Óscar André Miño Uriarte, escritor. (Lima – Perú).
– Necesitamos urgente uno más.
Exclamó Hugo, el más viejo y sabio de la Comunidad del Bosque. Muchos allí eran ancianos, adolescentes fuertes y niños. Las mujeres estaban excluidas en un pequeño corral donde trataban a los animales.
– ¡Sólo uno más, por favor!
Suplicaba el hombre corriendo de un lado a otro a pesar de su cojera. Empujó a la gente de la comunidad, mirando en todas direcciones, buscando a algún hombre fuerte y de buena apariencia. Sin embargo, no lo encontró.
El cielo se oscureció, la tormenta venía. Hugo y el resto de los Comunidad del Bosque miraron aterrados.
– Ya viene…
Dijo uno de las mujeres que salía del corral. Algunos comenzaron a correr, otros lloraban y unos pocos se tiraban al suelo, se ensuciaban de lodo el rostro y cantaban. Entonces un hombre de mediana edad, barbudo y robusto llamado Lucas, levantó la mano exclamando…
– OFREZCO A MI HIJO.
Todos pasaron a mirarle, por un momento la tormenta se detuvo y los llantos cesaron. Hugo corrió hacia él y le tiró de la toga.
– Pero… tu hijo no va a aceptar… nunca lo hará…
– ¡Claro que lo hará!
Exclamó casi gritando. Lucas estaba serio y decidido. Apartó al anciano, corrió hacia una huerta y extrajo varias hierbas de la tierra. De su boca salían cantos que ni el mayor traductor podría descifrar. Sus manos temblaban de miedo, pero no sabía si era por la tormenta o por su ofrecimiento. De todas maneras, ya no había marcha atrás.
Ingresó a su casa, una pequeña cabaña habitada por su esposa Valdia y su único hijo, un joven de 13 años llamado Joshian. Estaba dormido, pero pronto despertaría.
– Te escuché afuera.
Su esposa estaba detrás de él, tenía en su mano un libro pesado y lo sujetaba con fuerza. Lucas la miró de reojo, serio, inexpresivo, con las manos formadas en temblorosos puños.
– No hay alternativa.
Aquello fue lo último que Valdia escuchó en su vida antes de sentir un fuerte golpe detrás de su cabeza.
Minutos después Lucas salió cargando a su hijo, completamente dormido. Iba hacia el templo de Upsala, porque ya habían pasado los nueve años y los nueve días, los dioses tenían hambre. Lucas no lloraba, al contrario, sonreía de una forma anormal. Hugo recibió el cuerpo dormido del niño.
– ¡Tenemos la novena ofrenda!
Exclamó Hugo antes de recibir vítores. Lucas lo detuvo y le susurró al oído.
– No, mi hijo no, te tengo una ofrenda mucho mejor.
Odín, el vecino de Lucas, venía detrás de él. Llevaba con la mano derecha, a rastras, un mazo pesado y manchado de sangre. En la otra mano estaba el cuerpo moribundo de Lia, la esposa de Lucas.
– Cuando terminen con ella, empálenla a un árbol bonito, sólo si pueden.
Hugo sonrió y asintió emocionado. Era el noveno y último día del ritual, Lia era la última ofrenda para calmar el hambre de los dioses. Y les aseguro que Lia tuvo un árbol muy bonito en el que, por nueve días más, reposó colgada del cuello. El último día ya no tenía ojos y buena parte de la piel. El ritual se había completado.





