Escribe Álvaro Vogel Vallespir – Historiador y Profesor.
La disciplina histórica suele nutrirse de acontecimientos que se unifican formando una cadena interminable de sucesos de pronto decantan en contextos globales; sin embargo, hay algunos momentos en los cuales estos hechos sobrepasan el tiempo, espacio y el lugar, transformándose en hitos profundos que no solamente marcan un antes y un después; en definitiva, pueden romper o trizar un paradigma a perpetuidad. Esto último fue lo que pasó con la reunificación de Alemania tras la caída del muro de Berlín marcando el fin de una era.
El fin de la Guerra Fría de manera convencional se suele identificar en los libros de historia con dos acontecimientos clásicos: la caída del muro ya mencionado y la desintegración de la Unión Soviética como modelo. No obstante, la idea de la guerra sigue presente por más tiempo e incluso décadas, porque más allá del episodio histórico debe existir un cambio de mentalidad para que realmente el mundo deje atrás las rivalidades ideológicas. Dicho esto, podríamos preguntarle hoy a Vladimir Putín y Volodímir Zelenski si acaso la guerra que están librando estos días sigue estando anclada en alguna parte del pasado.
Esta columna de opinión tiene como objetivo analizar algunas de las tantas claves del presente y del pasado a modo de reflexión sobre este acontecimiento —la caída del muro— que este mes cumplió 35 años el nueve de noviembre. Empero, la guerra entre Rusia y Ucrania vuelve a poner en el escenario un suceso que ya parecía en gran medida superado. Aprovecharemos de ver otras aristas olvidadas de la historia reciente. El fin último de este trabajo no es recordar por vanidad o ejercicio intelectual; el propósito es siempre pedagógico: no cometer los errores de las generaciones antecesoras a las nuestras.
Francis Fukuyama, la Democracia y el fin de la historia ¿Se puede seguir sosteniendo su postura?
El ensayo de este autor norteamericano de origen japonés fue todo un presagio que no llegó a materializarse cabalmente como fue concebido (al final era una idea como muchas otras). En primer lugar, porque se escribió a la par con el fin de la Guerra Fría y no había un final ciento por ciento preciso y luego porque el «fin de la historia» era un ensayo de abstracción, aunque muy bien planteado, pero utopía, al fin y al cabo.
Por lo demás, no fue una sentencia a muerte, pues al igual que una novela, la historia al final del día es subjetiva pese a los esfuerzos de un tratamiento pulcro a las fuentes que la nutren. Por consiguiente, suposición o no, el partido posterior que Fukoyama les sacó a sus palabras fue demoledor; no en vano este escrito de 16 páginas pasó a ser un robusto libro de cuatrocientas carillas que sigue dando que hablar.
El triunfo de la democracia sobre el fascismo y luego ante el socialismo marca un fin hegeliano de la historia, ya que la historia al ser cíclica no termina, pero sí caducan dos de las ideologías del siglo XX. Al final, Fukoyama es hijo de la Guerra Fría y cobra sentido su mirada del siglo XX corto, muy de la mano con la idea del siglo reducido del célebre historiador Inglés Eric Hobsbawm.
La democracia prevalece (o vuelve a nacer) en la aurora de los años noventa, y fue el momento ideal donde aún no se ve del todo afectada con la tergiversación actual de la información que se manipula a diario con las noticias falsas sacadas de contexto. En la era de la pos verdad, tenemos prácticamente un nuevo poder del Estado en el siglo XXI.
Por otro lado, en Chile-haciendo una analogía con otras latitudes de Occidente- durante el fin de la Guerra Fría, la democracia se ve minando con la abundante corrupción; en el periodo que estamos analizando (1990 hasta hoy) no se han atenuado los casos de lícitos desde los sobresueldos-en sobres de verdad, valga la redundancia-que en el gobierno de Patricio Aylwin se pagaban a sus ministros de Estado hasta los saqueos indiscriminados en varias municipalidades del presente.
