Robar las letras 

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú)

Robar. Eso es lo que he hecho casi toda mi vida: robar letras que hay en todas partes. Lo hice de niño, en el colegio, para contar historias que pocos deseaban escuchar, y luego en la universidad, donde, al menos, me prestaron un poco más de atención. Todos, en verdad, robamos algo de lo que nos rodea; depende de lo que deseemos hacer con ello. 

Fue mi tío Pepe quien me ayudó en esa aventura. Me traía los diarios y la revista Selecciones, que yo leía a borbotones. Sí, eran mi delicia. Devoraba sus historias, cada una mejor que la otra. Pero algo faltaba: la fantasía, lo inverosímil, lo raro. Y eso lo descubrí a los ocho años, cuando —también mi tío— me llevó a un pasaje escondido, al costado de la cervecería Backus y junto al Mercado Cooperativo Ciudad de Dios. Allí estaban los cómics: Batman, Superman, Los Cuatro Fantásticos, Linterna Verde, Águila, Los X-Men. Un universo paralelo, indescriptible y maravilloso. 

Así empecé a leer. Y a escribir. Pero, sobre todo, lo primero. Y ya no pude parar. 

Cuando ingresé a un aula, allá por el lejano 2004, aquella primera vez que tuve el privilegio de pisar una, me dije: debo compartir esta dicha. Sí, llevaba mis cómics, revistas, libros, diarios. Pero algo pasaba. Parecía que no conectaba, que los estudiantes no entendían lo que les decía, que estaban en otra sintonía. La lectura no era lo primero, ni lo segundo; quizá lo tercero o cuarto entre sus prioridades. 

La verdad, me sentí agobiado, más que derrotado. ¿Qué había pasado en estos años? ¿Por qué los estudiantes no desean leer y son reacios a la lectura? ¿Acaso no les gustan las historias que llevo? Sí, eso debía de ser. Claro, cómo no. “Esas son las historias que a mí me gustan”, me dije. Debía preguntarles qué les agradaba. Y eso hice. 

Semanas después, me di con una pared. Casi no leían libros, ninguno en algunos casos. Ni uno solo en vacaciones, en casa, o donde fuera. Es cierto que veían historias y películas en plataformas o por cable, pero poco de leer en papel. De diarios, ya nada. Fue un golpe propinado con violencia en mi ser, más fuerte que una cachetada dada por una estatua. 

“No, esto no se queda así. Debo hacer algo”, me dije. Y lo hice, aunque de manera obligatoria. Les pedí que trajeran lo que encontraran y lo leyeran en clase. Solo algunos llevaron cómics desgastados o revistas vetustas, algunas incluso con moho. “No importa”, les dije, “así empezaremos”. Y sí, uno o dos se acercaban a preguntarme qué leer: terror, historia, cómics, fantasía, ciencia ficción. Les respondí: “Lo que quieran, lo que sea, pero lean, aventúrense”. Esa era una semilla en su conocimiento, la misma que los ayudaría, por lo menos, a entablar una conversación agradable. 

Y ya no he parado. Sigo tratando de inocular esa semilla en cada aula a la que ingreso. Les doy opciones de lectura, de diversos géneros y autores de los cinco continentes, incluso si se trata solo de revistas de superhéroes o historias de otras galaxias. No importa: así empieza el recorrido. No me doy por vencido. Deseo ver a mis estudiantes con un libro en la mano. 

Y hay recompensas. Muchos me escriben en vacaciones y me piden recomendaciones; no son pocos. El verano pasado, más de quince me enviaron mensajes pidiendo nombres, contándome que habían leído o que estaban buscando libros en Amazonas, Grau, Quilca, Ibero, Entre Páginas o Crisol. 

Es un logro. Y todo empezó leyendo Selecciones y cómics, porque mi tío Pepe me empujó a entender el mundo a base de letras, a pensar de manera crítica y a tener mis propias ideas. Y eso mismo deseo para mis estudiantes.