Ambar, víctima de su entorno social

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Escribe Dra. Mariela Andrades, Psicóloga clínica forense y académica UCEN.

Villa Alemana, fue testigo de un cruel delito. Hace algún tiempo, fue el caso del profesor de Nibaldo Villegas, quién fue descuartizado una madrugada del año 2018. Ahora es el caso de Ámbar Cornejo, una joven de 16 años, cuyo cuerpo fue encontrado en las mismas condiciones en el patio de la pareja de su madre, Hugo Bustamante, quién ya había estado en prisión por cometer doble homicidio.

Este tipo de crímenes, probablemente, podrían realizarlo personas que presentan rasgos de personalidad psicopática, los cuáles se caracterizan por una ausencia de culpabilidad y remordimiento, carentes de empatía y sienten desprecio por su víctima, vulneran la normativa social y presentan una visión egocéntrica del mundo, que se plasmará principalmente en una búsqueda activa de la propia satisfacción, minusvalorando a los demás y mostrando desprecio y desconsideración por las motivaciones ajenas y sociales. Esta característica de personalidad predispone al psicópata a la vulneración de los derechos y libertades de las demás personas.

El psiquiatra Schneider señala que “las personalidades psicopáticas son aquéllas que por su anormalidad hacen sufrir a la sociedad”. Es decir, el psicópata, sabe lo que hace, pero no le importa las cicatrices psicológicas y emocionales que provoca con sus actos. Conocen la diferencia entre lo que está bien o mal, pero esos límites no son para ellos. Cualquier estrategia es válida para llegar al máximo placer del psicópata, que es anular la voluntad del otro para atacarlo, demostrar su superioridad y desprecio hacia su víctima.

Como sociedad debemos abordar con tesón la salud mental de nuestro país, la que como podemos ver, cada día se daña más; fortalecer el valor de la palabra y potenciar relaciones de cuidado y de convivencia equitativas entre los géneros. No podemos predecir el momento en que actuará la psicopatía, pero el Estado sí puede y debe resguardar a nuestros niños, niñas y adolescentes y si podemos contribuir como sociedad, a que jóvenes como Ámbar, quienes tienen una vida marcada por el dolor y el abandono, formen parte de una comunidad en la que exista una adecuada detección, prevención e intervención de la violencia, y se promuevan factores protectores y sociales para una mejor convivencia.