Óscar André Miño Uriarte, escritor. (Lima – Perú).
Alicia ya había ocupado su asiento en el sector C del vuelo 6066 con destino a Toronto, Canadá. También le había enviado un mensaje a su hermano para avisarle que ya estaba a bordo. Al final del pasillo, las azafatas recibían a los últimos pasajeros y les entregaban folletos con información sobre el vuelo. Por megafonía daban las principales indicaciones: permanecer sentados durante el viaje, colocar el celular en modo avión, informar cualquier malestar y no arrojar basura.
Alicia revisó el folleto justo cuando un anciano le tocó el hombro.
—Disculpe, mi asiento es el 14.
Lo dijo con evidente timidez. Alicia miró su boleto y descubrió que estaba sentada en el asiento equivocado. A ella le correspondía el 13.
—Discúlpeme más bien usted.
Respondió con una sonrisa. Le cedió el asiento al anciano, quien agradecido tomó su lugar. A cierta distancia, unos adolescentes intentaban guardar sus mochilas en el compartimento superior, pero la compuerta no cedía.
En ese momento, su celular sonó de forma repentina, sobresaltándola. Miró la pantalla: era Jeff, su hermano.
—Jeff, ya estoy en el vuelo.
—¡Alicia, bájate de ese avión ahora mismo! No sé por qué, pero tuve un sueño muy extraño…
—Jeff, cálmate. ¿A qué te refieres?
—Créeme. Bájate del avión ahora. No es seguro.
Algunos pasajeros que alcanzaron a escuchar la conversación, pues Alicia tenía el teléfono en altavoz, comenzaron a inquietarse y le pidieron que bajara el volumen o apagara el celular. En ese instante, por megafonía anunciaron que el vuelo 6066 iniciaría el despegue en cinco minutos.
—¡Alicia, por favor, bájate de ese vuelo y toma el siguiente!
—Jeff, me estás asustando.
—¡HAZLO!
—Señorita, debe apagar el celular.
Le indicó una de las azafatas.
Alicia obedeció de inmediato. Activó el modo avión y la comunicación se cortó, dejando a Jeff con la palabra en la boca.
Cinco minutos después, el avión comenzó a despegar.
«Bájate del avión ahora…»
—Muy tarde… ya no se puede bajar.
Se dijo a sí misma mientras cerraba los ojos.
Mientras tanto, en Toronto, Canadá, Jeff hacía todo lo posible por comunicarse con Alicia, pero no lo conseguía. Incluso utilizó una cabina telefónica pública, aunque obtuvo el mismo resultado.
Horas después, su novia, una chica rubia llamada Karen, lo observó con preocupación.
—¿Qué te pasa?
Jeff guardó silencio unos segundos.
¿Qué podía decirle? ¿Que había tenido un sueño y que, por culpa de él, estaba convencido de que su hermana corría peligro? Solo conseguiría que pensara que había perdido la razón y, probablemente, una recomendación para visitar a un psiquiatra.
Finalmente respondió que no era nada e intentó convencerse de que todo aquello había sido únicamente una pesadilla.
Sin embargo…
—Estaba revisando las noticias. Al parecer, van a incorporar capibaras al zoológico…
Karen dejó la frase a medias. Su expresión cambió de golpe mientras observaba la pantalla del ordenador.
—¡Dios mío, Jeff!
—¿Qué pasó?
—Acaban de informar una noticia de última hora…
Jeff se acercó rápidamente.
—El vuelo 6066 sufrió un accidente cerca de Puerto Rico. Según el reporte preliminar, la aeronave colisionó tras una falla en uno de los alerones, que había sido reparado de manera deficiente.
Jeff sintió que el mundo se detenía.
Karen continuó leyendo con la voz quebrada.
—No hubo sobrevivientes. Todos los pasajeros y la tripulación perdieron la vida.
