Escribe Marcial Sánchez Gaete, Doctor en Historia. Experto en Historia de la Iglesia. Presidente de la Sociedad de Historia de la Iglesia en Chile.
La partida del Papa Francisco deja a la Iglesia Católica ante un umbral de definiciones. El mundo que recibe al próximo pontífice no es el mismo que eligió a Jorge Mario Bergoglio en 2013. Hoy, la humanidad transita tiempos convulsos, marcados por guerras abiertas, crisis climáticas, desajustes económicos, migraciones masivas, polarización política y la irrupción acelerada de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial. La pregunta es clara: ¿cómo guiará la Iglesia Católica su misión en este escenario, bajo el liderazgo de un nuevo Papa?
Francisco dejó una Iglesia más abierta, más consciente de los clamores de los pobres y más comprometida con el cuidado de la “casa común”. Pero también una Iglesia más tensionada, en la que las reformas impulsadas chocaron con resistencias internas. El Papa entrante no solo hereda un legado, sino un campo de batalla teológico y pastoral donde cada decisión tendrá impacto global.
- La Continuidad del Espíritu de Misericordia
Uno de los principales desafíos será sostener —y profundizar— el espíritu de misericordia que Francisco hizo eje de su pontificado. En un tiempo en que muchas personas se sienten excluidas de la Iglesia por su orientación sexual, su situación matrimonial o su alejamiento espiritual, el nuevo Papa deberá decidir si continúa con una Iglesia que “abre puertas”, o si cede a presiones que claman por mayor rigidez doctrinal.
Francisco afirmó con fuerza:
“La Iglesia no es una aduana; es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Fratelli Tutti, n. 278).
Esta visión de una Iglesia como hospital de campaña, más preocupada de curar que de juzgar, será puesta a prueba. El próximo pontífice deberá sostener esta tensión entre la verdad y la caridad, entre la doctrina y la compasión.
- Una Iglesia Global: Nuevas Periferias
Francisco descentralizó la mirada de la Iglesia. Puso en el centro a África, Asia y América Latina. Su sucesor tendrá el desafío de consolidar esta Iglesia verdaderamente global, donde las realidades locales sean escuchadas y donde Roma no sea el único centro de poder.
Esto implica seguir abriendo caminos a la sinodalidad, es decir, una Iglesia donde todos —obispos, sacerdotes, laicos— caminen juntos. No es solo una cuestión de organización, sino de fondo: ¿puede una Iglesia menos vertical ser más eficaz en su misión? La sinodalidad no es una moda, sino una respuesta a una cultura que exige mayor participación y escucha.
- El Diálogo Interreligioso: Pilar de Paz
En un mundo donde los conflictos religiosos aún siembran muerte, el nuevo Papa deberá reforzar el diálogo interreligioso como camino de paz. Francisco tendió puentes valiosos, como el que lo unió al Islam en Abu Dabi o su histórica visita a Irak. Continuar este sendero es fundamental, no solo por estrategia, sino por convicción:
“Dios ama a todos sus hijos”, recordó Francisco, y la humanidad necesita que las religiones se unan frente al odio.
Además, el antisemitismo creciente, las tensiones con el mundo musulmán y el resurgimiento de fundamentalismos religiosos serán retos donde la diplomacia vaticana deberá jugar un rol activo, con una voz que invite a la reconciliación y al respeto mutuo.
- Esperanza en Tiempos de Desencanto
Quizás el mayor reto espiritual sea sostener la esperanza. La crisis de sentido que atraviesan muchas sociedades ha llevado a un repliegue individualista, a una pérdida de confianza en las instituciones, incluida la Iglesia. El Papa Francisco fue consciente de esto, y por eso insistió en que la esperanza cristiana no es pasiva, sino activa:
“La esperanza nos habla de una realidad profundamente enraizada en lo humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos” (Fratelli Tutti, n. 55).
El nuevo Papa deberá reencantar, especialmente a los jóvenes, con un mensaje que no ignore sus preguntas ni sus búsquedas, sino que les muestre que la fe sigue siendo fuente de sentido y de transformación.
- La Iglesia frente a la Inteligencia Artificial y la Ciencia
La inteligencia artificial, junto con otros desarrollos tecnológicos, representa un desafío teológico y ético de primer orden. ¿Qué significa la dignidad humana en tiempos de máquinas inteligentes? ¿Cómo defender la libertad cuando los algoritmos gobiernan tantas decisiones?
Francisco abrió esta reflexión, pero será el próximo Papa quien deberá dar pasos más firmes: establecer directrices éticas claras, dialogar con la ciencia sin miedo, y ofrecer una visión humanista que no caiga en tecnofobias, pero tampoco en una ingenua aceptación de toda innovación. La Iglesia tiene el deber de preguntarse si el progreso técnico es también progreso humano.
- La Cuestión Moral: Sexualidad, Familia y Bioética
Los debates sobre moral sexual, familia y bioética seguirán marcando la agenda. El nuevo Papa no podrá ignorar temas como el lugar de las mujeres en la Iglesia, el celibato sacerdotal, la comunión a los divorciados vueltos a casar, o el acompañamiento pastoral a las personas LGBTQ+. No se trata solo de cambiar normas, sino de discernir cómo ser fieles al Evangelio en el siglo XXI.
La tentación será cerrar estos debates con prohibiciones, pero quizás la valentía consista en escuchar, discernir y buscar caminos pastorales que no traicionen la tradición, pero que tampoco se queden anclados en un pasado que ya no responde a las preguntas de hoy.
- El Clamor de los Pobres y de la Tierra
Por último, la justicia social y la crisis climática seguirán exigiendo un liderazgo profético. Laudato Si’ mostró que la fe cristiana tiene mucho que decir sobre el cuidado de la creación. El nuevo Papa deberá continuar esta denuncia de un sistema económico que mata, y ser voz de los sin voz en los foros internacionales.
“Todo está conectado”, escribió Francisco, y el nuevo pontífice tendrá que mantener esta visión integral que una lo espiritual con lo político, lo personal con lo global.
- Una Iglesia que se Reinventa o se Apaga
El próximo Papa no tendrá una tarea fácil. Hereda una Iglesia que ha dado pasos hacia la apertura, pero que aún enfrenta muchas resistencias. Una Iglesia que debe hablar al corazón del hombre moderno, sin traicionar sus raíces.
La historia nos enseña que los grandes papas no son los que conservan, sino los que saben interpretar su tiempo a la luz del Evangelio. Francisco lo hizo con la misericordia como bandera. Su sucesor deberá hacerlo con audacia, con fe y, sobre todo, con esperanza.
Porque más allá de estructuras y debates, el mundo necesita una Iglesia que siga diciendo, con palabras y obras, que el amor sigue siendo más fuerte.







