Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú)
Como un ilusionista que distrae al público con una mano mientras roba con la otra, el presidente Gustavo Petro vuelve a encender una vieja llama diplomática con el Perú. Esta vez, el bluf tiene nombre: isla Santa Rosa, dizque defendiendo su soberanía amazónica. El Comercio no tardó en estampar en sus páginas un contundente titular: “El fabricante de conflictos”, acusando a Petro de engendrar este episodio como una artimaña para desviar la atención de la creciente crisis que corroe su administración ¿Será un truco digno de magia? Más bien, una escapada de prestidigitador poco convincente.
A ver. Santa Rosa es indiscutiblemente peruana, avalada por los tratados históricos, y que la jugada de Petro huele a tapar sus males internos bajo la bandera del conflicto, pues el escandalete de los chats y sus juergas lo están bombardeando. Y me parece inverosímil que desee comenzar un conflicto (porque eso parece querer este zurdete) cuando su país está con problemas más que álgidos. Casi todos los medios y autoridades del país cerraron filas ante esta acusación infundada. Unánime rechazo y un consenso claro en que el protocolo sigue en pie y Santa Rosa siempre ha sido peruana.
Petro me parece más como un gran showman continental que, mientras su barco se hunde, enciende faroles en la orilla amazónica para lucirse. Y en una lectura más reflexiva, esto va más allá del folclor diplomático, pues Petro estaría gestionando este conflicto para desviar la atención y encubrir su baja popularidad. Ni qué decir del trasfondo del narcotráfico en la zona, donde ahora —casualmente— el Estado peruano despliega su presencia con este distrito recién estrenado. Todo esto sucede justo cuando el río Amazonas, en uno de sus habituales antojos geográficos, da lugar a nuevas formaciones insulares y siembra desconcierto en los mapas. Y mientras tanto, Colombia propone una comisión bilateral… como si bastara con un trámite diplomático para cerrar este capítulo digno de un folletín internacional.
Podríamos decir que Petro desplazó la conmemoración de la Batalla de Boyacá a Leticia para darle más emoción al show. Tal vez esperó una banda marcial, pitos y un brindis bajo la selva, mientras el Perú observaba con ceño: “¿En serio vas a encarnar el mesías amazónico ahora?” Pero, más allá del teatro político, no podemos ignorar al pueblo de Santa Rosa. Sus habitantes viven el abandono: sin atención médica adecuada, sin infraestructura digna, cruzando el río a Leticia o Brasil por casi todo.
¿Realmente es prioritario abrir esta disputa, o se trata más bien de ver quién gana la próxima portada internacional? La pregunta queda en el aire. En definitiva, la soberanía peruana sobre Santa Rosa está blindada por la historia—Iguazú acuerdos y demás— mientras Petro, con gusto dramático, parece buscar el centro del escenario. Al final, ¿es diplomacia o puro show? Que ambos gobiernos salgan del escenario con la sensatez intacta será la verdadera victoria. Y ojalá, mientras tanto, Santa Rosa no quede atrapada entre disputas y titulares.







