Ciencia y educación en tiempos de pandemia y otros desafíos

162

Escribe Dra. Rocío Angulo, Académica del Instituto de Ciencias Sociales, Universidad de O’Higgins.

La ignorancia es muy peligrosa, especialmente en momentos de crisis. Hace unos días un líder mundial daba ideas a los científicos. Si el SARS-CoV-2 muere con desinfectante, podríamos limpiar los pulmones de la gente con desinfectante, puro sentido común. Si no fuera porque dicho líder podría apretar un botón rojo y acabar con la pandemia y parte de universo en un instante, y porque al día siguiente más de 100 personas (dicen) se “desinfectaron”, sería hasta gracioso. Ha ocurrido en un país desarrollado, primer mundo, donde las personas cuentan con una educación institucionalizada durante años.

El pensamiento humano ha evolucionado durante milenios para explicar, predecir y algunos dirán que “controlar” el mundo. Al principio todo era magia, las cosas, los fenómenos naturales, tenían vida e intenciones. Los expertos llaman animismo a esta forma de pensamiento. Después creamos muchos dioses que en cierto momento cobraron forma humana y acabaron fundidos en uno solo. Finalmente, llegamos a la revolución científica. Los niños pequeños también atribuyen intenciones a los objetos, si se tropiezan y se golpean con la esquina de la mesa le devuelven el golpe, mesa mala.

El pensamiento va madurando poco a poco y se supone que las personas somos capaces de observar nuestro entorno, hacernos una idea de cómo funcionan las cosas y las relaciones, poner a prueba nuestras hipótesis y llegar a nuestras propias conclusiones para integrarlas en esa gran teoría que es nuestra concepción personal del mundo ¿o no? ¿lo estamos haciendo tan mal que años de educación reglada no nos facilita salir del animismo y llegar al pensamiento científico?

Según los medios y los gobiernos estamos en guerra, tenemos un enemigo invisible pero terrible: un pedazo de información metida en una cápsula. Los científicos no se ponen de acuerdo sobre si los virus son “algo vivo” o no. Nos organizamos tan mal como sociedad, priorizamos tan mal los recursos, que una “cosa simple” nos diezma y le declaramos la guerra como si tuviera voluntad. Además, la tierra es plana, las vacunas provocan autismo y el cambio climático no existe, aunque seguro que acabamos echándole la culpa de la caída de la bolsa. No somos capaces de entender qué significa una subida de 3° en la temperatura media del planeta. Si hoy hacia 15° grados por la mañana y 30° por la tarde… Señores que toman decisiones para la gente que vota por ustedes y la que no: reducir el presupuesto en ciencia y educación en este momento no parece buena idea.