Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
El último sábado nos reencontramos viejos amigos del gimnasio y las artes marciales. Los puedo nombrar: Rodolfo, gran cultor del bushido y el aikido; Julio, experto en entrenamiento funcional e instructor en diversos gimnasios; José, personal trainer; Miguel, que ya se dedica de lleno a su negocio; este servidor, que persiste en patear en las clases de taekwondo; y el gran Félix, el profesor Félix, nuestro eterno y gran amigo, pero, sobre todo, docente de fisicoculturismo.
Nos reuníamos en su espacio, lleno de pesas, donde hace más o menos 25 años nos cohesionamos. Hablamos de algunas cosas interesantes: desde lo que hacíamos en casa y en el trabajo, hasta las cosas elementales de pareja y otros tópicos que, por fortuna, todavía podemos conversar sin necesidad de un tutorial.
Entre esas otras cositas surgieron dos temas: las pruebas PISA y el entorno de la inteligencia artificial. Todos, sin excepción, mostraron su preocupación por el desbalance entre la tecnología y las experiencias del lenguaje: comprensión de textos, lectura, recuperación de información y memoria a corto y largo plazo.
Es decir, esas pequeñas habilidades que alguna vez nos permitieron leer un texto completo sin buscar inmediatamente un resumen de tres líneas. Una verdadera proeza intelectual en estos tiempos de velocidad y poca paciencia.
Esto no sería una sorpresa si notáramos que desde hace 20 años hablamos del mismo asunto y que educadores, ingenieros de la IA, representantes de la cultura e incluso personalidades ligadas al deporte indican que el uso excesivo de la tecnología nos está empujando a un inevitable precipicio. Y en eso estoy de acuerdo.
Ya Umberto Eco advertía sobre los peligros de la sobreabundancia de información y de cómo esta, mal procesada, puede empobrecernos. Hoy tenemos acceso a más datos que cualquier generación anterior. Lo curioso es que, mientras aumenta la información disponible, parece disminuir el tiempo que estamos dispuestos a dedicarle a comprenderla.
Una suerte de abundancia intelectual con escasez de pensamiento.
No solo esa conversación era indicativa de lo mal que estábamos en ese camino de la degradación sistemática de nuestro conocimiento. Era inevitable notar que quienes discutíamos éramos cincuentones y un maestro de 80 años, quienes vivimos en épocas donde la lectura, la crítica, el análisis político y social, el amor a las artes —como la música y la pintura—, el deporte sano y hasta las salidas a fiestas eran momentos para conversar.
Sin celulares, sin dispositivos, sin la necesidad de registrar cada instante para demostrar que había ocurrido. Solo hablar, escuchar y discernir sobre asuntos que nos motivaban a declarar algo, lo que fuere, sobre lo que pensábamos.
Era el momento para la charla útil, porque el colofón siempre devenía en conclusiones que transformaban nuestra vida, incluso. No necesitábamos colocarle un «me gusta» a una reflexión ni compartirla en una historia para sentir que habíamos participado. Bastaba con pensar. Actividad que, por cierto, no siempre consigue seguidores.
Ahora la conversación gira en torno a quién hizo un reto viral, si has realizado la última estupidez masiva o a compartir videos infinitos de asuntos también infinitos de tonterías y banalidades, sin sentido y que no coadyuvan a mejorar nuestras habilidades.
La humanidad ha logrado algo extraordinario: convertir el ocio en una competencia permanente por demostrar quién puede perder más tiempo sin aburrirse. Y todo esto, naturalmente, bajo la noble bandera del entretenimiento.
El hombre demoró millones de años en comunicarse desde que salió de las cavernas; miles de años en mejorar su oralidad y luego otros miles en descifrar un lenguaje y construir un idioma. Todo un proceso de evolución, esfuerzo y aprendizaje, para que en los últimos 30 años coloquemos emoticones, frasecitas hechas, «xq», «XDXDXD», copiemos y peguemos, dejando a la IA pensar por nosotros (cuando no lo hace estrictamente).
Una maravilla del progreso: conseguimos desarrollar máquinas capaces de procesar información a velocidades extraordinarias, justo cuando algunos seres humanos parecen estar perdiendo la paciencia para procesar un párrafo.
Y todo eso es avalado por las familias, quienes han dejado de niñera a los celulares para sus hijos; por docentes que no empujan a sus estudiantes a leer una hoja siquiera, porque unos se han rendido, otros se han acomodado al sistema o simplemente les resulta molesto este proceso. Porque, seamos honestos, también hay adultos que ya no tienen mucha relación con los libros, salvo cuando necesitan una frase para compartir en redes sociales.
En las aulas universitarias, los estudiantes no saben de política, de arte menos; casi no cultivan el deseo de tocar un instrumento. Van por música descartable, letras sin sentido u obscenas. Incluso en los espacios de los claustros superiores se incentivan competencias de trap, farmear aura, seguir el trending topic o la finalísima de un concurso, como quien no deja caer un globo o determina si hay más gatos en una imagen de miles de pingüinos.
No se trata de demonizar el entretenimiento, ni de afirmar que toda nueva generación carece de capacidades. El problema aparece cuando la banalidad deja de ser un descanso y se convierte en el contenido principal de nuestra formación. Cuando la curiosidad se reduce a deslizar el dedo y la reflexión exige más tiempo del que estamos dispuestos a concederle.
Porque pensar, al parecer, se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Requiere concentración, paciencia y, peor aún, la posibilidad de llegar a una conclusión propia.
La tecnología puede ayudarnos a aprender, crear y pensar. Pero si la utilizamos para evitar todo esfuerzo intelectual, terminaremos consiguiendo algo verdaderamente revolucionario: máquinas cada vez más inteligentes al servicio de seres humanos cada vez menos dispuestos a pensar.
Y mientras tanto, seguiremos entrenando el cuerpo, desarrollando músculos, buscando resistencia y disciplina, mientras dejamos que el cerebro se acostumbre a la comodidad. Porque, al parecer, la única parte del organismo que no necesita entrenamiento es justamente aquella que nos distingue de una máquina expendedora de videos.
Quizás el próximo sábado volvamos a reunirnos. Hablaremos de la vida, del deporte, de la educación y de cómo hemos llegado hasta aquí. Con un poco de suerte, nadie nos pedirá que resumamos la conversación en quince segundos.
Aunque, pensándolo bien, siempre habrá alguien dispuesto a convertirla en un reel.
La entropía en su máximo esplendor.
