Escribe Armando Miño Rivera, Periodista Independiente y Docente Universitario (Lima – Perú).
Si preguntan a cualquiera de mi generación (la X) sabrán cuánto nos agradaban los álbumes. Estaban El por qué de las cosas, los de ciencia, dibujos animados, animales prehistóricos, de las películas en estreno, las series en tv y de los mundiales de fútbol, claro.
Entre ellos estaba uno en especial: Garbage Pails o la Pandilla basura, como lo llamábamos en Sudamérica. Era una parodia (en ese tiempo pocos lo sabíamos) de las muñecas pimpollo. Lo interesante de este coleccionable de cromos eran las figuras con personajes deformes, atravesados por púas, alambres, cuchillos, aplastados por camiones, desparramados por un bombazo y otras atrocidades. Algo así como un álbum con escenas del peor terror gore, pero con niños como protagonistas. Entre los personajes estaban Apestoso Generoso, Saurita Gracita, Pobrecita Cristina, Enriquito Asadito, Carrusel Ismael, Puerta Berta, Cocinadito Bernardito y Armando Ametrallado. Sí, también tenía mi figurita. Una cosa de locos.
En una ocasión estaba mirando mi álbum junto a otros amigos para cambiar figuras repetidas: un bollón de figuras que cada uno tenía en los bolsillos de los pantalones y era la delicia de muchos. Se cambiaban según la dificultad y en ocasiones era una por una, otras una por dos o hasta una por tres, si eran las más “yucas”, como afirmábamos antes. En una de tantas veces, se acercó un muchacho más alto y de característica, podríamos decirle, intimidante. Ya al lado de nosotros nos pidió las figuras y álbumes, con una palabrota que no reproduciré, pero que empezaba con “oye reconc…. )/(/”%&(=)//%” y terminaba en madre. Más otras sutilezas.
Varios pusieron primera y embalaron, menos uno: yo. Me negué rotundamente darle mis figuras, mi álbum que tanto me costó casi llenarlo (recuerdo claramente que me faltaban cuatro cromos), así que le dije “vete o llamo a mi tío”. Era un clásico esa frase, pero no resultó. Forcejeamos por el álbum, mis figuras, me pateó y empujó. Pero el álbum seguía conmigo. No deseaba luchar, no quería. No me gustaba. Sin embargo, no quedó salida.
Acto seguido, se abalanzó por mis cosas, mis figuras. El tipo, un moreno con cara de asesino serial, intentó darme una cachetada, pero falló. El que no falló fui yo: le propiné una patada en su rostro, otra en sus costillas y cayó. Tomé mis cosas y también arranqué. Corrí más que Usain Bolt. Tenía 15 años. Ese tipo -años después- moriría de tuberculosis. Era un sujeto drogadicto y ladrón conocido en el barrio. Pobre tipo.
Desde ese día no he dejado de practicar artes marciales. Los casi tres años de entreno que en ese momento llevaba (ahora atengo 51 y sigo practicando con regularidad), ayudaron a zafarme del pobre ladronzuelo. Y mis figuras y álbum se salvaron. Eso sí, no sé dónde estarán ahora.
