Escribe Marcial Sánchez Gaete, Doctor en Historia.
La reciente entrevista de la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao en el podcast Cómo te lo explico tiene solo un mérito, la de abrir una discusión necesaria sobre el lugar que podrían ocupar los profesionales de las humanidades en una sociedad atravesada por la inteligencia artificial. Comparto la idea de que profesores, historiadores, filósofos y especialistas en lenguaje poseen capacidades que adquirirán un valor creciente en este escenario.
Precisamente por eso me parece insuficiente imaginar que una de las salidas laborales para un profesor pueda consistir principalmente en reconvertirse en vendedor o en prestar servicios de atención al cliente para empresas tecnológicas. No porque exista algo objetable en esos trabajos, sino porque esa mirada corre el riesgo de confundir una habilidad visible del docente —su capacidad para comunicar— con la verdadera complejidad de su profesión. Un profesor no es simplemente una persona que sabe algo y consigue explicarlo con claridad. Si así fuera, habría motivos bastante sólidos para pensar que la inteligencia artificial terminará reemplazándolo. Pero la docencia ocurre en un territorio mucho más complejo: el de la inteligencia humana relacionándose con otra inteligencia humana.
Esa dimensión suele pasar inadvertida porque buena parte del trabajo docente sucede en tiempo real y parece casi espontánea. Un profesor entra a una sala con una planificación, pero enseña a veinte, treinta o cuarenta personas que no comprenden de la misma manera, no poseen los mismos conocimientos previos, no se interesan por las mismas cosas ni llegan emocionalmente en las mismas condiciones. Mientras explica un contenido observa gestos, silencios, dudas, interrupciones y respuestas; advierte cuándo una explicación aparentemente clara no está funcionando, cuándo una pregunta revela una confusión más profunda, cuándo conviene insistir y cuándo es mejor cambiar de estrategia. A veces debe explicar; otras, callarse y dejar que el estudiante encuentre una respuesta. Debe distinguir entre quien no sabe, quien no entiende, quien entiende, pero no consigue expresarlo y quien podría comprender si alguien encontrara la pregunta adecuada. Todo eso ocurre simultáneamente. Reducir semejante oficio a “transmitir información” sería un poco como describir a un director de orquesta diciendo que mueve los brazos frente a músicos que ya saben tocar.
Por eso tengo ciertas reservas frente a los discursos que anuncian con demasiada facilidad el reemplazo del profesor por sistemas de inteligencia artificial. La IA posee capacidades extraordinarias y sería absurdo minimizar su impacto educativo. Puede explicar un concepto de distintas maneras, producir ejercicios, resumir textos, adaptar materiales y ofrecer retroalimentación con una velocidad imposible para cualquier ser humano. En muchas tareas concretas superará al docente, y probablemente sea positivo que así ocurra. Pero de ahí a concluir que puede sustituir la labor docente existe una distancia considerable, porque automatizar algunas tareas de una profesión no equivale a reproducir la profesión completa. El error consiste en comparar a la máquina con una caricatura del profesor: si definimos al docente como alguien que entrega contenidos y responde preguntas, naturalmente una IA parece un reemplazo formidable. Si observamos lo que realmente hace un buen profesor, la comparación se vuelve bastante menos sencilla.
Hay además una cuestión de escala que conviene considerar. La inteligencia artificial puede operar a una escala computacional que ningún ser humano alcanzará jamás: procesar millones de documentos, producir miles de explicaciones y atender simultáneamente innumerables consultas. El docente trabaja en otra escala, aparentemente más modesta pero extraordinariamente sofisticada: la escala de la inteligencia humana. Allí una palabra dicha en el momento correcto puede cambiar la relación de un estudiante con una disciplina; una pregunta puede revelar una capacidad que todavía no había aparecido; una conversación puede modificar una interpretación construida durante años. La educación no es solamente procesamiento de información, porque los seres humanos tampoco lo somos. Aprendemos mediante conocimientos, sí, pero también mediante confianza, frustración, imitación, discusión, curiosidad, reconocimiento y pertenencia. Enseñar supone intervenir en esa trama sin disponer nunca de un manual completamente seguro. Es una labor intelectual, pero también relacional y profundamente contextual.
Y justamente la inteligencia artificial podría volver esa tarea más importante. Estamos entrando en una época en la que producir respuestas será cada vez más fácil. Un estudiante puede pedir hoy una explicación sobre la Guerra Civil de 1891 y obtener en segundos un texto razonablemente coherente sobre Balmaceda, el Congreso, las tensiones institucionales y los intereses económicos involucrados. Ante eso podemos dedicarnos a perseguir el uso de IA como si la educación se hubiese convertido en una investigación policial, o aceptar que la naturaleza del problema cambió. Si una máquina puede producir la respuesta, entonces quizá el valor educativo ya no esté en producirla mecánicamente, sino en juzgarla: qué interpretación contiene, qué evidencia la sostiene, qué actores deja fuera, qué conceptos utiliza de manera problemática, qué fuentes permitirían discutirla y cómo podría construirse una explicación alternativa. La IA puede generar el texto; el desafío docente consiste en convertir ese texto en una oportunidad para pensar.
