Pa’ ti, pa’ mí

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú)

(versión corregida y estilizada al tono de columna periodística con ironía sutil)

Había un jingle navideño que decía: “de mano en mano, de pueblo en pueblo”. Hoy la consigna parece otra: de voto en voto, del Perú profundo al extranjero indignado por Facebook. Lo de esta elección ya no parece política; parece serie de suspenso de bajo presupuesto, pero con audiencia masiva. Cada hora cambia el guion: una sube, el otro baja; luego el otro sube y la primera vuelve a caer. Tras el primer conteo, Keiko Fujimori lideraba; después Roberto Sánchez tomó la delantera. Horas más tarde, Fujimori volvía arriba por… seiscientos votos. Unos más, unos menos. Ni en la Fórmula 1 algunas llegadas se resuelven con tanta fotografía y tanto drama de panel televisivo.

Pero más allá del espectáculo electoral —porque en este país todo termina convertido en espectáculo—, hay cosas que sí deberían preocupar.

Los peruanos se han dividido defendiendo lo que creen su parcela moral. Muchos asumen roles que no les pertenecen, como creer que votar por determinado candidato los convierte automáticamente en mejores ciudadanos, más inteligentes o más coherentes. Las redes sociales arden con sujetos y personajes que no tienen reparo en serranear, insultar o decirte bruto e imbécil por votar por Sánchez, o miserable vendido si simpatizas con la derecha. La mayoría de ataques proviene de ciertos sectores conservadores, aunque la izquierda tampoco se queda precisamente repartiendo flores.

Lo recurrente es escuchar que tu voto “debió” dirigirse a la derecha porque la izquierda es hambre, comunismo, pobreza y demás slogans reciclados desde la Guerra Fría. Y sí, los planes económicos de Juntos por el Perú no son precisamente una joya de estabilidad financiera. Pero lo que realmente llama la atención es la descarada derechización de gran parte de los medios, muchos convertidos ya no en prensa, sino en barras bravas con micrófono.

Y aquí aparece el tema más nauseabundo de todos: el racismo y el clasismo que están ensombreciendo esta segunda vuelta. Hay cuentas en Instagram y X que son simplemente detestables. Blancos Clasistas, Somos Derecha Pensante, Los Serranos No y otros engendros digitales derrochan racismo con una naturalidad escalofriante. En serio: ¿creen que insultando y lanzando epítetos de calibre militar van a defender mejor sus ideas? ¿Así se hace patria? ¿Así se hace política? Curiosa manera de demostrar superioridad intelectual escribiendo como comentarista furioso de YouTube a las tres de la mañana.

Es una cloaca. Y lo peor es que muchos de esos personajes creen que pasar por una universidad privada o pronunciar “Harvard” con acento impostado los vuelve automáticamente pensantes. “Yo soy de la Pacífico, yo sí pienso”, dicen algunos. Como si la matrícula universitaria incluyera certificado de lucidez moral. Otros sueltan barbaridades imposibles de reproducir sin perder la fe en la especie humana: que las “llamas”, las “alpacas”, los “serranos” deberían desaparecer de Lima. Y lo dicen sin vergüenza, sin filtro y, aparentemente, sin una neurona vigilando el teclado.

Parece que el racismo enquistado desde el virreinato no ha disminuido; al contrario, se ha sofisticado. Ya no se esconde. Ahora tiene cuenta verificada, foto de perfil elegante y conexión de fibra óptica. Y cuando sale a la luz, demuestra que todavía existen personas convencidas de que nacieron por encima del resto. Increíble… aunque, siendo honestos, ya ni tanto.

En eso se ha convertido esta elección. Y las anteriores también, aunque esta vez el asunto es brutal. Ya no hay tapujos. Se dice todo sin razonamiento, sin pudor y sin miedo.

Y otra cosa más: ninguno de los candidatos ha salido a condenar seriamente este clima. Ninguno. Tampoco los que quedaron fuera de carrera. Silencio absoluto. Porque al parecer indignarse solo sirve cuando mejora la intención de voto.

Ahora bien, aquí viene el detalle que muchos prefieren ignorar. Ninguno representa realmente a la mayoría del país. Nadie. Ni quienes pasaron a segunda vuelta ni quienes se quedaron en el camino. Cuando se habla de gobernabilidad, la palabra suena casi ornamental. Entre Fuerza Popular y Juntos por el Perú —sin contar votos blancos, viciados y abstenciones— Fujimori apenas alcanza alrededor del 9% del padrón total, y Sánchez cerca del 7%. Entre ambos ni siquiera llegan al 20% real de respaldo nacional. Paupérrimo.

El 80% del país, en términos prácticos, no los quiere gobernando. Así de simple. Que no vengan después a parlotear sobre “el mandato popular” o “la voluntad de la mayoría”. No son mayoría. Y los otros candidatos tampoco constituyen una oposición sólida: todos flotan entre porcentajes microscópicos, diminutos feudos personales y discursos reciclados. Más que oposición, parecen pitufos políticos peleando por un megáfono en medio del desierto.

Y aun así, aquí estamos. Discutiendo entre nosotros mientras el país sigue avanzando, como siempre, con una mezcla extraña de resignación, memes y café recalentado.