Chile y la crisis: cuando lo viejo muere y lo nuevo aún no nace

660

Escribe Edison Ortiz, Profesor de Historia.

Va a morir el capitalismo salvaje, el de los “flaites ricos”, esos que son pura copia que introdujeron en el país palabras norteamericanas: desde el mall hasta esa estupidez que se adjetiviza Sanhattan. Esa gente sin gusto, ni originalidad ni identidad, que sólo copia, desde La Colonia hasta hoy. La misma que importó y masificó el virus, que hace fiestas en cuarentena tal como lo relata un alcalde suyo, que se va de vacaciones mientras el país entra en cuarentena, que pide raspar la olla, que vota con una copa en la comodidad de su cama, mientras el país se cae a pedazos. Se trata del grupo social más irresponsable en el tratamiento del Covid-19.

La cita es de Antonio Gramsci y su formato original es el siguiente: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”.

De ese tipo son algunos de los fenómenos que están sucediendo en Chile hoy. Las AFP’S se han comido literalmente en dos semanas entre 10 y 13% de nuestros ahorros obligatorios y seguramente, a fin de año exhibirán ganancias exponenciales como empresas.

Mientras, la presidenta UDI propone que de nuestros propios fondos de pensiones se suplan los recortes a nuestro sueldo, como ya se aprobó se haga con nuestro Fondo de Cesantía acumulado para financiar las suspensiones de trabajo o, las disminuciones de jornada establecidas por la autoridad o los empleadores. Se agrega el decreto de la Dirección Del trabajo que exime a los empleadores de pagar sueldos en tiempos de pandemia, el anuncio de alza de los planes de las Isapres, el insulto de Evopoli que plantea disminuir los salarios de los funcionarios públicos, los agravios permanentes de la timonel Udi que no tienen límites.

Las peleas, en vista que la oposición está en la lona desde hace ya largo tiempo, al interior del propio Gobierno entre el mismo Presidente, sus propios alcaldes, ministros y, era que no, ese personaje digno del teatro del absurdo como lo es el ministro de Salud. Y ahora, la perfomance del Mandatario, quien pareciera estar siempre más preocupado de darse gustitos personales en Plaza de la Dignidad que de gobernar, mientras la pandemia crece y todos sabemos que cobrará miles de muertos en el país. Pero la mayoría de ustedes se lo merece, por elegir a los incompetentes que eligieron: son las reglas de la democracia.

Se puede incluso conjeturar que el mundo que viene luego de la crisis de la acumulación ilimitada de capital en escala planetaria, tal como ocurrió a fines del imperio romano, se revertirá el proceso de concentración espacial en grandes metrópolis y las generaciones más jóvenes revalorizarán formas más comunitarias de vida – el barrio – o de mayor contacto con la naturaleza, en espacios rurales digitalmente integrados a la vida moderna. Ya se puede observar signos de este tipo: más gente está cambiando búsqueda de estatus por calidad de vida.

Todo eso va a morir…

Va a morir el capitalismo salvaje, el de los “flaites ricos”, esos que son pura copia que introdujeron en el país palabras norteamericanas: desde el mall hasta esa estupidez que se adjetiviza Sanhattan. Esa gente sin gusto, ni originalidad ni identidad, que solo copia, desde La Colonia hasta hoy. La misma que importó y masificó el virus, que hace fiestas en cuarentena tal como lo relata un alcalde suyo, que se va de vacaciones mientras el país entra en cuarentena, que pide raspar la olla, que vota con una copa en la comodidad de su cama, mientras el país se cae a pedazos. Se trata del grupo social más irresponsable en el tratamiento del Covid-19.

Van a morir las AFP’S como modo de robo legalizado, no por la protesta de buena parte de la sociedad, que ya lleva años, sino por su propia incapacidad e incompetencia. Hasta el robo legalizado se acaba algún día. Ídem las Isapres que, sin ningún sentido de empatía social, suben los valores de los planes en medio de una aguda crisis sanitaria. Y nosotros seguimos juntando rabia.

Van a morir los políticos de encuesta, estilo Piñera, Guillier, Lavín, su nuera la alcaldesa de Maipú, el hijo de Lavín, ese parlamentario que nunca está en el Congreso, pero está atento para defender las torpezas de su esposa. El nepotismo. Los políticos pocos serios de carácter transversal.

Va a cambiar el individualismo extremo en clases medias y altas, esa sensación de impunidad y de poder estar fuera de la ley cuando es de conveniencia.

Va a morir la cultura autoritaria que nos viene de La Colonia y de la Hacienda, tan presente en nuestra vida cotidiana y, por supuesto, el empresariado cómodo, especulador, depredador, que nos ha acompañado a lo largo de nuestra historia, en especial desde la dictadura, y que se consolidó en una democracia que ha logrado subordinar.

Va a morir el Estado subsidiario, jibarizado, que crea montones de puestos de primera línea, pero sin atribuciones, que no decide nada, solo para dar pega a familiares y amigos incompetentes.

Va a morir el Chile que heredamos y en el que crecimos y hemos vivido. Después del virus nuestra historia será distinta.

Lo que nacerá.

George Orwell profetizó la distopía moderna de la sociedad controlada y disciplinada por “el hermano mayor”, que escribe la historia y da sentido al lenguaje a su amaño a kilómetros de toda verdad. Pero se conoce menos su exploración de los sustratos de la condición humana, que nos sirve para pensar lo que viene en nuestro país. Como lo señala su biografía, Orwell era un hombre de una familia de buen pasar con experiencias que cualquier ser humano con afán de aventura quisiera vivir: peleó en la guerra en Birmania, defendió la República española, en algún momento de su vida optó por ser un méndigo en Londres y quiso buscar lo que había de bueno en ese sustrato social y descubrió lo que se viene.

