Pukará australis

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Escribe Carlos Candia Campano.

Encarnar la evidencia material, edificada y anclada sobre el confín austral de todo un imperio no es un antecedente trivial. Una superficie continental de tamaño colosal trazó uno de sus límites con un delicado gesto, marcando a esta cumbre perdida bajo la Cruz del Sur.

El cerro como telón de fondo

En la esquina sur del cuadrilátero definido por el Valle de Tagua Tagua, con peso desconocido, cuatrocientos sesenta metros de estatura y enfundado en una bata verdosa, surge como enorme islote el Cerro La Muralla. La manera en que recorta el cielo es armoniosamente singular: su silueta es irregular, pero no estridente; tiene una calma de duna, un redondeo en sus pequeñas cimas que lo hace agradable de mirar.

Sobre una de esas cimas flectadas de la provincia del Cachapoal descansan desde hace más de quinientos años los vestigios de un pukará que Tahuantinsuyo levantó en el punto más austral de los dos millones de kilómetros cuadrados que integraban a “las cuatro regiones unidas”, y esa relevancia contrastada con la condición en que se encuentran esos restos nos invita a reconocer que el vocablo “vestigio” es en extremo generoso.

La piedra es la protagonista

En la cumbre se encuentran cordones de piedra superficiales, como costras que originalmente eran los cimientos de las dos largas pircas que definían la superficie fortificada y de algunos pequeños recintos. Existían además algunas terrazas y una explanada para cultivos que garantizaba el autoabastecimiento. Esa actividad agrícola explica también la existencia de piedras tacitas, utilizadas como morteros de roca en los cuales moler los cereales que cosechaban al alcance de sus manos.

El socavón que antagoniza

Un dato interesante es la inexistencia de muro hacia la cara sur del cerro. Hasta el año 1841, en ese costado existía la Laguna Tagua Tagua, que funcionaba como defensa natural de este pukará levantado por el Imperio Inca. Con el propósito de disponibilizar más superficie para la producción agrícola, el hacendado Javier Errazuriz Sotomayor horadó un canal que fue conocido como “El Socavón” para trasladar el agua de la laguna hacia el río Cachapoal, secando para siempre no solo este cuerpo de agua, sino también desertificando estos parajes estética y ecológicamente de una flora y fauna muy valiosa. Una acción de trasvasije hidráulico e histórico tan eficaz como irreversible.

El Sísifo chilensis

Como puede ver, señora lectora y señor lector, esta tensión entre productividad y valor patrimonial constituye una incómoda paradoja que nuestro país arrastra desde hace tiempo y que últimamente, de cara a la crisis medioambiental, ha cobrado múltiples significados.

Lo que acentúa el escozor en este caso en particular, es que esa tensión rompió el elástico, literalmente, al costado de uno de los yacimientos arqueológicos más relevantes de toda Latinoamérica.