Investigar con IA y hacer poco (o nada)

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).

Un estudiante —ya en su quinto ciclo, sorprendentemente— me preguntó cómo debería ser un docente en el aula. La pregunta, viniendo de alguien que lleva un tiempo razonable en la universidad, me resultó, por decir lo menos, curiosa. Le pedí que me explicara el motivo. Me dijo que había observado una gran variedad de estilos entre sus profesores: algunos eran más tecnológicos, otros más centrados en la lectura; algunos rígidos cual estatua de mármol, y otros joviales hasta rozar lo informal. Pero, en general, notaba algo que lo desconcertaba: casi ninguno llevaba un libro consigo. Pocos mencionaban leer de forma habitual. Y sí, también me pareció desconcertante. Después de todo, uno esperaría que en un entorno universitario los docentes no solo promuevan la lectura, sino que la practiquen.

Claro está, no basta con decirle al estudiante que debe leer. También es importante que lo vean leer. Si el docente no encarna esa práctica, ¿cómo esperar que los estudiantes internalicen la idea de que el conocimiento requiere, al menos en parte, pasar páginas (sí, esas cosas rectangulares llenas de letras)?

Hoy en día, el discurso universitario gira con frecuencia en torno a la “investigación”. Se repite tanto la palabra que parece un mantra institucional. No obstante, en la práctica, investigar requiere una base sólida de lectura, de interacción crítica con teorías, referencias, tesis previas… aunque, paradójicamente, muchos de los que se presentan como “investigadores” prefieren consultar a la inteligencia artificial, copiar y pegar lo que esta les devuelve, y, con algo de maquillaje lingüístico, lo presentan como una producción intelectual. El término “parafraseo” se ha convertido en el eufemismo favorito de muchos.

Y no, eso no es investigar. Es, en el mejor de los casos, una forma de recopilación de información. La IA puede ser una herramienta útil, sí, pero no sustituye el pensamiento crítico ni la capacidad de elaborar una hipótesis, contrastarla y someterla a prueba. Investigar implica también aceptar que una hipótesis puede no resultar válida, lo cual, sorpresa, también es un hallazgo. De hecho, saber que “por ahí no va” puede ser tan valioso como confirmar que “por ahí sí va”. Pero claro, eso requiere aceptar que el error no es fracaso, sino un peldaño más en el camino del conocimiento. Una noción poco compatible con la urgencia de producir resultados espectaculares en tiempo récord.

Por otro lado, la disminución de la capacidad lectora en las últimas dos décadas es alarmante, y no lo digo por nostalgia libresca. La lectura desarrolla no solo el conocimiento, sino también la capacidad argumentativa y el análisis crítico de la realidad. Hay investigaciones que muestran una clara correlación entre bajo hábito lector y deficiente capacidad de análisis. No es que leer te vuelva más inteligente por arte de magia, pero ayuda. Mucho.

Mientras tanto, el tiempo invertido en tecnología crece a ritmo exponencial. En el Perú, por ejemplo, se estima que las personas pasan en promedio más de tres horas al día frente al celular. Si a eso le sumamos el tiempo frente a la pantalla de una computadora, tenemos una jornada laboral entera dedicada al scroll infinito. ¿Y cuánto se lee? Los números varían, pero oscilan entre 1.9 y 3.2 libros al año por persona. Haciendo un promedio generoso, digamos 2.3 libros anuales. Eso es poco. Muy poco. Especialmente en un país donde cada año salen al mundo profesional miles de titulados que, se supone, deberían tener un bagaje cultural y académico sólido.

Entonces, ¿qué está ocurriendo? Todo indica que estamos cediendo demasiadas funciones cognitivas a las máquinas. En vez de usar la tecnología para pensar mejor, la usamos para pensar menos. Como les digo a mis estudiantes, vamos camino a convertirnos en los personajes de la película WALL·E: obesos, pasivos, hiperdependientes de dispositivos que piensan (y caminan) por nosotros. Y no, no es una distopía futurista, es, lamentablemente, un pésimo camino.