DEBATE CON UN BATE (ROUND UNO)

271

Escribe Armando Miño Rivera (Periodista Independiente y Docente Universitario, Lima – Perú)

Los que nos soplamos casi tres horas de ¿debate? salimos decepcionados cuando decidimos escuchar a los más de 30 candidatos que desean capturar —perdón, “cambiar”— el Estado. Ese país llamado Perú que, según ellos, recién descubren, lleva años gobernado por políticos corruptos, delincuentes extranjeros y bandas de jueces y policías al servicio del hampa. Qué sorpresa. Qué revelación. Faltó que nos expliquen que el agua moja.

Vayamos al ¿debate? En las tres jornadas, cada candidato —uno más risible que el otro— nos comunicó algo que nadie sabía: que vivimos en caos, que la delincuencia nos respira en la nuca y que la corrupción habita feliz en municipalidades, ministerios, Palacio y juzgados. Toda una novedad, digna de premio. Pero de cómo salir de ese hoyo, casi nada. Y digo “risible” porque lo que ofrecieron fue un recetario digno de abuela: fórmulas repetidas, ideas recicladas y soluciones vencidas. Un estudiante de secundaria, con tarea de última hora, armaba algo más decente. Sin exagerar.

Cada candidato se dedicó a decirle al otro lo que todos ya sabemos: “tú eres corrupto”. Pero con matices, claro. Porque al final ninguno lo era… o todos lo eran, dependiendo del turno de palabra. Algunos “limpios”, otros embarrados hasta el cuello, pero todos con cara de inocencia recién salida de misa. Las peleas parecían de recreo escolar: empujones verbales, indirectas de esquina y discusiones propias de chiquillos que aún pelean si la pelota entró o no. Un espectáculo lamentable, pero constante: insultarse, vejarse y lanzar la bilis al rival como si eso fuera propuesta.

¿Y sobre la delincuencia? Ahí sí se lucieron. Cárceles en la selva, cadenas perpetuas para todo lo que respire mal —políticos, militares, policías, ladrones, carteristas, el vecino ruidoso si se descuidan—. A este ritmo, habrá que construir no veinte, sino cincuenta penales, custodiados por Superman, la Chola Power y, si alcanza el presupuesto, algún vengador disponible. La pena de muerte también apareció, cómo no, esa vieja promesa que ignora olímpicamente tratados internacionales, leyes vigentes y la realidad jurídica. Pero qué importa, si en campaña todo entra, incluso lo imposible.

Otros ofrecieron sacar a los militares a las calles —como si no se hubiera probado ya su limitada eficacia—, acabar con la delincuencia en 100 días, seis meses o lo que dure el entusiasmo. Una candidata propuso grupos de aniquilamiento; otros, ronderos en cada distrito. Imaginen ronderos en San Isidro, Miraflores o el Callao. El surrealismo no murió, solo se mudó al debate. Eso sí, nadie explicó cómo hacerlo, cuánto costaría, cuánta gente se necesita o qué impacto tendría en el erario. Detalles menores, al parecer. La técnica quedó fuera del set.

Pero pasemos a los protagonistas de esta tragicomedia. O mejor, a los que al menos regalaron momentos de entretenimiento. Keiko, fiel a su estilo, nos contó historias. Varias. Ciudadanos que la abrazan, que le confían sus penas, que la ven como una especie de terapeuta nacional con agenda política. Cinco relatos, fácil. A este paso, debería abrir un taller de narrativa breve. Porque trabajar, lo que se dice trabajar como el común de los mortales —levantarse temprano, viajar dos horas, comer mal—, eso sigue siendo una materia pendiente.

Acuña… bueno, Acuña es una piedra con terno. Ni más ni menos. Presencia física confirmada, contenido en duda. Chiabra parecía estar dando una clase de oratoria en cámara lenta. Un bostezo con corbata. Valderrama dijo cosas interesantes, sí, pero no despega. Quizá en una década.

López Aliaga, para ser justos, intentó proponer. Leía, poco contacto con cámara, mirada al papel como si ahí estuviera la salvación del país. Ya no balbucea tanto, lo cual es avance, pero se queda corto. Le recordaron la deuda municipal, su promesa de no renunciar, y él volvió a lo suyo: recorte del Estado, más privado, martillo contra la delincuencia, menos ministerios y modernización. Todo en combo, como menú ejecutivo.

En contraste, Nieto y López Chau fueron los más ecuánimes. Respondieron ataques, mantuvieron cierta compostura y, milagro, dejaron caer algo parecido a propuestas. Hablaron de reforma del Estado, autonomía del Poder Judicial, tolerancia cero a la corrupción y un enfoque más técnico. No brillaron, pero al menos no hicieron ruido innecesario.

Y luego está Popy. La cereza del pastel. Dos minutos de ataque frontal contra Acuña, que lo miraba como quien escucha una lengua extranjera sin subtítulos. “¿Qué dice?, ¿qué pasa?”, parecía pensar. Escena memorable. Una estatua de sal en vivo. Repitió con Grozo, aunque con menos chispa.

En resumen, un espectáculo para el olvido. Si lo que uno quería era ver peleas, insultos y desplantes, mejor ir a una esquina cualquiera de noche. Al menos ahí hay más creatividad. Aquí, ni eso. Perdieron minutos valiosos para convencer a alguien. Y eso, en campaña, es casi un delito.

PD: El debate, mal planteado. Poco tiempo, mala dinámica. El Jurado Nacional debería replantearlo todo. Yo les daría cinco minutos, dos preguntas y que se lancen al vacío. Total, peor no puede salir. ¿O sí?