Perú, el arte de perder con estilo

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario.

Se acabaron las eliminatorias. Se cerró el telón, se apagaron las luces, y las butacas se llenaron de caras largas. La fiesta es para unos pocos, y Perú, fiel a su tradición, se quedó afuera otra vez. Ni cerca, ni dignamente. Penúltimos. Otra vez penúltimos. Ni siquiera el consuelo de terminar últimos, no, porque eso sería demasiado mainstream. Perú prefiere esa zona elegante donde no eres el peor, pero todos saben que tampoco compites.

Es un talento. De verdad. No cualquiera puede perder tanto, tantas veces, y seguir convenciendo a su hinchada de que “la próxima sí”. El marketing es impecable: cambian los técnicos, los jugadores, las promesas y hasta el diseño de la camiseta… pero el guion sigue igualito. Suspenso al inicio, drama en la mitad, tragedia al final. Si Netflix hiciera una serie sobre esto, ya llevaría ocho temporadas y el final seguiría siendo el mismo.

La campaña empezó como siempre: con discursos de esperanza, videos motivacionales y hashtags patrióticos. Nos vendieron el sueño de Rusia 2018 como prueba de que “sí se puede” y nos prometieron que “lo de Gareca” sería la base de un proyecto sólido. Proyecto hubo, sí. Proyecto de cómo complicarse solos.  Pero cada fecha FIFA fue un espectáculo en sí misma: delanteros que no la meten ni con el arco vacío, defensas que parecen enemigos del balón y mediocampistas que corren mucho… pero hacia atrás. Y cuando había que ganar, se empataba. Cuando había que empatar, se perdía. Y cuando no había nada en juego… ¡ahí sí, goleada histórica a Bolivia! Todo perfectamente sincronizado.

Pero no es solo fútbol, es filosofía. Perú juega como si la tabla fuera al revés. Si la clasificación premiara la capacidad de sabotearse, serían campeones invictos. Hay equipos que no clasifican por mala suerte, por errores puntuales. Lo de Perú no: esto es ciencia aplicada. Una ingeniería de la frustración. Y, como siempre, el desfile de excusas no decepciona. Que si la altura, que si el arbitraje, que si el VAR, que si la guerra de Ucrania y Rusia, que si el cambio climático. Todo menos admitir que, a este ritmo, la única forma de verlos en un Mundial sería comprando entradas para la tribuna. Porque para ir como jugadores, imposible.

Lo más curioso es que, mientras Argentina se pasea por Sudamérica, Brasil bosteza de aburrimiento y Uruguay fabrica delanteros como quien hornea pan, en Lima se celebran empates como si fueran victorias históricas. Y, ojo, que el entusiasmo es admirable. No importa cuántas veces los eliminen, la ilusión renace cada cuatro años. Es como una saga de películas malas que igual llenan las salas. Claro que ya suena la canción de siempre: “esto recién empieza”. No importa que se haya terminado, que los demás ya estén comprando vuelos al Mundial y reservando hoteles cinco estrellas. En Perú ya están pensando en el próximo entrenador, en el próximo “proyecto”, en la próxima promesa juvenil que cargará el peso de 40 millones de esperanzas. Y, con un poco de suerte, en la próxima desilusión.

El verdadero problema es que Perú no aprende. No se reinventa. No evoluciona. Cambian los nombres, pero no las costumbres. Es como ese amigo que promete dejar de fumar todos los lunes, pero el miércoles ya se está encendiendo otro. Cada ciclo arranca con ilusión, se complica a mitad de camino y termina igual: afuera, viendo el Mundial por televisión, mientras tuitean que “tenemos que creer más en nosotros”.

Lo cierto es que Sudamérica se les quedó grande. Paraguay, Ecuador, Colombia… todos mejoraron. Perú, no. Sigue en la misma receta de siempre: esperar milagros, confiar en individualidades y jugar con la calculadora en la mano. Pero la calculadora se quedó sin pilas hace rato. Al final, la gran proeza peruana es convertir cada eliminatoria en un acto de fe. Hay que tener un corazón enorme para seguir creyendo. Los peruanos lo tienen, eso no se discute. Pero si de fe se trata, que no se olviden de algo: hasta los santos, a veces, se cansan de los rezos.

Y así, entre promesas recicladas, técnicos interinos y flashes de gloria efímera, Perú suma otro ciclo más a su colección. Penúltimos otra vez, pero tranquilos: la próxima será distinta… dicen.

PD: quizá en el mundial de desayunos ganemos, por lo menos comeremos rico.