Escribe Osvaldo Arriaza Urzúa. Director de Formación e Identidad IP-CFT Santo Tomás, sede Rancagua.
En un mes repleto de efemérides significativas, hay una que merece especial atención. Cada tercer miércoles de octubre se conmemora el Día Mundial de la Ética, una iniciativa impulsada en 2014 por el Consejo Carnegie de Ética en Asuntos Internacionales, con sede en Nueva York. Resulta paradójico, sin embargo, que necesitemos reservar una fecha en el calendario para recordar algo tan esencial. Quizás esa misma necesidad constituya ya un diagnóstico de nuestro tiempo.
La filósofa Adela Cortina, en su libro ¿Para qué sirve realmente la ética?, sostiene que la ética es útil, entre otras razones, porque permite «abaratar costes en dinero y sufrimiento». En otras palabras, la ética es una de las inversiones más rentables que una sociedad puede realizar. Lo comprendió con claridad, hace más de un siglo, Eloísa Díaz, primera mujer médica de Chile y de Latinoamérica, quien dedicó gran parte de su trayectoria a velar por la salud de los niños y niñas en las escuelas, convencida de que el conocimiento pierde sentido cuando no se pone al servicio de quienes más lo necesitan.
A nuestro juicio, la ética aplicada a la vida cotidiana supone siempre un recorrido de tres pasos. El primero consiste en reconocer al otro como una persona dotada de dignidad. El segundo, comprender su realidad, sus necesidades y sus razones, incluso cuando difieran de las nuestras. El tercero, actuar: ofrecer la mano, el tiempo y el conocimiento, porque, como sugiere Cortina, los seres humanos estamos llamados al cuidado mutuo y a la cooperación.
Conviene, sin embargo, añadir una precisión. La ética sin solidaridad corre el riesgo de convertirse en un discurso elegante pero vacío; la solidaridad sin ética, en cambio, puede reducirse a un gesto bien intencionado, aunque carente de dirección y propósito. Ambas dimensiones se necesitan y se fortalecen mutuamente. En nuestras aulas, donde se forman futuros técnicos y profesionales, hemos comprendido que no basta con enseñar a hacer bien las cosas, es decir, desarrollar competencias; también es necesario enseñar a hacer el bien, esto es, cultivar virtudes.
En una época marcada por la prisa, el ruido y la abundancia de comentarios violentos en redes sociales, detenerse a reflexionar sobre la manera en que convivimos constituye casi un acto de rebeldía. Tal vez, por ello, la mejor forma de conmemorar la ética sea convertirla en una práctica cotidiana. Porque la ética no consiste en obedecer reglas por temor, sino en asumir la responsabilidad de construir, junto a otros, una sociedad más humana, más justa y más fraterna. Esa es, después de todo, la verdadera rentabilidad de la ética.
