Cuando la tierra habla y los gobiernos miran el teléfono 

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).

Hay países que esperan la llegada de un terremoto como quien espera una visita incómoda: sabiendo que algún día llegará, pero confiando secretamente en que, si se demora lo suficiente, quizá nunca aparezca. En Sudamérica tenemos una ventaja: la naturaleza suele ser bastante más puntual que nuestros gobiernos. 

Las últimas semanas deberían habernos quitado definitivamente esa peligrosa costumbre de pensar que los grandes terremotos son asuntos de otros. Colombia acaba de sufrir un terremoto de magnitud 7,4, uno de los más fuertes registrados en ese país durante este siglo, con un saldo que obligó a desplegar operaciones de rescate y a declarar la emergencia. Venezuela, por su parte, había enfrentado en junio dos fuertes movimientos de magnitud 7,2 y 7,5 en el occidente del país. Chile también registró en mayo un sismo de magnitud 6,8 en la zona de Antofagasta, perceptible incluso en países vecinos. 

Y entonces aparece Perú, como para recordarnos que el continente no está precisamente durmiendo tranquilo. 

El 20 de agosto, un fuerte terremoto sacudió la región de Ayacucho. el Instituto Geofísico del Perú lo estimó inicialmente en magnitud 7,2 y ubicó el epicentro al norte de Coracora, Parinacochas, a más de cien kilómetros de profundidad. si bien en principio de habló de cinco muertos, felizmente solo eran heridos. el movimiento fue sentido en amplias zonas del país y, afortunadamente, la profundidad ayudó a reducir sus efectos destructivos. hubo daños en viviendas y establecimientos públicos y personas afectadas durante las evacuaciones. 

Pero sería un error mirar este terremoto como un episodio aislado. En mayo, otro sismo de magnitud 6,1 en Ica dejó personas heridas y daños en viviendas, escuelas, centros de salud y caminos. Y en julio, dos movimientos en Junín dejaron muertos y heridos. 

La pregunta, entonces, no debería ser cuándo llegará el próximo terremoto. Esa pregunta, por desgracia, nadie puede responderla. La pregunta correcta es otra: ¿qué estamos haciendo mientras esperamos que llegue? 

Porque hay algo que los terremotos tienen de extraordinariamente democrático: no preguntan por el partido político del alcalde, no revisan el presupuesto regional y mucho menos solicitan audiencia con el gobernador. Sacuden. Y después nos toca a nosotros descubrir si nuestras escuelas estaban preparadas, si los hospitales pueden seguir funcionando, si las vías de evacuación existen realmente o si eran solamente una hermosa línea dibujada en un informe municipal. 

A los gobernadores regionales habría que pedirles algo bastante menos glamoroso que inaugurar una obra con una placa: revisar las obras que ya existen. 

¿Resisten nuestros hospitales? ¿Las escuelas tienen zonas seguras? ¿Los sistemas de agua y electricidad cuentan con respaldo? ¿Los puentes y caminos críticos han sido evaluados? ¿Los municipios tienen bodegas con elementos de emergencia? ¿La población sabe qué hacer durante los primeros minutos? 

Porque después del terremoto aparecen las autoridades con casco, chaleco y expresión de preocupación. Es casi una tradición latinoamericana. La fotografía del funcionario recorriendo una zona afectada parece venir incluida en el manual de administración pública. Lo verdaderamente revolucionario sería verlo antes del desastre, revisando un plan de emergencia, exigiendo simulacros y preguntando por qué un edificio público todavía no cumple las condiciones de seguridad. 

Perú debería ser una advertencia especialmente seria para Chile. No porque vayamos necesariamente a tener mañana un terremoto como el de Ayacucho —nadie puede predecir eso—, sino porque compartimos una realidad geológica: buena parte de la costa occidental de Sudamérica está marcada por una intensa actividad tectónica. Vivimos en una región donde la preparación no puede ser un proyecto para cuando haya recursos. La preparación es el recurso. 

Y Chile, con toda su experiencia sísmica, tampoco puede darse el lujo de dormirse sobre sus laureles. Hemos aprendido mucho, sí. Tenemos normas de construcción, sistemas de alerta, instituciones especializadas y una cultura sísmica que muchos países quisieran tener. Pero una cosa es haber aprendido del terremoto anterior y otra muy distinta es estar preparados para el próximo. 

La diferencia puede estar en detalles aparentemente pequeños: una ruta de evacuación despejada, una escuela reforzada, un hospital con suministro eléctrico de respaldo, una comunicación oficial funcionando cuando las redes sociales estén colapsadas. En una emergencia, lo pequeño deja de ser pequeño. 

Y aquí aparece otro elemento que debemos mirar con atención: el fenómeno de El Niño. La Organización Meteorológica Mundial señaló en junio una alta probabilidad de que se desarrollara un episodio de Super Niño durante 2026, con posibilidades elevadas de continuidad durante los meses siguientes. Estudios sobre El Niño en Perú han mostrado, además, el enorme impacto económico y social que estos episodios pueden producir. 

Por eso, si a la amenaza sísmica le sumamos un escenario climático adverso, el problema no es solamente que la tierra pueda moverse. El problema es que podríamos encontrarnos con caminos bloqueados, comunidades aisladas, infraestructura debilitada y gobiernos intentando responder a varias emergencias simultáneamente. 

Así que, gobernadores, alcaldes y autoridades de nuestra región: quizá este sea un buen momento para dejar de preguntarnos si el próximo terremoto será grande y empezar a preguntarnos si nosotros estaremos a la altura de uno grande. 

La tierra no avisa. La naturaleza tampoco lee decretos. Y los terremotos, por cierto, jamás respetan calendarios electorales. Nosotros sí podemos prepararnos. Y eso, a diferencia de predecir un terremoto, sí depende de nosotros.