Lo interesante para los tiempos de hoy es que Orwell, el autor de La Rebelión en la Granja (1984) y tantas otras obras, en su pasar como méndigo descubrió lo que las clases privilegiadas ignoran, es decir que las clases pobres británicas tenían un alto sentido de la solidaridad, la cooperación, el buen trato, mucho más que la aristocracia supuestamente educada y formal. Su hallazgo fue redescubrir el sentido escondido de la reciprocidad, pero no menos crucial: hoy por ti, mañana por mí. Y terminó admirándolas.

Lo que se viene no será un mundo absolutamente nuevo, sino que los procesos de crisis de desigualdad, de pandemias, de efectos del cambio climático, reconstruirá el actual y tendrá reminiscencias de otras épocas. En especial, en tiempos de pandemia, con el repliegue a lo esencial que es el cuidado de la vida humana y acompañar a los que sufren y mueren, se revalorizará el sustrato que da fundamento a la resiliencia de las sociedades humanas en todas las edades de la historia. Tomará más fuerza, al menos durante una etapa de la vida social que en todo caso dejará huellas, la vida comunitaria y familiar y su enjambre de pasiones y contradicciones, pero también la convivencia basada en formas variadas de cooperación, de trueque o de intercambio gratuito, en medio del cuestionamiento de las rutinas de ciudades monstruosas que deterioran la calidad de vida y consumen los tiempos necesarios para la cercanía y el respiro humano.

Y terminará por ponerse en cuestión el afán infatigable de obtener dinero para subsistir, cuando no queda otra opción y su contrapartida, la desposesión de la mayoría trabajadora para que una minoría mantenga la carrera de la acumulación carente de sentido y de toda ética, al punto que el acceso a los medios de vida e incluso, la seguridad de una pensión depende de las bolsas de comercio, de la globalización financiera, de los «Cuescos Cabrera» del delito permitido de cuello y corbata.

En mi barrio ya nadie quiere ir a los supermercados y un letrero muy rudimentario del almacén de la esquina indica “por favor respetar los turnos, cuidémonos”. Nadie entra allí si hay un vecino/a comprando dentro. Han regresado los almacenes de barrio en gloria y majestad y despliegan a ojos de todos un sentido mínimo de colaboración con el prójimo.

Se han fortalecido las economías de autogestión, como la fabricación de productos propios – de hecho con Agustín y Martín, tenemos nuestra propia huerta de tomates, lechugas y albahaca – y lo que ya se había fortalecido con la explosión de octubre, hoy ha cobrado vida propia: producir, intercambiar vía trueque, regalar, ayudar. Ni hablar de las botillerías de barrio, son como el registro civil, nadie pasa un día sin reportarse, eso sí con las medidas de precaución necesarias: “Lo atendemos desde dentro y ojalá pague con tarjetas”.

Después del virus, el teletrabajo como lo practica un ex compañero de universidad desde hace años para una compañía colombiana de telecomunicaciones, se hará más frecuente que nunca, se construirán protocolos para un monitoreo eficaz y, seguramente, se evaluará periódicamente la iniciativa que, en el contexto del país de la hacienda colonial y del látigo, costará sistematizar.

Un teletrabajo generalizado donde es posible y bien concebido fortalecerá la familia, de la que el mundo conservador habla tanto, pero que desprotege en lo esencial, pues pone por delante la subordinación de la fuerza de trabajo a los intereses de la acumulación de capital. Ayudará a descongestionar las ciudades, a modular los ritmos de desplazamiento y contribuirá a reducir los efectos del cambio climático y las contaminaciones. Ganaremos en calidad de vida.

Se puede incluso conjeturar que el mundo que viene luego de la crisis de la acumulación ilimitada de capital en escala planetaria, tal como ocurrió a fines del imperio romano, se revertirá el proceso de concentración espacial en grandes metrópolis y las generaciones más jóvenes revalorizarán formas más comunitarias de vida – el barrio – o de mayor contacto con la naturaleza, en espacios rurales digitalmente integrados a la vida moderna. Ya se puede observar signos de este tipo: más gente está cambiando búsqueda de estatus por calidad de vida.

Como diría Michel Foucault, se multiplicará una cierta microfísica del poder en los espacios locales que gestionará con más sentido común los desafíos de las comunidades o, en términos de Fernand Braudel, se fortalecerá el “primer piso” de la actividad económica en los espacios de interacción local. Hasta donde sabemos, estos han sido claves en el control de la pandemia al limitar los contactos que permiten circular al virus del contagio y es el espacio donde, a ciencia cierta, se derrotará la plaga del Coronavirus.

Aunque en el caso chileno tenemos una larga historia en que la ciudadanía ha sido abandonada a su propia suerte y en la que la modernidad neoliberal redujo la construcción de algún tipo de Estado de bienestar a una mínima expresión configurando una “sociedad de la desconfianza”, el “bajo pueblo” como diría Gabriel Salazar, tiene una larga experiencia en sobreponerse a las calamidades de la naturaleza y, en especial, a las que provocan sus propias autoridades por incompetencia manifiesta.

Como diría Philliphe Benetton, todos tendremos que cambiar nuestra ideología para adaptarnos al mundo que se viene. También tendrá que hacerlo la oligarquía dominante, la que nunca ha querido o sabido salir de su paradigma de comportamiento preferido: el del latifundista. La sociedad ya aprendió como entrar en rebelión contra la pretensión de prolongar indefinidamente el dominio oligárquico. ¡Hay un mundo nuevo que se viene… en buena hora!