Entre el sobresalto y la decepción

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).

Terminó la primera vuelta. Keiko Fujimori y Roberto Sánchez pasaron; los demás, chau y gracias por participar. Y vaya manera de participar. Esta campaña fue un festival de golpes bajos, algunos tan bajos que había que excavarlos. Los debates parecían concursos de improvisación mal actuada: estrados convertidos en ring de insultos, puyas infantiles, candidatos congelados sin capacidad de respuesta y otros tan perdidos en su libreto que ni tiempo tuvieron para explicar una propuesta decente. Ojalá el Jurado Nacional de Elecciones tenga la gentileza republicana de replantear este formato. El país —y las neuronas nacionales— lo agradecerían profundamente.

Lo que viene ahora es todavía peor. Ninguno de los dos candidatos posee un respaldo sólido. Entre ambos no alcanzan ni el 25% de votos reales obtenidos sin “ayuditas”, alianzas de ocasión o arrastres emocionales. Terrible. Keiko Fujimori ronda el 14%; Roberto Sánchez apenas el 10%. Y si a eso le sumamos los más de siete millones de ausentes, blancos y viciados, el mensaje es demoledor: casi la mitad del país no quiere a ninguno. Así de simple. Así de brutal. Existe una distancia obscena entre lo que la clase política cree representar y lo que realmente siente la ciudadanía. Sus discursos no emocionan, sus historias no convencen y sus promesas producen más cansancio que esperanza.

Keiko reivindica a su padre, Alberto Fujimori, como si el país hubiera olvidado el pequeño detalle del autoritarismo. Dictador, centralista, destructor sistemático de instituciones independientes, manipulador del Congreso, parcelador del Estado y arquitecto involuntario de esa degradación moral que tuvo como rostro visible a Vladimiro Montesinos infiltrando policías, Fuerzas Armadas y todo espacio donde pudiera instalarse la podredumbre. Y no, no alcanzaría una columna para enumerar el resto. Haría falta una enciclopedia… o un expediente fiscal bien ordenado, que suele ser más difícil de conseguir.

Del otro lado, Sánchez intenta capitalizar el voto residual del castillismo, ese bolsón electoral huérfano tras el naufragio político de Pedro Castillo. Pero tampoco alcanza. Castillo no solo terminó convertido en un golpista improvisado; además dejó una economía tambaleante, inversiones paralizadas y una pobreza que volvió a crecer con la velocidad de un incendio en verano. Año y medio bastó para demostrar que la incompetencia también puede gobernar desde Palacio. Una lágrima.

¿Y entonces por quién votar? He ahí el drama peruano: elegir entre opciones que producen más resignación que entusiasmo. Porque tampoco es que el menú electoral haya sido precisamente una exhibición de estadistas. El voto en blanco, el voto viciado o la ausencia pueden parecer actos de protesta moral, pero la democracia no se corrige sola mientras los ciudadanos se retiran del tablero. Aunque, claro, a veces participar también se parece peligrosamente al masoquismo colectivo.

Y en medio de este paisaje tragicómico apareció la fotografía más extraña de la semana: Keiko Fujimori visitando a Pedro Pablo Kuczynski, el mismo hombre al que persiguió, desgastó y terminó expulsando del poder mediante sus disciplinadas huestes congresales. Porque así ocurrió, aunque hoy algunos intenten maquillarlo de “reconciliación”. Hay encuentros que no borran la historia; apenas la iluminan con la melancolía de quienes descubren demasiado tarde que el poder es un animal insaciable y, además, profundamente desagradecido.

Conviene recordar algo incómodo: durante años se encarceló, humilló y demolió políticamente a PPK y también a Ollanta Humala bajo interpretaciones jurídicas que hoy comienzan a desmoronarse. El principio era elemental: no hay delito sin ley previa. Pero en tiempos de histeria moral, la ley suele importar menos que el rating. El problema nunca fue únicamente judicial; también fue mediático. Demasiados periodistas confundieron la investigación con la lapidación pública y demasiados sets de televisión terminaron funcionando como tribunales de ejecución reputacional.

Hoy, cuando varios de esos procesos empiezan a caerse por falta de sustento penal, queda flotando una pregunta desagradable: ¿quién devuelve los años perdidos, la dignidad triturada y las condenas sociales fabricadas antes de cualquier sentencia? Porque pedir reconciliación después de haber convertido el Congreso en una máquina de demolición política suena elegante en Twitter, pero bastante menos convincente en la memoria del país.

Por eso, a priori, Fujimori no es, no ha sido ni será una solución. No. Y Sánchez, por lo que propone, por las alianzas que cultiva y por el perfume ideológico que arrastra su entorno, tampoco parece serlo. Pobre Perú. Tan rico en historia, tan generoso en recursos… y tan persistentemente condenado a elegir entre el sobresalto y la decepción.