Óscar André Miño Uriarte, escritor. (Lima – Perú)
La madrugada del siete de setiembre, José, serenazgo del distrito de Chorrillos, escucha una llamada de auxilio que proviene de su espalda. Se voltea y ve allí a una mujer de unos 31 años, llorosa y cojeando.
-Por favor, ayuda.
-Oiga ¿qué hace aquí?
Pregunta primordial para su trabajo, o sea, ¿qué mujer estaría a las tres de la madrugada en plena calle? Salvo que sea alguna raptada o una prostituta, pero de estas últimas no hay en Chorrillos. José la tranquiliza poniéndole las manos sobre los hombros y le pregunta su situación.
-Escuché pasos, pasos detrás de mí… Dios mío.
-Cálmese, oyó pasos ¿y?
-Luego una respiración en mi oído.
– ¿Dónde?
-A unas cuadras de aquí. Le muestro si eso quiere. No quiero estar sola.
-No lo estará más.
José saca la linterna, la enciende y comienza a caminar calle abajo. La siguiente cuadra contenía un vecindario bonito, acomodado y donde casi nada pasaba. A lo lejos se oye un perro. Camina unos segundos más hasta llegar al lugar donde la chica asegura escuchó esa respiración y los pasos.
-Dígame exactamente…
Detiene su charla, ya que al voltearse la chica ya no estaba, solo oye su voz a lo lejos gritando.
-AHÍ LO TIENES, DÉJAME EN PAZ.
Después un silbido, luego unos pasos, le sigue una respiración muy cercana como la que la chica describió. Un escalofrío le sigue que lo hace soltar la linterna. El silbido continuó, luego un mordisco que José sintió como el dolor que te queda cuando te disparan. En su cabeza esa canción se repetía, la dulce canción de la muerte, mientras ese hombre le succiona la sangre poco a poco.






