No te creo, Keiko

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).

La señora Keiko Sofía Fujimori Higuchi es una artista. Una prolífica y aplicada cultora del teatro de la falacia. Miente cada vez que puede. Y lo hace sin titubeos, sin pestañear. Ni un músculo del rostro parece alterarse cuando pronuncia afirmaciones que desafían la memoria colectiva con una tranquilidad que ya quisiera cualquier maestro zen.

Como buena aprendiz del lado oscuro, la hoy Presidenta aseguró que desconocía los tormentos que sufrió su madre, Susana Higuchi, en las instalaciones del SIN. Curiosa afirmación para quien fue primera dama de facto, acompañante permanente y figura central del régimen de su padre, Alberto Fujimori. Si realmente nunca supo nada de lo que ocurría en Palacio y sus alrededores, entonces yo soy He-Man. Va una.

También ha repetido en diversos medios que siempre —sí, siempre— ha saludado democráticamente a los ganadores de las elecciones. Falso. Más falso que un billete de tres dólares. Lo que hizo fue publicar un mensaje en Twitter, hoy X. Eso no es saludar; es cumplir con el protocolo mínimo que exige la corrección política. Jamás estrechó la mano del vencedor ni apareció para reconocerlo personalmente. Lo que sí hizo fue anunciar que sería una «oposición responsable». La historia terminó entendiendo esa frase con un significado bastante… creativo. Van dos.

El indulto concedido a su padre terminó valiendo menos de lo esperado dentro del propio fujimorismo. Pedro Pablo Kuczynski lo otorgó luego de una negociación política en la que Kenji Fujimori desempeñó un papel decisivo. Sin embargo, la señora K, cuya vocación por compartir protagonismos parece tan escasa como las autocríticas en campaña, terminó enfrentándose con su propio hermano. La bancada naranja y sus aliados hicieron el resto. Entonces, ¿dónde quedó ese amor filial que tanto se invoca? Da la impresión de que el poder, cuando se trata de repartirlo, suele ser un sentimiento bastante más intenso. Van tres.

Con Pedro Castillo la historia fue todavía más acelerada. Apenas asumió el cargo ya existían esfuerzos políticos para sacarlo del poder. Semanas atrás, Miguel Torres lo reconoció sin demasiados rodeos durante una entrevista. Incluso admitió que diversos sectores acompañaron esa estrategia. Si esa es la definición de respeto a la voluntad popular, quizá el diccionario necesite una nueva edición. Porque en democracia se fiscaliza, se cuestiona y se discrepa; pero también se acepta que quien ganó gobierne mientras la ley lo respalde. Van cuatro.

En una entrevista tan amable que por momentos parecía una sesión de aromaterapia, la señora Fujimori habló de amor, paz, reconciliación y abundancia. Casi faltó que aparecieran mariposas blancas sobre el set. También relató que su padre, antes de morir, buscó reconciliarse con toda la familia. Sin embargo, esa versión ha sido cuestionada incluso por integrantes de su propio entorno. Lo más llamativo fue la emotiva conversación que atribuyó a Alberto Fujimori y Susana Higuchi: una despedida perfecta, con hijos reconciliados, nietos maravillosos y un cierre digno de telenovela de horario estelar.

Mientras la escuchaba, tuve una extraña sensación de déjà vu. Después recordé dónde había oído algo muy parecido: en el funeral de Violeta Correa, viuda de Fernando Belaúnde. A veces la memoria inspira; otras veces, al parecer, presta libretos. Van cinco.

Y podríamos seguir. La lista es larga y la paciencia corta. Me duele la mano de escribir y más todavía la cabeza de recordar cómo una clase política insiste en venderse como solución después de haber participado, directa o indirectamente, en buena parte del problema.

Hoy Keiko Fujimori promete salvar al Perú. Lo hace acompañada por una bancada cuestionada, por aliados cuya hoja de vida judicial suele ser más extensa que sus propuestas y por un Congreso que ha logrado la hazaña de unir al país… en su desaprobación.

Dice que ahora sí reconstruirá lo que otros destruyeron. Curiosa promesa cuando buena parte de los escombros también llevan sus huellas.

No te creo, Keiko.

Tampoco el 90% que no votó por ti.