Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
Como en la película, Rafael López Aliaga se ha propuesto llevar a las calles —su particular sala de exhibición política— un discurso que algunos limeños consideran esperanzador: volver a ser alcalde de Lima. Porque, al final de cuentas, con una paporreta de ideas y algunas salidas legales tan creativas como discutibles, el ya electo senador pretende acomodarse nuevamente en el sillón municipal y ejercer, en la práctica, como alcalde de la capital.
Pero el mitómano RLP no está solo.
Sus seguidores celestes, diputados y senadores de Renovación Popular —aunque por momentos parezca Renovación Medieval—, junto con algunos medios afines al blanquiazul empresario, han reinterpretado las normas para permitirle ingresar por la ventana y ocupar nuevamente la alcaldía limeña.
Este señor, que no suele escatimar insultos para sus adversarios, vuelve a mostrar su verdadera naturaleza: un hombre con una inagotable sed de poder, un líder de rasgos casi mesiánicos que parece convencido de que solo él puede salvar a Lima. Como si nadie más estuviera capacitado para convertir la capital en un espacio de buen vivir, una ciudad próspera y moderna, libre de delincuencia, con amplias áreas verdes y una Costa Verde más verde aún —aunque parte importante de ella siga siendo tierra—. En suma, una suerte de potencia mundial que, curiosamente, no logró consolidar antes de iniciar su carrera presidencial.
Y ese es, precisamente, el principal problema.
El personaje celeste juró y rejuró que no sucumbiría a la poderosa tentación de ser presidente. Lo dijo en todos los medios posibles; lo escuchamos hasta el cansancio. Apelando a su imagen de buen católico y correcto ciudadano, sostuvo esa promesa con aparente firmeza. Y mintió.
Ahora, tras perder las elecciones, tampoco desea asumir como senador. Entretanto, continúa afirmando que le robaron los comicios. La situación resulta delirante, pero también irresponsable, porque hay personas que le creen. Y lo hacen sin pruebas.
Otra mentira más: el supuesto fraude.
Pobre tipo.
