Cuando tenía siete años me sucedió algo que cambiaría mi vida

221

Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).

Cuando tenía siete años me sucedió algo que, sin exagerar, cambiaría mi vida. Pasé por un callejón largo y estrecho al costado de un mercado, en la ciudad donde vivía. Ahí vi por primera vez un cómic. Dibujos exuberantes, épicos, grandiosos, revestidos de colores vivos sobre papel periódico —y algunos en ediciones más finas, casi aristocráticas—.

Los títulos me atraparon de inmediato: El hombre más fuerte del mundo, La Mujer Maravilla, Spider-Man, El Cóndor, Batman. No tuve opción: quería leerlos.

No tenía dinero. Costaba medio sol leer uno, con derecho a sentarse en una banca —o en el suelo, según la economía del lector—. Pero por un sol de oro, esa moneda de cobre con una llama, se podía leer tres. Una ganga. Democracia cultural en su estado más puro.

Mi querido tío Pepe —el único filántropo de la familia; los demás eran más bien austeros hasta el heroísmo— me daba alguna propina, y yo corría a leer. Una vez pasé toda una tarde y parte de la noche devorando historias.

El guardián de ese tesoro, ese universo de papel, era el señor Federico —nunca pregunté su apellido, como suele pasar con los personajes importantes—, quien vivía cerca del local ambulante. Si la memoria no me traiciona (por favor, Alzheimer, todavía no), me dijo:
—Llevas cuatro horas leyendo, ¿no te cansas?
—No —le respondí.

Y no mentía. Ya había agotado mis monedas, cuidadosamente administradas para sobrevivir el fin de semana. Pero ahí estaban los héroes, moldeando silenciosamente algo más importante que el ocio: el hábito de leer.

Desde ese acto sencillo —casi tribal, porque leer lo hacía mucha gente en esa época— no he parado. No puedo. Es imposible. Leo en el carro, en la universidad, en casa, mientras espero, incluso en ese último reducto de privacidad llamado baño.

Y no, no lo hago para parecer más culto ni más interesante —tentación muy contemporánea, por cierto—. Leo porque me siento libre. Porque entro en la mente de otro y, por un momento, la habito. Viajo a universos imposibles, a geografías remotas, a ideas que no son mías… hasta que empiezan a serlo.

Pero, sobre todo, leo porque me siento pequeño y quiero dejar de serlo. Cada palabra me estira un poco. Cada línea me empuja. Me permite darle a mis estudiantes algo nuevo, aunque sea una frase, un dato, una sospecha. Me permite discutir, disentir, pensar con otros.

Leer —detalle no menor— también mantiene viva a mi familia, que felizmente lee, unos más que otros, pero lee. Y eso, en estos tiempos, ya es una forma de resistencia doméstica.

Decía Borges que leer es, en cierto modo, robar: tomar ideas que flotan en el aire y apropiarse de ellas para crear algo nuevo. Stephen King lo dijo con menos culpa y más encanto: la literatura es magia portátil.

Y sí, lo es. Uno no sale igual después de leer. Algo se mueve, algo incomoda, algo queda.

También hay temor. No saber qué leer después es una forma elegante de angustia. Porque libros sobran; lo que falta, como siempre, es tiempo.

Ese es otro miedo: no alcanzar a leer todo lo que uno quisiera. Pero, aun así, seguir. Como defendía Umberto Eco, tener libros no leídos no es un problema, sino un recordatorio permanente de nuestra ignorancia. Y tiene razón: mientras más lees, más descubres cuánto ignoras. Una paradoja incómoda… y profundamente estimulante.

Epílogo

Leer hoy es un acto de insurgencia. Ir contra la corriente.

En una época donde herramientas como ChatGPT hacen tareas, redactan ensayos y hasta construyen tesis con sorprendente eficiencia, pensar se vuelve opcional. Argumentar, un lujo. Criticar, casi un exceso.

El rebaño digital —TikTok, Instagram y sus derivados— ofrece gratificación inmediata y vocabularios cada vez más estrechos. Todo es “literal”, “tipo”, “como que”… y poco más.

Leer, en cambio, exige. Incomoda. Expande.

Yuval Noah Harari ya lo advertía: estamos peligrosamente cerca de delegar el pensamiento. Y cuando uno deja de pensar, otros —o algo— lo hace la IA.

Sea, entonces, un pequeño gesto de rebeldía:
lee.

Y, si se puede, sé feliz en el intento.