Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
Hay fenómenos políticos que uno alcanza a oler antes de que aparezcan en la portada del diario. Algo así como cuando se viene lluvia y el cielo se pone con esa cara de pocos amigos. Pues bien: hoy, desde México hasta Argentina, pasando por nuestros vecinos del barrio, se siente un viento de cambio que no trae precisamente la Internacional Comunista como banda sonora. El péndulo continental está girando —otra vez— hacia la derecha. Y lo está haciendo con la velocidad de un portazo.
Porque seamos sinceros: durante los últimos años, las izquierdas sudamericanas se subieron a un barco que prometía ser transatlántico, de esos lujosos, inhundibles, llenos de discursos épicos y brújulas morales. Pero nada de eso sirvió. Entre peleas internas, promesas incumplidas, economías tambaleando y una ciudadanía cansada de que le expliquen su propia miseria con powerpoints, el barco empezó a hundirse. Y no de a poquito: más bien como el Titanic, con violinistas incluidos tratando de mantener la dignidad mientras el agua llegaba a las rodillas.
Las últimas elecciones en la región son prueba suficiente: gobiernos progresistas que hace poco parecían eternos están viendo cómo sus castillos ideológicos se desmoronan en cámara lenta. Los ciudadanos, en cambio, han puesto el dedo en el botón rojo: “reset”. Y ahí aparecen los nuevos referentes de derecha —algunos serios, otros pintorescos, y otros que dan ganas de revisar dos veces el manual de instrucciones antes de entregarle las llaves del país— pero aparecen, al fin y al cabo, con propuestas que, más que novedosas, reflejan cansancio: orden, crecimiento, seguridad, eficiencia. Palabras que suenan a pragmatismo después de tanto romanticismo discursivo.
¿Por qué se produjo este giro? No hay que ser Nostradamus ni politólogo de Harvard. Cuando los bolsillos duelen, las consignas dejan de encantar. Cuando la inflación te come el sueldo antes de que llegue a la cuenta, los discursos épicos se vuelven ruido. Cuando el Estado promete, promete y promete… y cada promesa termina en la burocracia o en el enfrentamiento ideológico del día, la gente se harta. Y el hastío, queridos lectores, es siempre el mejor aliado del cambio político.
Pero —y aquí viene la parte incómoda para algunos triunfalistas de derecha— este retorno no es un cheque en blanco. No es un “vuelvan, los perdonamos todo”. Es más bien una última advertencia del electorado: hagan las cosas bien, o la puerta giratoria seguirá funcionando. Porque si algo caracteriza a nuestra región es que el péndulo nunca se queda quieto. Así como la izquierda subió al barco confiada en que el viaje sería largo y placentero, la derecha corre el riesgo de creer que con ganar ya está todo resuelto. Y no: gobernar es más difícil que criticar desde la vereda. Es más fácil reírse del Titanic que navegar un buque sin que choque contra el iceberg.
La derecha que vuelve necesita entender que la gente quiere resultados y no solo diagnósticos. Que el orden se construye con instituciones, no con slogans. Que la seguridad se logra con políticas sostenidas y no con piruetas comunicacionales. Y que la economía no se arregla solo prometiendo crecimiento, sino aplicando medidas serias, aunque sean impopulares.
Y sobre todo, tiene que aprender una lección que las izquierdas olvidaron en su romance con el poder: que la soberbia es el agujero por donde se empieza a filtrar el agua. La ciudadanía hoy es impaciente, desconfiada y altamente alérgica a los iluminados de cualquier color político. El que llegue a gobernar tiene que hacerlo con humildad y eficiencia. No hay otra.
Lo que estamos viendo en Sudamérica no es el fin de la izquierda ni la resurrección definitiva de la derecha. Es simplemente la historia de siempre: los ciudadanos cambian de timonel cuando sienten que el barco va a la deriva. Y hoy, claramente, muchos sienten que los gobiernos progresistas perdieron el mapa, el sextante y hasta las ganas de remar.
Así que así estamos: viendo cómo la izquierda se hunde como el Titanic y cómo la derecha sube a cubierta con chaleco salvavidas y una cara de “ahora sí que sí”. Pero ojo: el océano político es traicionero. Si no aprenden de los errores del barco hundido, podrían terminar igual. Y ahí ya no habrá violines que valgan.







