El pago a la Mistral

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Escribe Franco Muzzio, Extensión Académica y Cultura, Universidad Central.

Hace unos días se inauguró en La Serena una escultura en conmemoración del natalicio de la poeta nacida en Vicuña. La obra que contó con el auspicio de una reconocida marca de maderas fue instalada en la vía pública como un objeto de contemplación. Hasta aquí todo se visualiza como un rito idóneo a la estatura de la autora de ‘Tala’ y ‘Lagar’. Pero algo pasó en el camino, algo con la estética no cuajó, algo con la representación simbólica no dio con el mínimo estándar. A estas alturas ya parece que el ninguneo es una constante histórica. Chile tiene una deuda eterna con Gabriela Mistral, un Dicom inevitable que impide cerrar la herida de lo ingrato y que de vez en cuando vuelve a reiterar con torpeza.

No fue suficiente la tardía entrega del Premio Nacional de Literatura a 6 años de haber recibido el Nobel y tampoco haberla impreso en un billete, como si eso de andar de bolsillo en bolsillo fuera un signo de alto honor y respeto.

Lo más cercano a un reconocimiento de peso, con futuro pedagógico y cultural vino con el bautismo de un Centro Cultural, pero que a la larga se diluyó por la manía de reducir todo a la expresión de una sigla, todo quedó en ‘el Gam’ y su rótulo de ‘Centro Cultural Gabriela Mistral’ se reservó únicamente para las invitaciones protocolares y la placa que nadie lee a la entrada del edificio.

La Mistral es un ícono de la conexión entre el ser humano y la docencia, entre la poesía más onda y los asuntos trascendentes de lo terrenal. Una maestra de vida que se inserta como un patrimonio humano y que ha sido complejo aplaudirle sin caer en lo vacío. Una persona que contaba con todos los ‘atributos’ para ser discriminada: mujer, feminista, destacada en un ambiente de alto machismo, con rasgos indígenas, alta como un poste y lesbiana, para cerrar su prontuario.

Una escritora que ha caído en el reduccionismo intelectual hasta el cansancio, en la higienización de su intimidad y en el infantilismo de su obra, un trabajo literario vasto, casi tan vasto como los cielos del Valle del Elqui que la vieron caer al mundo.

No se necesita ser un experto para darse cuenta que ni la materialidad, ni la técnica, ni las buenas intenciones fueron las más afortunadas para representar a la Mistral. Porque una cosa es la noble intención de la madera y de lo humano y otra muy diferente es una acumulación de tablas tratando de trazar a una poeta, a una mujer que escribió con riesgo el tiempo que le tocó vivir.