Más tarde, en el caso MOP-GATE, Germán Molina, por ejemplo, reconoció que este esquema de pagos (sobresueldos) atravesó no solo al mandato de Don Patricio, sino que además era usual con Eduardo Frei. Desde esos lejanos días, los casos de corrupción están presentes en todos los partidos, colores, cargos, instituciones, fundaciones, cargos públicos y un largo etcétera. A la par, a la gente de a pie que vive con lo justo se le exige el voto obligatorio; de ser voluntario no se acercarían ni a la mitad del padrón electoral, debido a que estos actos quebrantaron la confianza racional de los ciudadanos con su clase política, que al parecer no conoce la palabra ética ni menos aún su significado. Entonces se confundieron las libertades.
Con todo, la visión de Fukoyama se prestó como un paladín para sostener un sistema liberal económico que debía propagarse en el mundo entero. El fin de la Guerra Fría con la caída del muro de Berlín era para este pensador el fin de la evolución ideológica de la humanidad. ¿Diría lo mismo hoy Fukoyama cuando la OTAN hizo miembro a Albania, Croacia, Montenegro, Macedonia, Finlandia y ahora último a Suecia para inquietar a Putin? ¿Acaso no son un mini pacto de Varsovia las reuniones de Rusia, Corea del Norte y quizás China? Por eso pienso que la tesis de este autor fue momentánea y precipitada, aunque no lo podemos culpar, pues responde a una respuesta inmediata de lo que el mundo estaba experimentando y de paso la politología y la historia tienen tiempos diferentes.
Insistiendo nuevamente en la tesis del fin de la historia, la caída del Muro y el advenimiento de la democracia en Alemania no hacen más que reforzar la idea del autor de tan celebre ensayo de que es justamente un fin ideológico y no un fin físico de la historia. El fin de la historia lo podemos también ver en Marx; algunas religiones lo pregonan y muchos lo pensaron al ver las armas de exterminio atómicas, que dicho sea de paso aún existen y son un mudo legado de la Guerra Fría. En China, en tanto, para la elite corre el consumismo liberal; ¿ustedes creen que se someten al marxismo los burgueses asiáticos? En el fondo, el pensamiento de Mao pasa a ser anacrónico, aunque sus muchas fotos se esfuercen por mostrar lo contrario.
Finalmente, el fin de la historia para este autor suponía una verdad a largo plazo evidentemente vista en una bola de cristal, pues ya no arriesgamos la vida por luchas de las ideas; la arriesgamos por poseer más dinero, por una revolución técnica de apetito voraz y por un desequilibrio ambiental sin precedentes: el cambio climático.
La rusificación de Ucrania ¿Retroceso en el equilibrio de poderes posterior al fin de la Guerra Fría?
Comencemos por el presente, pues se genera un punto de partida interesante para comprender un drama de siglos. Las rivalidades entre Rusia y Ucrania no son nuevas, pero en la lógica de la pos Guerra Fría se acrecientan. Por lo pronto es un conflicto que puede parecer anclado en el pasado. Si bien ya en el 2013 ambos países se enfrentaron, la escalada que desequilibró el juego geopolítico estallaba el 24 de febrero del 2022. En la actualidad, siguen aumentando los muertos, desplazados, refugiados; hay destrucción de ciudades y economías de guerra con alzas alarmantes, entre una larga lista de preocupaciones. Hoy mismo no podríamos predecir cómo va a terminar todo.
Hagamos un breve recorrido: los pueblos eslavos se crean a partir del juego fronterizo norte en el Limex romano durante siglos de sincretismo. Esto generó una división dentro de Europa, aunque no es algo nuevo, pues fue insalvable el reparto que había efectuado Diocleciano entre Occidente y Oriente.
