Escribe Giovanni Cáceres Rubio, Docente de la carrera Ingeniería en Informática IP Santo Tomás, sede Rancagua.
Hace un tiempo escribí una idea que sigo repitiendo en clases: no puedo pasarle las llaves de un Ferrari a alguien que recién está aprendiendo a manejar. La frase puede sonar exagerada, pero cada vez me hace más sentido cuando observo cómo algunos estudiantes están utilizando inteligencia artificial.
Hago clases de programación en el Instituto Santo Tomás y también trabajo con estudiantes de séptimo y octavo básico en el Colegio República de Chile. En ambos espacios, con edades muy distintas, veo lo mismo: cuando un ejercicio no resulta de inmediato, la primera reacción no es detenerse a pensar, sino pedirle a la IA que lo resuelva.
No estoy en contra de la inteligencia artificial. Sería como haber estado en contra de la calculadora en los años 80. El punto es otro: una herramienta poderosa también exige criterio.
Y hoy ese criterio parece más necesario que nunca. PISA 2025 mostró que en Chile solo el 41% de los estudiantes de 15 años alcanza al menos el nivel básico en Matemáticas, mientras que en Lectura un 38% no llega al mínimo y el puntaje cayó 12 puntos respecto de 2022. No digo que la IA sea responsable de esas cifras; sería una conclusión demasiado simple. Pero sí vale preguntarse qué ocurre cuando, en medio de esas dificultades, ponemos frente a los estudiantes una herramienta capaz de entregar una respuesta en segundos.
Cuando veo a un alumno usando IA, suelo preguntarle: «¿Qué fue exactamente lo que le pediste? ¿Por qué se lo pediste de esa forma? ¿Entendiste lo que te respondió? ¿Podrías explicarlo con tus propias palabras?». Esas preguntas me dicen mucho más que la tarea terminada.
Lo que realmente me preocupa no es que utilicen inteligencia artificial. Me preocupa que se pierda la curiosidad por entender. Ese impulso de preguntar «¿por qué funciona así?» o «¿qué pasaría si lo hiciera de otra manera?». Porque aprender no es sólo llegar a una respuesta correcta; también es comprender el camino que nos llevó hasta ella.
Por eso creo que hablar de autocontrol digital no debería limitarse a contar cuántas horas pasamos frente a una pantalla. También implica detenernos antes de usar una herramienta y preguntarnos para qué la necesitamos: ¿Quiero entender mejor o simplemente quiero sacarme este problema de encima?
La inteligencia artificial puede ser un Ferrari. Puede llevarnos lejos y abrir posibilidades que hace pocos años parecían impensadas. Pero si no sabemos conducir, tener un auto más rápido no nos convierte en mejores conductores.
El desafío no es alejar a los estudiantes de la IA, sino enseñarles a usarla con propósito: intentar antes de pedir una respuesta, pedir una pista antes que una solución completa, cuestionar lo que reciben y no aceptar algo simplemente porque parece correcto.
Quizás la próxima vez que su hijo, un estudiante o incluso usted mismo utilice inteligencia artificial, la pregunta no debería ser «¿usaste IA?», sino otra mucho más importante: «¿La usaste para entender o para saltarte el problema?» La respuesta a esa pregunta dice mucho más que cualquier nota.
