Sesgos cognitivos en pandemia

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Escribe Dr. Carlos Pérez Wilson, Académico, Instituto de Ciencias Sociales, Universidad de O’Higgins.

Seguramente, usted y yo tendremos opiniones diferentes frente a decisiones políticas, hechos históricos, o prioridades sociales, entre otras cosas. Lo más probable es que cada uno de nosotros se haya hecho su opinión por una serie de factores, pero si algo de racionalidad tenemos, de seguro tendremos algo en común: nos habremos informado.

Pero en sí mismo, el acto de informarse no es garantía suficiente para que logremos acuerdo, ya que cada uno de nosotros procesa, interpreta, y le da sentido a esta información. Ya en el año 2002, el Psicólogo Daniel Kahneman era galardonado con el Nobel de Economía por sus estudios entre asociaciones del juicio humano y la toma de decisiones bajo incertidumbre.

El punto es que nuestros cerebros tienen una serie de preferencias propias, o “sesgos cognitivos”. Son bastantes, sólo quisiera comentar tres de ellos, que creo explican gran parte de la coyuntura político social que presenciamos a diario.

Está por ejemplo, el sesgo retrospectivo, que es la propensión a percibir los eventos pasados como predecibles, interpretando la línea temporal en retrospectiva. Dicho coloquialmente, “después de la batalla, todos somos generales”. Muchos agentes tienden a opinar solamente una vez llegada la consecuencia o efecto, y resuelven o modulan en base a ello, el tono de sus comentarios. A esto se le suma, por cierto, el llamado sesgo de confirmación, que vendría a ser nuestra tendencia natural a averiguar o interpretar sólo aquella información o parte de ésta, que confirma nuestras creencias, e ignorar o descartar todo aquello que la contradice. Finamente, el sesgo de falso consenso, que seguramente usted identificará en más de algún personaje, como aquella tendencia de creer que nuestras opiniones, creencias, valores y costumbres están más extendidos entre las otras personas de lo que realmente están, y nos arrogamos el derecho a hablar “en nombre de la gente”, o de “los chilenos y chilenas”.

La culpa por tanto no es de la información, sino del usuario de ésta. De hecho, dentro de lo específicamente relacionado con la información científica, ella es en general, resguardada por una serie de protocolos y entidades que minimizan ese potencial sesgo, teniendo una serie de acuerdos internacionales como la declaración de Singapur sobre la integridad de la investigación, o la declaración de Helsinki sobre los principios éticos para la investigación médica en humanos. La invitación es a estar conscientes de esta situación, y a construir acuerdos que nos permitan avanzar hacia una noción de bien común compartida.