porque comprenden que el éxito profesional también implica responsabilidad social.

En tiempos en que muchas veces predomina una mirada crítica sobre las nuevas generaciones, experiencias como esta recuerdan que miles de jóvenes están dispuestos a involucrarse y aportar al bienestar común. Esa es, quizás, una de las contribuciones más valiosas que puede hacer hoy la educación superior.