Estos pueblos fueron migrando al sector de Bielorrusia, Rusia y Ucrania. Ocupando la zona de forma permanente, pero por separado con identidades propias, sin embargo, los habitantes de Ucrania ya en ese entonces querían una vida más emancipada y fueron variando las tradiciones, el idioma y, en fin, la idiosincrasia. En contraparte, Rusia quería a toda costa los territorios de Ucrania, pues estaba bien posicionada. Hasta hoy será una historia de tira y afloja; en la práctica es casi una obligación que Ucrania forme parte de Rusia, así al menos lo dice Putin, el nuevo Zar del presente.
El Zar del siglo XXI se siente provocado por la OTAN, que es en definitiva una institución propia de la Guerra Fría. Se derrumbó el muro, la URSS no existe, y el pacto de Varsovia lo encontramos por escrito en los libros de historia. ¿Cuál es el sentido de OTAN? Al parecer, detener las esquirlas que siguen dando vuelta en Europa y, porque no, atenuar la escalada de esta guerra que ya va para su tercer año.
El viejo argumento que esgrime el presidente de Rusia, que los rusos desde el siglo IX eran los dueños de Kiev y, por ende, de Ucrania, no es suficiente para adjudicarse a un país que pase a ser rusificado (idioma, religión y tradiciones, entre otros). Ya tiene una identidad propia forjada por un nacionalismo trabajado por siglos, aun cuando el concepto no existía como tal. Empero, la irrupción de los mongoles en el siglo XIII no solo le dio un respiro al sector ucraniano, sino que además le permitieron entrar en contacto con Occidente y tomar una postura sobre el renacimiento y el cisma religioso, lo que será crucial a largo plazo para entender un conflicto que calzará con la dinámica de la posguerra europea.
Como si lo anterior fuera poco, el advenimiento de los Zares del siglo XVII expuso a los ucranianos a las corrientes católicas polacas y el catolicismo ortodoxo; así mismo los nuevos herederos de los «Cesares Romanos» aplicaron tolerancia cero contra Ucrania, pero aun así la identidad ucraniana no cayó en el olvido. ¿Qué injerencia cultural puede tener hoy Putin? Ninguna o muy poca. Territorialmente tiene hegemonía, eso responde a la lógica de un conflicto del siglo pasado. El siglo XX es por lejos- hasta ahora- el más violento de la historia, además de ser el periodo que tuvo más contradicciones éticas y morales que pusieron a prueba la existencia humana durante la segunda posguerra. El episodio de febrero del 2022 puede ser el último esternón del siglo pasado.
Erich Honecker y Gorbachov de paso por Chile
Qué duda cabe de que ambos personajes de la Guerra Fría vinieron a Chile en contextos muy distintos: uno a morir con su legado en ascuas y el otro para conversar del nuevo modelo imperante como un capitalista más. Los que en algún momento fueron representantes de un mismo sistema llegando a tener un poder enorme, vivieron en carne propia el dicho «las vueltas de la vida».
Varios quizás se recordarán del comercial de Pizza Hut, donde Gorbachov disfruta de una icónica pizza de cadena norteamericana rebosando queso caliente, en medio de cuestionamientos y alabanzas… El comercio sin límites es todo un símbolo de que los tiempos estaban cambiando para siempre. Sin lugar a dudas, esa creación cinematográfica unas décadas antes habría sido impensable; sin embargo, la historia de las mentalidades no es algo estático. Si cayó el Imperio Romano, ¿por qué no habrían de derrumbarse las ideologías que dábamos por sentadas?
Gorbachov aceleró dos reformas postcrisis del petróleo que a la postre significarían el fin físico del modelo, no así la culminación inmediata de todas las ideas. Perestroika y Glasnost eran en el fondo señales de que los tiempos que corrían ya no eran los mismos, los modelos, los regímenes siempre terminan sucumbiendo a las nuevas filosofías; es cosa de mirar algunas revoluciones. ¿Cuánto más durará la democracia en la era de las fake news?
