Confirmación de la vocación docente

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Escribe Marcela Reyes General, Jefa de Carrera de Técnico en Educación Parvularia CFT Santo Tomás Rancagua.

Quisiera comenzar mi reflexión con una pregunta para mis colegas docentes: En esta cuarentena, ¿su vocación se ha confirmado? Han pasado casi cinco meses desde que toda institución educativa cerró sus puertas para evitar que los estudiantes se contagiaran de coronavirus. Cinco meses desde que algunos inmediatamente asumieron su rol desde una pantalla de un computador y transformaron su casa en un pequeño colegio. Otros se demoraron más tiempo en asumir que la pandemia llegaba para quedarse y tímidamente mandaron guías y algunos videos a sus estudiantes y poco a poco se unieron a las clases on line con sus cursos y comenzaron a conocer a cada uno de sus alumnos por una pantalla. ¿En qué lugar estás hoy? ¿En los pasivos o en los visionarios que asumieron que no podían parar las clases y continuaron con las herramientas que se les entregaba?

Yo llevo casi 35 años educando y ya 10 años en educación superior y quisiera compartir con ustedes cómo asumí este gran desafío. Santo Tomás no perdió un día de actividades, se asumió de inmediato que las clases se debían dar y que la tecnología estaba ahí para ayudarnos. No se imaginan la cantidad de clases, webinar y charlas que hemos realizado, pero el amor por lo que hago nunca me hizo decir que no lo lograría. Me reinventé, me creé un canal de YouTube para entregar mis clases prácticas, para que mis chicas las pudieran replicar y me encanté con las TIC’s, que me dieron un mundo nuevo por conocer y me volví una aficionada en crear recursos educativos para quien los necesitara. También enseñé a mis estudiantes a crearlos porque sabía que quienes estaban en práctica iban a tener que continuar en la virtualidad. Un docente, un técnico, una educadora no podían restarse de aprender.

Cumplimos la meta de sacar un primer semestre casi en un 80%, ya que sabemos que hay actividades que sí requieren de la presencialidad y las pospusimos para el gran día del reencuentro que albergamos en nuestro corazón.

Se me olvidaba contar que, a pesar de mis 54 años, me especializo en clases prácticas y disfruto de bailar folclore, hacer títeres y teatro, contar cuentos y cantar con mis estudiantes, siempre la bulla va acompañada de mis pasos por Santo Tomás, una sede en la cual me siento como en casa, esa sede que alberga mi mayor sueño, que es transformar la vida de un ser humano y entregar herramientas para surgir y dar alas para volar.

Pero nunca me imaginé que cuando llegara la hora de volver a vernos y cumplir con nuestros sueños no sería para mí: por mi salud, debo permanecer en el teletrabajo. Me dio pena por no poder dar un rostro a esas vocecitas que conocía y reconocía detrás de la pantalla, lloré porque no aceptaba la idea de no poder ir al lugar en donde me realizo como docente y reafirmé mi vocación y me cuestioné cuántos de esos profesores de todos los sistemas escolares deben decir que volver es una mala noticia, cuántos de los profesores que forman al futuro de Chile no se han motivado a transformarse para dar lo mejor a los niños que necesitan de sus conocimientos.

Y ahí, desde esa realidad, me alegré porque a pesar de que no volveré, mi vocación de docente es muy grande. Esa indicación que pudo destruirme me llevó a reafirmar que lo que decidí hacer de mi vida fue lo correcto y que no me siento menos que otro por ser educadora. A pesar de todos los problemas que puede haber en relación a la educación, ese amor por lo que se hace, es la respuesta a la mejoría de nuestro sistema educacional. Necesitamos profesores que amen estar en sala, que sean tan creativos que puedan educar a través de los intereses de los niños y jóvenes, no imponiendo sus reglas, si no creando reglas en común, respetando para ser respetados y riendo cada día por estar ahí con ellos, el futuro.

Estoy segura de que una de las cosas que esta pandemia nos ha enseñado es valorar a los que no tenemos hoy a nuestro lado, entre ellos, nuestros estudiantes.