¿Dónde está mi amigo ‘Juan Poroto’?

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Escribe Carlos Poblete Ávila, Profesor de Estado.

Las experiencias que vivimos en nuestra infancia nunca dejan de tener profunda significación. Esos episodios quedan como una impronta, como un indeleble registro que nos marca la existencia hasta el fin de nuestros días.

Con mayor certeza esa grabación de acontecimientos, de personas, de conductas humanas se mantienen vivas en el recuerdo. Muchas de esas experiencias nos dejan gratas, felices imágenes, también de las otras…

Es propio de los niños la actividad lúdica, la sana diversión que por naturaleza de la especie a cada ser humano en esa fase de la vida le corresponde, es un sagrado derecho. El niño que juega, que se divierte, que ríe será siempre un ser humano de grandes, de nobles valores.

Hoy, en este siglo que nos toca vivir, tan complejo, con tantas incertidumbres, y transcurridas ya varias décadas de nuestras vidas, en lo personal tengo muy presente el recuerdo de un niño que a sus 6, 7 años, coetáneo mío, fue un entrañable amigo. Fue un compañero de vivir aventuras infantiles, de jugar.

Con el tiempo he podido de alguna manera precisar mejor quién era, quién fue en esos pretéritos años el niño que apodaban ‘Juan Poroto’. Él frecuentaba el sector, el barrio central de la ciudad de Rancagua, en cuya área existía el Mercado principal de la urbe, más específicamente situado en las proximidades de la Plaza. Ese centro comercial de alimentos daba el ritmo a la ciudad, era un lugar socialmente gravitatorio.

Además entorno al Mercado sucedían otras actividades. Ubicadas en una de sus laderas estaban las concurridas folclóricas cocinerías. Y, muy cerca, el estacionamiento de las micros, de las góndolas que cubrían el recorrido Machalí – Rancagua, también otras cuyos destinos eran Coya – Pangal.

En la actual calle Alcázar, entre Bernardo Cuevas y Mujica, se ubicaba el Club Deportivo Vega Central, entidad que respondía a los intereses de los comerciantes que se reconocían como un activo gremio. La sede contaba con un amplio salón con medios para diversos entretenimientos, entre otros, juego de billar, ping-pong, juego de naipes, y mesas de futbolito. Esta última era la atracción máxima de los niños que vivíamos cerca del lugar, y principalmente de mi amigo ‘Juan Poroto’. Hoy, de los lugares, actividades, sedes, costumbres y espacios descritos nada existe.

Con plena certeza puedo decirlo ya después de largo tiempo transcurrido, pues en aquellos instantes no me percataba realmente de su condición, que ‘Juan Poroto’ era un niño abandonado. Él para sobrevivir cantaba en las micros mencionadas. Recuerdo que su repertorio preferencial eran canciones de origen mexicano, corridos y otras del agrado de los pasajeros que se entretenían mientras esperaban que esos medios de transporte de la época emprendieran el viaje. Yo permanecía expectante a que mi amigo concluyera sus interpretaciones para seguir el juego en las mesas de futbolito. Una imagen que no olvido es aquella en la que Juan Poroto al cantar extendía su cuello, y a la vez prolongaba la voz que la canción y su registro le exigían hasta perder casi el aliento. ¿Cómo un niño a esa edad tenía que hacer lo descrito para sobrevivir? Nunca supe si asistía a la escuela, dónde dormía, tampoco su verdadero nombre. Otro niño – y otros que a veces solían llegar al lugar – que quizás de dónde venía, también era conocido por su apodo de ‘Paparrucha’. Sus identidades eran lo que hacían ¡Qué maldición!

El abandono, la orfandad y la explotación infantil nunca han dejado de existir en nuestra sociedad, es la más brutal expresión de la miseria humana hasta límites de la crueldad. Los niños siguen siendo los más olvidados, los más desamparados seres en esta comunidad que vive obnubilada, alienada por lo superfluo que le ofrece la actual sociedad de consumo hasta el obsceno y repugnante hartazgo.

Todo ser humano merece respeto, consideración, afecto. Los niños por ser ellos los más indefensos en este deshumanizado y contrahecho mundo han de contar con el más sagrado respeto.

Juan Poroto, entrañable amigo, compañero de aquellos infantiles años, donde la vida te haya situado en estas horas… Aquí tienes a tu hermano, a tu compañero dispuesto a la más resuelta batalla porque tú, hoy un hombre, y los millones de niños desamparados de este país, sean dignos seres merecedores de todos los derechos que hasta hoy, y por siempre les han sido negados.