No hay octavo malo (¿o sí?)

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).

En Perusalem se ve de todo. Vendedores varones promocionando ropa de mujer, chifas al paso en cada esquina, gelatineros  y churreros subiendo a los micros, cantantes afinando en cementerios… y ocho presidentes en los últimos diez años.

Sí, ocho.

No es una película de ciencia ficción ni un thriller psicológico de esos que te dejan con ansiedad existencial. Tampoco un mundo surrealista como los cuadros de Dalí. Es Perú. Una tierra generosa en gastronomía, brillante en economistas, rebosante de gente trabajadora… y devastadoramente prolífica en políticos incapaces. Los mismos que han vacado y puesto, a su antojo y conveniencia, casi una decena de presidentes en una década. Repasemos la tragicomedia.

En 2016 fue electo Pedro Pablo Kuczynski. Jua. Lo vacaron por incapacidad moral.
Ingresó Martín Vizcarra. Jua. Lo bajaron tras el escándalo del Vacunagate.
Entró Manuel Merino. Jua. Cuatro días y dos muertos después, se fue.

Luego asumió Francisco Sagasti, en consenso congresal. A él lo dejaron terminar el periodo. Un poquito duro, pero tranquilito, aunque la Fiscalía igual le abrió investigación. Porque en Perú nadie se salva del expediente.

En 2021, segunda vuelta electrizante: Pedro Castillo, el “profe”, derrotó a la eterna candidata Keiko Fujimori, que insiste —como si fuera deporte olímpico— en intentar llegar a Palacio. Castillo duró menos de dos años. Jua. Intentó un autogolpe torpe y el Congreso, que ya le tenía el cuchillo listo, lo vacó. El golpe se lo dieron entre todos, pero el que terminó afuera fue él.

Asumió su compañera de fórmula, Dina Boluarte. La que había dicho que si vacaban al chotano se iba también. Pero no se fue. Se quedó casi tres años. Jua. Gobernando en medio de protestas, muertos, investigaciones y un país partido en dos. Finalmente, la vacaron por incapacidad. Otra más al registro.

Y entonces apareció el gilero, el dandy, el papirriqui de turno: José Jerí. Gafas oscuras, polera informal, chifa a medianoche y sonrisa de influencer político. Jua. Duró lo que dura un suspiro en Palacio. Entre cuestionamientos y escándalos, lo cortaron también.

¿Y ahora quién habita el sillón presidencial? Otro angelito. José María Balcázar Zelada. Abogado cuestionado, investigado por su gestión como decano del Colegio de Abogados de Lambayeque. Un personaje que además ha defendido posturas como el matrimonio infantil, como si estuviéramos en un harén medieval y no en una república del siglo XXI. Y, para completar el combo, prometiendo indultar a Castillo.

¿De verdad no hay octavo malo?

Lo preocupante ya no es quién entra o quién sale. Es la normalización del desorden. El Congreso convertido en sala de casting presidencial. La vacancia como herramienta política cotidiana. El poder como silla musical donde todos compiten, pero nadie gobierna.

Perú no necesita más presidentes fugaces. Necesita estabilidad. Institucionalidad. Un mínimo de coherencia. Porque mientras en Palacio cambian las fotos en la pared, en la calle la inflación no espera, la inseguridad no se toma vacaciones y la ciudadanía ya no sabe si reír o resignarse.

En cinco meses habrá elecciones y el actual inquilino tendrá que entregar las llaves. Ojalá, por el bien del país, que en este breve intermedio no firme papelitos extraños ni deje sorpresas debajo de la alfombra presidencial. Porque sí, en Perusalem se ve de todo.

Pero ocho presidentes en diez años ya no es anécdota. Es síntoma. Y los síntomas, cuando se ignoran, se convierten en enfermedad.

PD: Hasta ayer, Jerí estaba sacando sus cosas de Palacio. Sus amigas, dicen, ni se acercaron. La política es así: amor eterno… hasta la próxima vacancia.