Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
Una cualidad que debería ser inherente al ser humano es la responsabilidad. Ser responsable implica una tarea que se cultiva desde niño y demanda de los padres el primer aliento formativo, el incentivo particular del ejemplo. Algo que se denota de los sujetos que son responsables es su capacidad de organización, puntualidad, habilidad para el liderazgo y sobre todo aprender de manera constante.
Tuve una mala experiencia con un pequeño grupo de personas, quienes de forma recurrente llegaban tarde a clase y tenían -entre otras “virtudes”- la enorme capacidad de interrumpir las labores de este servidor y sus compañeros con risitas, gestos, conversas y el eterno Tik Tok. Otra cuestión no menor: todas eran mujeres. Entre las perlas, no solo cabía la impuntualidad, sino, además, se adornaba con hechos como pintarse las uñas, verse al espejo (su celular), tener audífonos puestos, escribir en su laptop (reírse constantemente al teclear), pasarse comida. No sigo, hay más cosas, no todas en la misma jornada, pero varias más.
Las llamadas de atención las hacía de forma general: “por favor, atender la clase”, “mirar el video para luego analizarlo”, “dejen el celular”, “no se come en aula”, “dejen de pintarse”. Todo les resbalada, estaban embadurnadas con aceite. Frescas, no era con ellas, nunca, jamás.
Cuando entregaban las labores – estas niñas tenían su grupo ya instalado – y exponían, estaban mega hiper ultra archi ´perdidas, más que un niño de 7 años hablando sobre geometría espacial aplicada a los cohetes de la NASA. Cualquier cosa. No había dominio del tema, sin referencias, sin citas, con errores – y horrores – ortográficos. Después de la retroalimentación, las chicas ponían cara de derrota. pero también fastidio. Una a una, fuera de aula, mostraban su descontento con la calificación (ya se imaginarán cual). Repito, una a una, no todas juntas. El discurso era “yo si estudié mi parte, ellas no”, “mis compañeras llegaban tarde a las reuniones”, “yo trabajo para sustentar mi carrera, tengo poco tiempo y no me apoyan”, “estuve enferma tres días, ninguna me pasó los datos, por eso no estudié”.
Todas estas excusas ya las he escuchado durante 25 años. No son, digamos, muy imaginativas para dar pretextos. Pero a mí si se me ocurren ciertas cositas para sazonar el asunto. En esta situación puntual, les pedí que escribieran un ensayo de 300 palabras sobre la actitud de sus compañeras o sus dificultades para coordinar sus actividades. Luego les pedí el ensayo, pero solo dos de ellas lo hicieron. Ah, les dije que lo redactarán a mano, con lapicero, en papel bond A4. Parece que les duele escribir con tinta. A las que no pudieron redactar, “porque no tienen tiempo”, les pedí salir al frente y decir lo que me comentaron de sus compañeras. No lo hicieron. A quienes redactaron el ensayo les solicité lo mismo, tampoco aceptaron. Ninguna.
Les di un sermón sobre la responsabilidad, del deber antes del derecho y la verdad del mundo real, aquel en el que, si no realizas la labor chau, adiós, au revoir. Al grupo lo vi pululando por las aulas ese semestre y luego me contaron que dos ya no estudiaban, un cambio de carrera y otra seguía, aunque mi destino no se volvió a cruzar en un aula con ella. Espero que, donde estén, sean responsables, de lo contrario seguirán dando excusas y no afirmarán su futuro.






