Óscar André Miño Uriarte, escritor. (Lima – Perú).
Ocurrió casi a las siete de la mañana en varios países el día siete de julio del 2007. Los canales de todos los lugares del mundo transmitieron el mismo mensaje de alerta, aunque otros lo tomaron como una señal.
Todos los noticieros hablaban de lo mismo con temblor en los labios: el juicio final había llegado. Si vivías en algún país en Medio Oriente o Estados Unidos y miraste por tu ventana a las siete de la mañana el día siete de julio de ese lejano año del 2007, te enterabas de todo. El inmenso ojo de Dios en el cielo, que lo bañaba en rojo sangre, hacía su función: observar.
Diez, nueve, ocho, siete… Dios estáaaa sobre ustedes…
Si prestabas mucha atención, podías escuchar las voces de los ángeles cantando una cuenta regresiva en tono infantil. También podías percatarte de que los aparatos electrónicos, poco a poco, dejaban de funcionar y un ligero temblor azotaba tu cuerpo.
Seis, cinco, cuatro, tres… Dios observa quién es quién…
A lo largo de los siglos se ha dicho que Dios sabe quién eres, lo que haces, a dónde vas, con quién vas y por qué. Todo, absolutamente todo. Si miras al cielo, entenderás y confirmas esas afirmaciones.
Dos, uno…
Y el tiempo se detuvo. El cielo se oscureció y el ojo de Dios alumbró aquella improvisada noche.
DIOOOOOS ESTÁAAAAA AQUÍIIIIIII…
Las voces de los ángeles se distorsionaron, la tierra tembló y la oscuridad cubrió todo lo existente. Las alarmas se activaron, los animales ladraron o huyeron. Las aves cayeron muertas y los feligreses continuaron sus aterradores cantos: DIOS LLEGÓ, DIOS LLEGÓ…
Pero, una vez pasaron los minutos adecuados y mirabas por la ventana, te enterabas: aquella cosa que había aparecido en el cielo no era Dios ni alguno de sus ángeles. Tampoco Satanás ni alguno de sus demonios. Hasta podría decirse que era peor que ver a Satanás o a algún otro demonio frente a ti.
Lo que las personas vieron esa mañana, el día siete de julio del 2007, fue el perturbador rostro de la ENTIDAD. Algo difícil de describir y que, al instante en que lo veías, tu cerebro explotaba como un globo, y eso fue lo que les pasó a muchos que se quedaron como espectadores.
Aquellos coros angelicales se distorsionaron y comenzaron a rezar en aterrador verso. Palabras inexistentes que perturbaban los oídos. Que provocaban que los niños salieran disparados de los vientres de sus madres. Que los ancianos murieran de un paro cardiaco. Que los insectos explotasen en el suelo. Y que brutales accidentes comenzaran a ocurrir en las centrales nucleares, en las autopistas, en las escuelas y hasta en los mares.
DIOOOOS LLEGÓOOOO…
Gritaron aquellas cosas indescriptibles. Algo similar a un juez que castigaba a todo pecador con una muerte horrible. Una cosa oscura y carmesí. Algo que antes tenía forma de ojo y que ahora… ahora mismo… te está observando a ti mientras lees esta confesión…
Ten cuidaod noc le otejus euq on se soiD…






