Paternidad y modernidad… una breve historia

326

Escribe Gastón Leiva Vidal.

Desde que las sociedades comenzaron a complejizarse en gran parte de las culturas y pueblos, y gracias al desarrollo de la agricultura, nació la especialización de roles, nos convertimos en artistas, contadores, constructores, etc., y esta clasificación comenzó a extenderse al núcleo fundamental, La Familia, diferenciándonos en padres y madres.

Esta asignación de roles dentro de la familia fue tan grande, que comenzamos a clasificar actitudes y aptitudes propias y naturales del ser humano como exclusivas del rol de padre o madre, y así se fue construyendo la costumbre hasta transformarse en ley, y entre ambas, crearon una membrana alrededor de la familia, dejando a una madre al interior, y a un padre en el exterior, convirtiéndolo en un agente más del medio, cuya obligación se limitaría a proveer ciertos elementos materiales a través de esta membrana que lo separaba de su esencia y coartaba de sus necesidades emocionales y las de su prole.

La división del núcleo familiar se ha mantenido oculta hasta nuestros días bajo ciertas dinámicas y discursos, que cual filósofo sofista podría catalogar de machistas o feministas según sus intenciones, y cuyo fin aparentemente ahora, es sacar también a la madre de aquel núcleo, uniéndola al medio externo bajo una mentira de desarrollo personal, tal que como se hizo con los padres por siglos.

Es muy cierto que históricamente la cantidad de padres ausentes ha sido alarmante, tanto económica como emocionalmente, y esta ausencia definitivamente a repercutido en la salud mental de miles de niñas y niños, que cuando adultos, reproducen sus carencias con sus propios hijos e hijas, o, en casos muy particulares, se vuelven sobreprotectores inconscientemente para compensar dichas carencias.

En los años 80’s, las mujeres comienzan a participar mucho más en el mercado laboral, sobre todo en puestos con mayor especialización, dándoles mayores libertades económicas y la tan añorada independencia. En contraposición a esta salida cada vez mayor de las mujeres hacia el mundo laboral, los hombres comienzan a ser presionados, y en casos muy puntuales por iniciativa propia, para participar un poco más en la labores del hogar y «apoyar» un poco más en la crianza de los hijos. Estas presiones por parte de las mujeres y la sociedad en sí, logra que en los 90’s, los padres comiencen a participar en los partos de sus hijos, debieron ser muy graciosas esas escenas de padres nerviosos con sus videocámaras análogas al borde del desmayo con tanta sangre, y claro, el hombre históricamente fue alejado del acompañamiento del parto, espacios reservados únicamente para las futuras madres, las parteras y una que otra ayudante, ¡No era apropiado que el hombre viera todo eso!

Con el paso de los años, era cada vez mayor el número padres que participaban en los partos de sus hijos e hijas, al principio como meros espectadores, que en algunos casos protagonizaban el pomposo corte del cordón umbilical, con lo cual, fueron adquiriendo expertiz hasta que después del parto, se les encargaba la misión del primer apego y vestir a la nueva guagua que llegaba al mundo, debían proteger a su prole cuando más indefensos estaban. En las clínicas y hospitales comenzaron a llegar más futuros padres acompañando a las futuras madres en las consultas de control de embarazo, cada vez más ecografías, más babyshower y la participación del «macho alfa» era cada vez más activa, ya no había vuelta atrás, los hombres comenzaron a convertirse en padres, ahora las reuniones de colegios ya podían llamarse de manera justa «reuniones de padres y apoderados».

La evolución de la sociedad también trajo algunas consecuencias que no serán tocadas en este análisis rápido y superficial, pero las estadísticas no mienten, las parejas dejaron de casarse, y las que lo hacían, al año ya se estaban separando, según datos del Registro Civil, sólo en el 2019 se registraron 42.014 separaciones de hecho, paso previo del divorcio. Esta situación sacó a la luz el lazo emocional que se había venido gestando desde la década de los noventa, la paternidad afectiva e efectiva. Ellos podían comprender que la relación de pareja se acababa, pero no aquella que habían formado con sus hijos, ya no bastaban con pagar sus pensiones de manutención y ser  meros visitadores de fines de semana, dos veces al mes. Como es natural, había nacido la corresponsabilidad en aquellos hombres, y se exigiría a la señora justicia, que este nuevo derecho disfrazado por años en obligación, se escribiera en piedra, cueste lo que cueste.