La visita de Gorbachov fue en el ámbito privado a una audiencia del universo empresarial; es decir, representantes del modelo contrapuesto a la filosofía que defendió. En otras palabras, fue un camaleón o para otros un visionario y por qué no una persona que se adapta a los cambios. Luego viajó por el mundo dando charlas en centros capitalistas. Por lo demás, la caída del comunismo fue gestionada por él de la forma más pacifica posible con una transición suave, pues sabía que no tenía sentido seguir apretando. Al final, no solo encausó nuevos escenarios; fue Premio Nobel de la Paz y, a parte de su visita a Chile, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Chile en pos de su aporte al nuevo giro ideológico, lo que significó evitar un baño de sangre a la población rusa.
La llegada de Honecker por medio del asilo diplomático en Chile causó gran revuelo; este suceso movió las aguas de la postguerra fría y configuró un dilema en las relaciones internacionales. Pero vamos al caso chileno, ya que no tiene sentido repetir la historia del hombre tras el muro, pues está ampliamente documentada. El ex jerarca llegó a Chile bajo el gobierno de Patricio Aylwin; su viaje se produce en medio de una orden de detención de Alemania y expulsión de Rusia. Pese a todo, su arribo se produce por la vía diplomática tras las gestiones de la familia Almeyda que chocaron con la normativa vigente, creando un drama complejo a nivel de relaciones exteriores. En medio de esto, el ex presidente sufre un infarto que se sumará a su condición de salud, que a la postre le significará la muerte, ya alejado de todo contacto político en la soledad de la comuna de La Reina. ¿Qué repercusiones tuvo este caso para Chile?
En primer lugar, un gran problema a nivel de diplomacia, aunque Chile estaba jugando al noviciado luego de 17 años de dictadura. En términos prácticos, el Estado de Chile y el de Alemania no tenían una información clara respecto a su condición de asilado. También pesaban los juicios por los muertos que cargaba de su época del Muro de Berlín. No obstante, la situación se volvió incómoda para los personeros de esos años, en especial a Clodmiro Almeyda y a Silva Cimma. La derecha chilena de entonces acusó un asilo premeditado sin ser consultado a la cancillería; es decir, este episodio entraba a la arena política donde el juego oficialismo y oposición debutaba en la práctica, tras de un periodo largo donde los partidos políticos estaban prohibidos por Pinochet…
En segundo lugar, Aylwin intentará apagar el incendio asumiendo la responsabilidad y bajo su autorización de ingreso al país, aludiendo que esto iba más allá de la simpatía o la antipatía. En una entrevista posterior, el primer presidente luego de la dictadura expresó firmemente que Honecker no merecía asilo diplomático por ser un ex-dictador, pero que él no desconocía las razones humanitarias del derecho internacional; aun así, remató en la entrevista señalando que era un prófugo de la justicia alemana. En definitiva, fue un tema muy mal manejado desde muchos puntos de vista. Sin querer, Chile se posicionó en el mapa y en el radar planetario, ya que la prensa mundial saturó la embajada. Las muestras pasaban de la solidaridad en algunos casos a profundos cuestionamientos; al final del día eran varios los países que hacían fila para pedir explicaciones.
El asunto pasó de ser una petición de asilo a un tema de soberanía, a no dejarse presionar, a ver el derecho internacional y un largo etcétera. En el fondo, la Guerra Fría estaba aniquilada desde los cambios físicos, pero se presentaba aún vigente en el campo de las ideas. Nos saltaremos el caso hasta el fin, ya que, en definitiva, Honecker vivió 500 días su cáncer terminal en una tranquila casa de La Reina hasta el domingo 27 de mayo de 1994. Su esposa, en tanto, siguió con vida hasta el 2016 en la misma comuna. Gorbachov y Honecker, que fueron en un momento parte de lo mismo, terminaron sus vidas en trincheras distintas. Ambos estarán en los libros de historia y serán juzgados según el trabajo historiográfico, dependiendo del tiempo y el espacio y el trato que cada cual le dé a las fuentes.
