No existe en el planeta otra persona que lleve entre sus venas, la sangre más «Celeste» que ella. Nadie podrá igualarse en experiencia, apego y cercanía con la camiseta. Desde la gestación y hasta la vejez, ella transporta en sus huesos y alma, una trayectoria que pocos ostentan y a la que solo un grupo ínfimo de elegidos podrá optar.
Sobre su piel ajada por el paso del tiempo se escriben y leen, todas las etapas que construyen el club de sus amores. En los hombros descansan triunfos y derrotas; llantos, desilusiones y alegrías. Allí en sus manos duras y siempre tibias por el trabajo solidario, muchas veces escasamente remunerado, se aprecian los rasgos más significativos de una institución que ha transitado más por la oscuridad que por las luces del triunfo.
Pero qué importan esas pretéritas jornadas, si aún resta por edificar el presente del ella no desea estar ausente. A paso cansino y los gritos del viento sobre su pelo ceniza, recorre el templo de ilusiones donde muchas veces levantó la voz para celebrar un gol.
Sin embargo, hoy ese lento caminar va al encuentro, de quizás, su primer público homenaje en aquel recinto que naturalmente se transformó en el segundo hogar de la familia Arias-Sáez.
