El fin de los liderazgos negativos

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Escribe Alberto Bethke, CEO de Olivia (www.olivia-la.com) 

El desarrollo de nuevos beneficios, como las propuestas de horarios flexibles o los planes de carrera, la generación de espacios laborales agradables, entre otros, son algunos de los esfuerzos que hacen las compañías para captar y retener el mejor talento del mercado, pero que en ocasiones pueden chocar con una variable definitiva: un mal jefe. Según diversos estudios, se trata de uno de los elementos más importantes de la experiencia del empleado, el que más impacta en su desempeño y, en última instancia, el que empuja a muchos buenos colaboradores “puertas afuera” de la organización.

Los malos jefes quedan en evidencia cuando se analiza el índice de rotación de una compañía: o es muy alto, lo que implica que los buenos recursos se le escurren a gran velocidad; o es nulo, ello significa que, a la hora de contratar, eligió personas con valor de mercado cero.

En un contexto de alta competitividad y de innovación continua, como el que estamos viviendo, es imprescindible que los liderazgos corporativos estén en manos de personas con capacidad para potenciar a su equipo de colaboradores y empujar a cada uno de sus integrantes para que dé el máximo de sí. Se conoce como “jefe potenciador”, precisamente, a aquel que muestra compromiso con el propósito organizacional, conoce la estrategia de la compañía y desarrolla iniciativas acordes para que sus liderados transiten en esa dirección. Un hombre que se detiene a pensar y que apela a las variables blandas de interacción personal para fomentar la escucha, la opinión y la formación de su gente no “baja línea”, sino que, a través del ejemplo y generando entornos de libertad y autonomía, guía a su equipo hacia los objetivos.

En contraposición, el jefe nocivo vive convencido de que siempre tiene la razón. Ve enemigos entre sus pares y sus superiores, siente como una amenaza cualquier iniciativa surgida por alguno de sus “subordinados”, respecto de quienes teme que le “muevan el piso” y desperdicia buena parte de su tiempo en politiquerías de pasillo y en producir discordia dentro de su propio equipo, partiendo de aquella premisa de divide y reinarás. Premia sólo por cumplimiento de objetivos, destaca logros individuales propiciando una competencia interna nada saludable, desdeña la diversidad de ideas y, por supuesto, se adjudica el mérito de otros cada vez que le resulta posible.

¿Cómo evitar la presencia de líderes negativos dentro de una organización? Existen dos vías: La primera consiste en generar una cultura organizacional que permita la detección de estos malos jefes mediante canales de comunicación abiertos, evaluaciones de 360 grados y cercanía de los máximos directivos a todos los colaboradores. Cada vez que se identifique a supuestos líderes que no cumplen con los valores y las expectativas, se debe evitar que continúe con sus funciones. La segunda vía, va por formar a todos los colaboradores, desde el inicio de sus carreras, en variables blandas, para generar una cultura en la que las conductas y los atributos esperados por la organización sean claros y donde se promuevan programas de formación para habilidades futuras. Así, la organización se asegura de que el día que a ese colaborador le toque ocupar un puesto de liderazgo, lo hará siendo un buen jefe.