Epilogo y algunas propuestas
Coincidencia o no, Chile recupera la democracia (plebiscito y elección presidencial mediante) a la par con los cambios que marcaron el fin de la Guerra Fría. Tuve la suerte el día de la caída del muro de contar con algunos televisores en el colegio donde estudiaba y de tener profesores de historia muy competentes que nos mostraban en vivo (y nos explicaban) cómo personas normales y anónimas con un martillo común picoteaban una muralla de concreto que representó un símbolo. La recuperación de la democracia fue lenta en el suelo nacional y con varias trabas y zancadilla; también vi el boinazo en Santiago al igual que el ejercicio de enlace.
En una época sin celulares ni redes sociales, ver tanques en las calles y militares con las caras rayadas se podía prestar para ser interpretado de muchas formas, aunque al final nos enteramos que el ejercicio era una protesta militar porque juzgaron al hijo del general Pinochet por un caso de cheques mal habidos. En el fondo, los casos de corrupción y desfalcos sin una pizca de sentido ético no son patrimonio de un solo sector; lamentablemente son transversales y cada día es más difícil enseñar conceptos como estado de derecho, igualdad antes de la ley o probidad a las nuevas generaciones, y no es por la complejidad de los conceptos; es por la abstracción que hay en ellos, pues la clase política nos da a los profesores miles de ejemplos contrarios de porque estos términos son vanos ante corrupciones dolosas. En definitiva, son conceptos que solo adornan los manuales porque en la práctica no se respetan.
Sin embargo, hay desafíos muy claros que abordar luego de un tiempo más que razonable de estabilidad. En primer lugar, la desigualdad socioeconómica, ya que puede socavar la democracia la distancia abismal entre los que tiene más de lo que necesitan y los que luchan a diario por sobrevivir. No siendo experto en economía, solamente les dejaré algunas preguntas desde el sentido común por si alguien se anima a contestarlas: ¿Podemos seguir hablando de la línea de la pobreza como un cálculo matemático que se puede maquillar con bonos tipo aspirina? ¿Es normal que los aranceles universitarios sean casi dos sueldos mínimos en Chile siendo la educación un derecho amparado por la Constitución? Podría seguir la lista. Uno de los vicios del modelo es que se ven números y no cualidades de las personas y se evita invertir en capital humano. Cuando un ex presidente decía que la educación era un bien de mercado y no una inversión la visualizaba como un gasto, es cuando cerramos por fuera no más la puerta.
Otro desafío es revisar la constitución que nos merecemos. Es cierto que la posibilidad de haberla cambiado se sometió a una consulta democrática (dos veces). Empero, siempre se ha escrito la carta magna bajo la presión del momento y nunca mirando a largo plazo. Además, los textos presentados fueron largos y poco atractivos; necesitábamos algo sencillo y concreto: buena educación, mejor salud, futuro medioambiental acorde a los tiempos… política y cálculos electorales, nada de eso necesitábamos, pero aun así todo fue en el fondo política mezquina. Hagamos un nuevo intento sin políticos de por medio para volver a redactarla, con personas capacitadas que hagan carne el concepto de bien común, que no vayan disfrazadas a escribir, que lo hagan con dedicación pensando en los que vienen.
Hay muchos desafíos aún por mejorar para sustentar una democracia más plena y dejar atrás un siglo violento: mejorar la educación a todo nivel, desde la formación universitaria de los nuevos profesores, pasando por ser más exigente en todos los escalones educativos, cambiando los planes y programas que buscan un alumno que le convenga al Estado, eliminando pruebas obsoletas como el SIMCE que segregan aún más el sistema con resultados punitivos, pero por sobre todo viendo en la educación una oportunidad de crecimiento como país y no como un gasto. Debemos invertir de una vez en la educación de calidad que no significa cantidad de horas de enseñanza.
