Segundo Fujimorato, o lo que el viento devolvió

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).

Cuando parecía que el sueño naranja no terminaba de cuajar y que una izquierda tan desordenada como ingenua tenía el camino allanado para la segunda vuelta, apareció el milagro del extranjero. Sí, los votos de los peruanos que viven leeeeejos del país terminaron inclinando la balanza a favor de Keiko Fujimori. Cosas de la democracia y de las ironías nacionales.

Quince años tuvo para preparar el regreso. Quince años afinando un discurso, construyendo un plan de gobierno, articulando alianzas, operando desde el Congreso y moviendo fichas con disciplina casi monástica. Uno suponía que tanto tiempo habría servido para algo más que sobrevivir políticamente. Pero no. Al abrir el paquete, el contenido resultó bastante más pequeño que el envoltorio. Mucho anuncio, poca novedad.

El mensaje del 28 de julio confirmó lo que ya se intuía: populismo en estado puro. Más recursos para programas sociales cuya eficiencia hace tiempo merece una auditoría seria y cuyos mayores beneficiados, en no pocos casos, han sido dirigentes y operadores antes que la población. También llegaron los anuncios de megaproyectos de infraestructura, esos que siempre lucen espectaculares en el discurso presidencial, aunque nadie explique cómo se financiarán, cuándo empezarán o quién responderá si terminan convertidos en otro elefante blanco.

Y luego apareció el gabinete.

Difícil reunir tanto reciclaje en una sola fotografía. Ministros investigados, algunos incluso con sentencias; personajes cuestionados ocupando carteras estratégicas; un canciller sin carrera diplomática; funcionarios cuya principal credencial parece ser la agresividad con la que etiquetan de «terrucos» a quienes piensan distinto. Todo un catálogo de viejas caras con nuevos cargos.

En derechos humanos, el silencio también habla. No existe una propuesta para revisar las normas que favorecen la impunidad ni para garantizar justicia a quienes murieron durante las protestas de los últimos años. En cambio, vuelve la receta de siempre: sacar a las Fuerzas Armadas a las calles, como si el problema de la inseguridad se resolviera con más uniformes y menos inteligencia.

Porque la verdadera urgencia sigue siendo otra: fortalecer una policía investigativa capaz de desarticular organizaciones criminales, invertir en tecnología, depurar los altos mandos incapaces de capturar prófugos y profesionalizar el sistema de inteligencia. Pero, en lugar de eso, se designa como jefe de Inteligencia a un exintegrante del tristemente célebre Servicio de Inteligencia Nacional vinculado a la época de Vladimiro Montesinos. Un nombramiento que dice mucho más de lo que el gobierno quisiera admitir.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿quince años de preparación para presentar esto?

Han pasado ocho días de gobierno y las medidas urgentes para enfrentar un eventual Fenómeno de El Niño siguen brillando por su ausencia. Tampoco aparecen decisiones concretas para fortalecer programas como Beca 18. Lo que sí empieza a escucharse es la posibilidad de avanzar hacia nuevas formas de privatización en sectores sensibles como la salud. Nada sorprendente. Después de todo, el libre mercado siempre ha ocupado un lugar privilegiado en el ADN político del fujimorismo.

Mientras tanto, ya está vigente la norma que excluye determinados casos de policías y militares de la justicia ordinaria. Sus defensores la presentan como una herramienta para combatir la delincuencia, pero la verdad es que es una norma vestida  peligrosamente de impunidad. No deja de llamar la atención que uno de sus principales impulsores sea Fernando Rospigliosi, quien en otros tiempos participó en la fundación de organismos dedicados precisamente a la defensa de los derechos humanos. Los giros ideológicos existen. Algunos son evoluciones; otros parecen simples mudanzas hacia donde mejor calienta el poder. Total, Rospigliosi siempre ha querido poder. Y el naranja le sienta bien.

Y una última observación para los oficialistas que hoy se escandalizan porque la izquierda abandona el hemiciclo durante un discurso presidencial. Conviene recordar que internet tiene una memoria infinitamente mejor que la de muchos políticos. Los archivos audiovisuales siguen allí, intactos, mostrando episodios muy parecidos (peores) protagonizados por quienes hoy reclaman solemnidad institucional. Antes de repartir lecciones de democracia, quizá convenga una dosis de Memorex. Nunca está de más refrescar la memoria cuando el pasado insiste en volver.