Escribe Camila Jorquera Concha, Psicopedagoga, Docente del IP-CFT Santo Tomás Rancagua.
Durante años hemos aprendido a hablar de crianza respetuosa, validación emocional, límites, apego y regulación. Y sí, todo eso importa. Pero hay una pregunta que todavía necesitamos incorporar con más fuerza: ¿Quién está sosteniendo a quienes sostienen?
Esta pregunta adquiere una dimensión especial cuando hablamos de mujeres que – además de maternar – estudian, trabajan, enseñan, atienden público, cumplen responsabilidades administrativas o acompañan los procesos de aprendizaje de otros. Porque detrás de una estudiante que llega cansada a clases puede existir una madre que durmió poco. Detrás de una funcionaria que sostiene durante toda la jornada las necesidades de otros puede existir una mujer que, al terminar su turno, todavía debe comenzar una segunda jornada en casa. Y detrás de una docente que acompaña emocionalmente a sus estudiantes también puede existir una madre intentando encontrar un espacio para sí misma.
Hemos aprendido a preguntarnos qué necesitan nuestros hijos, nuestros estudiantes, nuestros equipos y nuestras familias. Pero ¿qué está pasando con las mujeres que sostienen todos esos sistemas? Una mujer puede conocer perfectamente las estrategias de regulación emocional y, aun así, sentirse sobrepasada. Puede comprender la importancia de poner límites y no encontrar energía para ponerlos en su propia vida. Puede enseñar autocuidado y, al mismo tiempo, llevar semanas sin preguntarse cómo está ella. No se trata de falta de conocimiento. Muchas veces se trata de sobrecarga.
Desde mi trabajo de investigación con Neurocrianza Cíclica, propongo ampliar la mirada. No podemos comprender la experiencia de una madre únicamente desde las necesidades de sus hijos. Necesitamos observar también su sistema nervioso, su descanso, su carga mental, sus vínculos, su contexto, su cuerpo y los distintos ritmos desde los que transita la vida. Porque una madre no deja de ser mujer cuando entra a clases. Una funcionaria no deja de ser madre cuando comienza su jornada laboral. Y una docente no deja sus propias emociones en la puerta antes de entrar al aula.
Somos sistemas dentro de sistemas. Por eso, hablar de bienestar no debería significar simplemente enseñar a las mujeres a resistir mejor la sobrecarga. También significa preguntarnos qué condiciones estamos construyendo para que puedan estudiar, trabajar, maternar y desarrollarse sin tener que abandonarse a sí mismas en el proceso. Quizás necesitamos dejar de pensar el autocuidado como un premio que llega después de cumplir con todas nuestras responsabilidades. El autocuidado también puede ser una condición para sostenerlas. Y esto no significa hacerlo todo perfecto. Significa aprender a reconocernos, identificar nuestros límites, regularnos, pedir apoyo, reparar cuando sea necesario y volver a nosotras. Necesitamos construir espacios donde quienes sostienen puedan sentirse sostenidos.
