Nuestra memoria entre la vida y la muerte

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Escribe Dra. Rocío Angulo, Académica Instituto de Ciencias Sociales, Universidad de O’Higgins.

Como los virus, algunas ideas pueden ser asintomáticas y vivir latentes en una sociedad hasta que encuentran las condiciones para expresarse. También viajan de boca en boca, de mano en mano, por el aire, y cuando alcanzan el estatus de pandemia, podemos considerarlas parte de la cultura global. La cultura y la memoria de los grupos humanos se ha transmitido siempre oralmente, era así antes de la invención de la palabra escrita y aún lo es donde saber leer y escribir todavía es un privilegio. Los viejos contaban historias, hablaban de sus dioses y mitos fundacionales, de los líderes que habían marcado sus destinos, prescribían lo que se podía o no hacer y transmitían sus propias experiencias de aprendizaje. Eran el disco duro de nuestra especie.

Somos animales sociales y nuestro éxito evolutivo deriva en gran parte del conocimiento acumulado, ningún experto lo duda. El papel de las viejas-sabias como transmisoras del conocimiento ha sido entonces invaluable para nuestra supervivencia, pero ahora, la memoria de la especie cuenta con otros soportes como la educación institucionalizada e internet. Contingente o casualmente, los viejos están siendo confinados y devaluados hasta el punto de que, en mitad de la pandemia, parece que a nadie le resulta tan extraño priorizar la vida de un joven si la situación obliga a decidir. A (casi) todos nos parece una aberración priorizar la economía sobre la vida, pero yo me pregunto si no habrá alguna idea económica, latente como un virus, también detrás de este orden de prioridades. Dejo la pregunta al aire.

Solicitar el establecimiento de criterios para decidir quién vive y quién muere atenta contra las normas y preceptos ético-morales más básicos que nos hemos dado para convivir en democracia y supone la inmoral asunción de que unas vidas valen más que otras. Estamos en una situación crítica que no puede ser resuelta por la ciencia, la política, la religión ni la economía por separado. Sin embargo, como sociedad, parece que de nuevo estamos mirando para otro lado mientras los gobiernos en plena crisis de legitimidad toman decisiones que cruzan todas las líneas rojas en lo que puede ser un punto de inflexión total.

Nos ha sobrado soberbia en el cálculo de riesgos, nos falta madurez y poco a poco nuestra memoria se está convirtiendo en una colección de fake news formato Instagram. Con nuestros viejos estamos perdiendo nuestra mejor estrategia adaptativa, por lo menos hay que saberlo porque nada bueno puede venir después.