La chica de la tele

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Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú)

No recuerdo la primera vez que la vi, estaba muy pequeño, muy niño. Pero mi memoria reacciona cuando a los seis años, de manera más consciente, cantaba En la feria de Cepillín. Cómo no recordarlo, estaba en la casa de mis amigas Marita y Milly, mis mejores compañeras por esos años de inocencia y juegos sin terminar.

El mayor anhelo de los niños era ser parte de su elenco. Los burbujitos y burbujitas cantaban, coreaban, actuaban y conformaban el colorido estandarte de la televisión todas las tardes. Prender la tele y verla era emocionante: los juegos adheridos a las coreografías y los cantos eran la delicia de quienes esperábamos con ansias su programa y ver los reflectores prenderse en aquel set llamado Los niños y su mundo.

Nunca pude llegar a verla frente a frente de niño, cuánto hubiera querido. Pero la pantalla era mi traslador mágico a ese mundo maravilloso. Cada canción era un mensaje, un aprendizaje: Mi rancho bonito, El telefonito, El niño y el abuelo, Eco, Mami de mis amores. Todas ellas eran una fiesta.

Cuando tenía 10 años, en el curso de Geografía, a mi profesora se le ocurrió preguntar cuántos océanos existían. Y lo primero que recordé fue la canción Capitán de los siete mares. Bingo, respondí y acerté. Los nombres los puse en el mismo orden y mi maestra me dijo: “esa es la canción”. Era de mis favoritas.

Ella lanzó un disco con un estilo rockero (de los 25 que grabó) y sorprendió a todos. Muchos la vapulearon. Sin embargo, para quienes nacimos en esa edad dorada gozamos con la música. Desde Elvis hasta Zepellin. Y claro, Yola se codeó con Mick Jagger, Cerati, Frágil, Río y otros encumbrados del rock local e internacional. Una figura.

No había fiesta infantil, de las que empezaban tres de la tarde y terminaban a las siete con la piñata, donde sus canciones no sonaran. Todo sano, alegre, bonito, mágico. Cada tema era un llamado a la diversión con sentido, llena de valores y mensajes positivos. Algo que ya no vemos.

Lo que más extraño de esa edad fantástica son las reuniones con mis hermanos, primos, amigos y compinches delante de la caja boba coreando y jugando a ser su elenco. Las niñas soñaban ser Muñecas, los demás siquiera un burbujito o burbujita y los pollitos, los más chiquitos del clan.

Gracias Yola por hacer de mi infancia una aventura, permitirnos cantar y ser niños a los 50, porque cuando nacieron mis hijos y te vi en una navidad frente a mí se realizó un anhelo de toda la vida: pude verte en vivo al fin y robarte un beso volado. Gracias Chica de la tele.