Los profesores de Historia conocemos bien esta operación porque llevamos generaciones trabajando con la crítica de fuentes. Ante un documento preguntamos quién habla, desde dónde, cuándo, para quién, con qué intereses, qué muestra y qué silencia. Esa antigua disciplina intelectual, que podría parecer una reliquia académica en medio del entusiasmo tecnológico, se parece cada día más a una habilidad imprescindible para sobrevivir en un ecosistema saturado de contenidos generados artificialmente. Cuando las respuestas eran escasas, saber encontrarlas otorgaba una ventaja. Cuando sean prácticamente infinitas, la ventaja estará en saber desconfiar de ellas con inteligencia. Pasamos de una economía de escasez informativa a una economía de abundancia cognitiva, pero la abundancia de información no produce automáticamente abundancia de criterio.
Ahí veo el verdadero desafío para la profesión docente. No necesitamos preparar profesores para competir con la inteligencia artificial en aquello que la máquina inevitablemente hará mejor. Sería como entrenar a una persona para competir en velocidad con un automóvil. Necesitamos docentes capaces de hacer aquello que se vuelve más valioso precisamente porque existen esas máquinas: contextualizar, problematizar, confrontar perspectivas, detectar contradicciones, enseñar a justificar una afirmación y acompañar la formación de un juicio propio. Eso exige profesores con mayor dominio disciplinar, no menor; con capacidad de comprender la tecnología sin quedar fascinados por ella; con formación ética, histórica y cultural suficiente para reconocer que una respuesta técnicamente correcta puede ser intelectualmente pobre, socialmente problemática o simplemente irrelevante.
También tendremos que revisar nuestras evaluaciones. Si una IA puede contestar una pregunta en treinta segundos, quizá el problema no sea únicamente que el estudiante tenga acceso a ella. Tal vez la pregunta ya no mida aquello que creíamos que medía. La inteligencia artificial está exponiendo, con cierta ironía, debilidades pedagógicas anteriores a su propia existencia. Nos obliga a preguntarnos si educar era realmente conseguir que alguien reprodujera información correctamente o si eso era apenas la parte más sencilla de una tarea mucho mayor. Quizá terminemos evaluando más mediante conversaciones, defensa de argumentos, análisis de fuentes, resolución de problemas, comparación de interpretaciones y justificación de decisiones. Resultaría curioso que la mayor revolución tecnológica de nuestro tiempo terminara recordándonos que algunas de las herramientas educativas más poderosas siguen siendo dos personas frente a frente haciéndose buenas preguntas.
Por eso llevaría la reflexión de la ministra un poco más lejos. La pregunta relevante no es solamente qué empleo alternativo puede encontrar un profesor si la IA comienza a realizar algunas de sus tareas. Antes habría que preguntarse qué parte de la docencia estamos suponiendo reemplazable y, sobre todo, qué entendemos por educar. Si educar significa entregar información, el futuro del profesor parece efectivamente complicado. Si significa ayudar a otro ser humano a construir conocimiento, criterio, autonomía intelectual y capacidad de convivir con otros juicios distintos del propio, entonces estamos hablando de una de las actividades más difíciles de reproducir a escala de inteligencia humana.
No sostengo que sea imposible que la inteligencia artificial avance enormemente en esas dimensiones ni que la profesión docente pueda refugiarse en alguna supuesta excepcionalidad humana. Sería ingenuo. Lo que sostengo es algo más sencillo: todavía confundimos con demasiada facilidad la capacidad de generar conocimiento aparente con la capacidad de formar a una persona. Son cosas distintas. Una máquina puede explicarle a un estudiante qué sabemos sobre un acontecimiento histórico; otra cuestión es conseguir que ese estudiante aprenda a preguntarse por qué debería creerlo, cómo podría discutirlo y qué consecuencias tiene adoptar una interpretación en lugar de otra.
Ese es el lugar desde donde deberíamos pensar al profesor del futuro: no como un intermediario obsoleto entre el estudiante y una información que ahora puede obtener directamente, ni como un vendedor especialmente elocuente de productos tecnológicos, sino como un mediador entre la inteligencia artificial, el conocimiento y la experiencia humana. En un mundo repleto de máquinas capaces de responder, alguien tendrá que enseñar a formular preguntas; en un mundo inundado de contenidos, alguien tendrá que formar criterio; y en un mundo fascinado por la inteligencia artificial, quizá descubramos que una de nuestras tareas más difíciles sigue siendo exactamente la misma de siempre: ayudar a desarrollar la inteligencia humana.
Solo me resta plantear que la ministra de Ciencias Ximena Lincolao no asume una idea que subyace a este tiempo, que los cambios los produce el ser humano con inteligencia Humana y que cada uno de nosotros hemos tenido la oportunidad de haber sido formados por un profesor que ha marcado, en muchas ocasiones, nuestras vidas. Solo se puede entender su posición cuando se denota su falta de imaginación, creatividad, empatía y peor aún quietud intelectual.