A esta avalancha de nuevos padres, se opusieron muchas fuerzas; hombres, mujeres, cultura, tradiciones, prejuicios, entre muchos otros, y claro, este tipo de batallas nunca son fáciles, sino, habría que preguntarles a los negros, mujeres, homosexuales, y cuantos más. Frases como las siguientes comenzaron a empapelar nuestra sociedad y a minimizar esta nueva necesidad: «tú como buen padre, eres uno entre mil», «es que los hijos son de la madre, ella los parió», «es que sólo las madres tienen esa unión especial con los hijos», etc., etc., y un largo etc.

Después de las separaciones, muchos padres fueron sometidos a la oscura y cruel Alienación Parental o SAP, y en algunos casos muy extremos, acusados de abuso hacia sus propios hijos con tal de alejarlos, según algunos estudios, las acusaciones falsas oscilan entre el  6% (Faller, 1989) al 80% (Wakefield, H. & Underwager, R., 1996), si bien, estos números son bastante dispares e incongruente entre ellos, no podemos hacer vista gorda al fenómeno. Por otro lado, en aquellos pocos que habían obtenido casi milagrosamente la tuición, se les decía que «habían arrancado al hijo o hija de los brazos de su madre», la culpa siempre es una excelente opción, y ante todas estas situaciones, es necesario preguntarse, ¿por qué tanta resistencia por parte de las mujeres ante un lazo y sentimiento que ellas mismas ayudaron a crear?, o es acaso que ellas creían que ¿ese lazo sólo era válido mientras estuvieran juntos?. Paradójicamente, había otro grupo de madres en gran número, que denunciaba la ausencia total de los llamados «papitos corazones», tanto en el ámbito económico como emocional, ¿por qué las mujeres del primer grupo no valoraban aquello de lo que las mujeres del segundo grupo carecían?, lo único que podría explicar esto es que la intención de vincular al hombre con sus hijos nunca fue real, o tal vez controlada, conscientes o inconscientes, eso ya da lo mismo porque este cambio no nació del feminismo por más que quieran adjudicárselo, aunque puede que algo haya tenido que ver con el encendido inicial (lo cual se agradece), este fenómeno es lo que llamamos la masculinidad paternal, si esta capacidad no hubiese sido propia a la naturaleza del hombre, ninguna mujer o dinámica social podría haberla creado. Lo único claro es que los hombres comenzaron a «hacerse cargo». La encuesta Casen 2017, reveló que 711.431 hogares son monoparentales con jefatura masculina, prueba objetiva del cambio de paradigma.

Esta nueva crianza envuelta en masculinidad y ejercida por la paternidad en todo su amplio espectro, no busca competir con lo maternal, de hecho, es todo lo contrario, lo que busca es diferenciarse orgánicamente, ellos no buscan hacerle a sus hijas las trenzas perfectas, por el contrario, buscan la tosquedad, lo desalineado y asimétrico, aquello que los hace únicos, porque tanto el padre como la niña, no ven el peinado como un resultado en si mismo, sino más bien, es el acto y la complicidad entre ambos lo que hace de ese peinado algo especial.  Cuántas veces, aquellos padres que habían arropado a sus hijos fueron desautorizados o reprendidos, cambiándoles la ropa sus madres posteriormente porque según ellas «no era la adecuada para el clima», «no combinaba» y tantas otras excusas.

En este grupo de padres y madres que se pelean por el bien mayor de sus hijos, no existen malos o buenos, sino formas distintas de ver el mundo. Si dos madres crían de manera distinta y es aceptado como tal, ¿por qué no se acepta que el hombre también lo hace distinto?, más aún, si consideramos aquellas cualidades naturales que le permiten hacerlo diferenciadamente desde la masculinidad.

