El acelerador Trump y el petróleo

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima –  Perú)

Parece que el pie en el acelerador de Donald Trump no solo está firme, sino soldado al metal. Nada lo detiene. Por ahora. Atacar a una nación soberana —lo dije en su momento sobre Venezuela, más allá del hecho innegable de ser una dictadura— no es correcto y vulnera principios y normas internacionales que, al parecer, algunos consideran optativos.

No se trata únicamente de una decisión para “ayudar” y liberar al pueblo iraní de un régimen déspota. En los meses pasados, la población iraní se cansó del régimen represor y teológico ultra que gobierna el país. Es el líder espiritual quien decide qué se hace, pese a que existe un presidente casi decorativo y protocolar. La gente salió a las calles y marchó durante semanas. El gobierno respondió como suelen responder los gobiernos que no toleran la disidencia: aplastando las revueltas y dejando cientos de muertos.

Trump advirtió que intervendría si era necesario. Y, claro, siempre termina siendo “necesario”. Excelente coincidencia estratégica en un país que, además de conflictos internos, posee vastas reservas de petróleo.

Todos sabemos que el oro negro manda. Las reservas iraníes son cuantiosas y “gringolandia” las observa con una atención que roza lo afectuoso. Desde que el Shá fue derrocado, Irán ha mantenido una relación más bien áspera con las potencias occidentales, especialmente con Estados Unidos. La tensión ha sido la norma. Y cuando la tensión es la norma, la excusa suele llegar puntual.

La justificación central de la actual administración estadounidense es que el programa nuclear iraní representa un riesgo para la región. Sin embargo, hace apenas semanas se afirmaba que las negociaciones avanzaban y que todo iba viento en popa hacia acuerdos y paz. Hace unos meses, en la llamada Guerra de los 12 días, Israel y Estados Unidos destruyeron —según se informó— el centro neurálgico iraní destinado a armas nucleares. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué programa de armas atómicas, misiles intercontinentales o cabezas nucleares se está combatiendo ahora? La lógica, si existe, no ha sido debidamente presentada.

Netanyahu ha calificado esta incursión como una acción de pacificación frente al terror de los ayatolas y asegura que así se estabilizará la zona. Arabia Saudita y otros aliados árabes de Estados Unidos respaldan la tesis. Pero Medio Oriente lleva casi 80 años siendo “pacificado”. A estas alturas, la palabra suena más a consigna que a resultado.

Los más afectados son, como siempre, los mismos: la población civil, los niños, los ancianos, los que menos tienen. Los pobres de ambos lados. Los soldados que cumplen órdenes que no redactaron. Y los más beneficiados —aunque incomode admitirlo— son los dueños de las armas, las empresas que multiplican utilidades mientras otros multiplican tumbas. De las 20 principales compañías proveedoras de armamento —perdón, de seguridad estratégica— nueve son estadounidenses (mera coincidencia estadística), cinco chinas, una italiana, una inglesa y una rusa.

Si desmenuzamos el asunto, aparecen más aristas y también más contradicciones. Excusas sobran; verdades escasean. Y la ONU continúa observando con preocupación, ese verbo diplomático que sirve para todo y no resuelve casi nada. China y Rusia, aliados de Irán, han dicho poco o nada, quizá midiendo cuidadosamente sus movimientos en este tablero inflamable.

Esperemos que alguien, en algún despacho con aire acondicionado, recuerde que las guerras no las padecen los estrategas, sino los vulnerables.

Repito: los más débiles son los más afectados.

PD: “Why do they always send the poor?” (SOAD)