Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
«La amistad no necesita frecuencia. El amor sí». Borges lo dijo con esa precisión que lo caracterizaba, como quien lanza una flecha y no falla. Y es cierto: la amistad —sobre todo la que uno fragua como acero caliente, la que se sostiene en risas, silencios y años sin verse— tiene su propio tempo. No anda pidiendo citas ni recordatorios; simplemente existe. El amor, en cambio… bueno, ese sí reclama calendario, agenda y hasta aplicaciones de seguimiento.
A lo largo de mi vida he tenido amigos de distintos calibres y procedencias: de la niñez, de la universidad, de la iglesia, de la calle, de la música, de las letras y, por supuesto, del trabajo. Algunos más extravagantes, otros más sobrios, todos con un sello personal. Cada uno dejó en mí algo —una palabra, un jalón de orejas, un abrazo o un silencio oportuno— que ayudó a moldear al que hoy escribe estas líneas. Y eso, considerando mi carácter, ya es mérito olímpico: renegón, terco, intenso… todos adjetivos que se me pegan como etiquetas de supermercado. Pero aun así, mis amigos han sabido desarrollar un bíceps emocional digno de admirar. Si eso no es amor, no sé qué es.
En los últimos meses, sin embargo, he notado algo curioso. Algunos de ellos se han ido alejando. No sé las razones exactas, pero sí advierto que el tiempo —ese tirano amable— y las responsabilidades familiares y laborales han cavado una distancia que antes no existía. No daré nombres: no soy Bayly ni tengo su descaro televisivo. Además, no quiero que después digan que uso mis columnas como arma de destrucción masiva.
Lo cierto es que he intentado mantener los puentes: llamados de cumpleaños, visitas, mensajes… Incluso encuentros fortuitos donde, para mi sorpresa, se marcharon casi sin saludar. Y aquí surge la inquietud: ¿huyen de mí? ¿Los espanto? ¿Es mi desodorante? Estoy seguro de que no les debo dinero y que me baño diariamente. Algo pasa, evidentemente, y quisiera creer que no soy el villano de esta trama. Pero si lo soy, que me avisen; siempre puedo enviar una actualización de software personal.
Por suerte, la vida es generosa, y aún conservo un buen puñado de amigos que siguen ahí: parlanchines, buenos para el vino, amantes de mis canciones alocadas (o tan locos como quien escribe). Ellos sostienen la tesis borgeana: la amistad resiste, incluso cuando la frecuencia falla. Y quién sabe, quizá esos amigos hoy distantes vuelvan pronto a camotear conmigo, con la misma naturalidad de siempre.
Amén.







