Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú)
No, queridos lectores, esto no es una escena distópica de Mad Max filmada en Perú, Venezuela o algún rincón olvidado de Centroamérica. Es el espectáculo global que nos ofrece el siglo XXI: un mundo donde las mafias operan con más eficiencia que los gobiernos. Los datos —esos detalles pesados— señalan que las zonas en guerra, las dictaduras, los estados fallidos y las economías en coma son los «viveros de talento» que exportan delincuencia a diestra y siniestra. Y, oh sorpresa, encuentran terrenos abonados por la incompetencia estatal para florecer.
El primer ingrediente de este masterchef del crimen son, por supuesto, los gobiernos débiles. Esos que, con una laxitud digna de mejor causa, permiten que los maleantes se instalen como si fueran influencers en un coworking. ¿Por qué un Estado no puede con unos miles de pillos? Ah, preguntas incómodas. Resulta que las leyes están diseñadas para proteger más al delincuente que al ciudadano (detalle sin importancia). Los jueces y fiscales —muchos de ellos, ejemplos vivos del «aquí no pasa nada»— hacen su trabajo con la misma eficacia que un paraguas en un huracán. Y la policía, ay, la policía… cuyas actas parecen redactadas con los pies y cuyas investigaciones tienen más agujeros que el guion de The Room.
Pero, ¡atención!, el circo no acaba ahí. Los mismos gobernantes —nuestros empleados, no lo olviden, porque nosotros pagamos sus sueldos— son los primeros en vender su dignidad por un plato de lentejas… o un relojito suizo, o un fajo de billetes, o un rubí de contrabando (Angola, Tanzania y Madagascar dan fe de ello). Los parlamentos, esos templos de la sabiduría legislativa, vomitan leyes que parecen escritas por el mismísimo Joker: todo para beneficiar al ratero, al sicario, al narco.
Y mientras tanto, la foto del día: AMLO y su heredera política, Sheinbaum, posando como si nada con capos; el terrorista Al-Jolani, autoproclamado líder en Siria, sonriendo junto al secretario de la ONU (¿networking o black comedy?); y nuestra querida Boluarte, guardando bajo la alfombra a Cerrón y sus más de 60 muertos (pero shh, eso no se dice).
Las bandas ya no controlan barrios: toman países. Perú baila peligrosamente cerca del abismo mexicano, guatemalteco o venezolano. El internet, la inteligencia artificial y las redes sociales son sus mejores aliados. Pero su verdadero cómplice es el Estado, ese ente que, entre corrupción e ineptitud, les allana el camino. Porque, claro, ¿para qué pensar en que esos mismos criminales podrían terminar matándolos a ellos o a sus familias? La lógica brilla por su ausencia cuando el dinero murmura al oído y la ética está secuestrada en el sótano.
Ya no es un problema local, amigos. Es global. Y si las autoridades siguen sin rastro de moral y los ciudadanos insisten en votar por los mismos de siempre (salvo honrosas excepciones, como Bukele en El Salvador), este reality show de caos no tiene final feliz. Del descontrol a la anarquía hay un paso. Basta mirar a Haití, Sudán o Eritrea. ¿Queremos llegar ahí? No, no por favor.