Hoy en Chile tenemos una ley de tuición compartida, que si bien, algo ha corrido la venda de nuestra ciega madre justicia, ya que aún continúa inclinándose a un lado de la balanza, ¿por qué?, porque este nuevo cuerpo legal sólo considera la tuición compartida como opción cuando es de mutuo acuerdo, pero, ¿cuántos divorcios o separaciones finalizan en tan buenos términos, que los acuerdos económicos y de relación directa con los hijos es de mutuo acuerdo?, si es así, ¿por qué tenemos nuestros juzgados de familias y centros de mediación al borde del colapso?, ¿será que hemos creado un instrumento aplicable sólo a las excepciones?, bueno, esto no debiese extrañarnos, en plena discusión de esta ley, el propio Servicio Nacional de la Mujer fue una de las principales barreras, en vez de ser un facilitador y consecuente con tanto discurso sobre equidad de género, y la exigencia de gran parte de la población femenina que pedía a gritos el ejercicio de una paternidad responsable, ¿era justo apelar al mito del «instinto maternal»?, o, ¿sólo es endosable la paternidad cuando se está en pareja?, cada año aumenta la cantidad de solicitudes de tuición compartida, pero al verse limitada esta opción por la falta de acuerdo, se termina engrosando más la lista de demandas por custodia completa por parte de los hombres, y al final, por ejercer este nuevo derecho y el de sus hijos, estos últimos terminan envueltos en una guerra, cuya bandera es la de «mejor papá» o «mejor mamá».

Son cada vez mayores las responsabilidades sociales que se les exigen a los papás, y muchos más los que por voluntad, la hacen propia, pero, ¿nuestra sociedad ayuda en algo?, ¿cuál debería ser el rol del Estado y sus poderes en este proceso de transformación?.

En la revolución de roles se habla del intercambio de estos, pero si un hombre decidiese dedicarse a la crianza de los hijos, ¿qué leyes lo protegen?, ¿no tiene acaso derecho a que sus costos de salud sean cubiertos por su pareja, tal como sucede con las mujeres?, ¡sorpresa! nuestra legislación no lo permite, recién hoy de están despachando proyectos, y que, de aprobarse y promulgarse, esperemos tengan las mismas condiciones que las de una mujer, o mejorar ambas, siempre es una opción.

La paternidad y los lazos emocionales con los hijos se construyen, y bien lo sabemos por ese famoso eslogan de «padre es el que cría», pero, ¿estamos dispuestos a fomentar esta crianza?, ¿creemos realmente que la familia es el núcleo de la sociedad tal como se consagra en nuestra constitución?, el apego y los primeros lazos con los hijos se construyen desde los primeros meses de vida, por lo que las madres no sólo alimentan a sus hijos en los periodos de lactancia y post-natal, sino que también crean y crían lazos emocionales y químicos con su prole, pero, ¿qué sucede con el padre?, sólo cinco días, que desigualdad para una sociedad que dice poner a la familia como centro, pero claro, nuestra ley permite que la madre pueda ceder hasta seis semanas al padre, y me pregunto, ¿qué padre desnaturalizado privaría a su cría de la tibia leche materna?, si en el seno familia, la madre cediera obligadamente parte de su post-natal al padre, ¿será éste último eximido de todo juicio moral, ya sea de parte de su pareja, familiares o la sociedad en sí misma?

Me pregunto ¿por qué nuestra leyes homologan un derecho tan fundamental como la crianza, en un balón de fútbol que debe ser disputado por el padre contra la madre?, ¿es uno o el otro?, quizás si este tan valorable beneficio fuese asignado de manera igualitaria legislativamente, quitaríamos el enjuiciamiento moral que cae en un padre que desease  disfrutar a sus hijos en sus primeras etapas, y hasta se solucionaría la discriminación hacia la mujer a la hora de contratarlas, ya que, los beneficios de la crianza de repartirían por igual entre madre y padre, así como también lo que las empresas denominan «externalidades de la maternidad».

Si vemos hoy el panorama de la crianza, es obvio y lógico, que el número de madres responsables es mucho mayor que el de los padres, así como también es lógica la predominancia del mercado laboral por parte de los hombres, ambos procesos, aún se están desarrollando, falta mucho paño que cortar. La nueva paternidad masculina, no es un logro individual de hombres o mujeres, es un fruto social y que cuya maduración sólo podrá alcanzarse cuando cambiemos el «mi hijo» por «nuestro hijo», y sacudamos el prejuicio de que «él no los educa como yo», pues es precisamente eso lo que nuestros hijos necesitan, una crianza diferencia y complementaria.

La paternidad amorosa  siempre fue una semilla en potencia en el corazón de los hombres, faltaba el riego y temperatura que sólo la sociedad en su conjunto podía darle.