El Principito: Las huellas de los docentes son invisibles a los ojos

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Escribe Marcela Reyes General, Jefa de Carrera del Área Educación Santo Tomás Rancagua.

El Principito, como buscador de la verdad, es quien inspira el Tema Sello Santo Tomás 2019. Cada año, la institución escoge a un personaje y lo relaciona con su misión principal: formar futuros profesionales entregando conocimientos, herramientas y actitudes para que sean un aporte a la sociedad.

Nuestros valores institucionales de amor a la verdad, esfuerzo y solidaridad son grandes tareas para inculcar en nuestros jóvenes y adultos que pertenecen a esta generación de lo inmediato y lo desechable en todo orden de prioridades. Sociedad que nosotros los adultos – padres y por qué no decir algunos profesionales – hemos creado.

Estoy segura de que la mayoría de ustedes ha leído “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry y en cada capítulo ha descubierto una enseñanza o se ha visto reflejada en él. Por eso, creo que nuestros valores se pueden ver reflejados en esta frase que las instituciones Santo Tomás han tomado como lema: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

El amor a la verdad es para mí invisible a los ojos. Uno no puede andar preguntando a los otros si lo que dicen es la verdad, uno frecuentemente confía que es así. A pesar de no ser una acción concreta que podamos ver o tocar, su importancia es relevante para ser un profesional con valores en su vida, honrado y que sabe tomar buenas decisiones, a pesar de que signifique un error.

Sobre todo para quienes nos desempeñamos en el Área Educación, el ir por la vida con la verdad por delante es una de nuestras enseñanzas diarias. Por años he formado personas que tendrán la misión de ser un modelo formador para nuestro futuro: los niños y niñas de nuestro amado país.

El esfuerzo diario nos hace crecer. He visto llegar alumnos con muy pocas herramientas – tanto académicas como actitudinales – y han aprendido que día a día debemos esforzarnos para subir un escalón en esa escalera que es la vida. No se ve, pero el fruto de ese esfuerzo se verá en el momento de su titulación, por lo que también es invisible, así como el zorro enseñaba al Principito.

La solidaridad es una actitud difícil de encontrar en esta rápida vida. La sociedad en su mayoría no es solidaria por sí misma; requiere de una publicidad, de un rostro público que los motive o un ejecutivo que los visite en la oficina para decidir aportar a otro. No me refiero que ser solidario siempre es dar dinero o enseres en momentos de catástrofe. Ser solidario para nosotros es tener la costumbre de aportar un granito de arena a otros y que sea parte de nuestro ser.

Nosotros enseñamos a apoyar a docentes que lo necesitan y a los compañeros; no hacerle el trabajo o incluirlo en éste, menos dar las respuestas de la prueba. Les enseñamos a compartir lo que tenemos, lo que hacemos o lo que sabemos y no queremos publicarlo en cada momento y decir: “Hoy fui solidario”. Debe ser una necesidad del alma de cada uno de ellos.

Formar personas, saber quiénes son y cuál es su historia es una de las formas en que me gusta trabajar y formar. Mi creencia es que para hacer un profesional de nuestros alumnos, debemos trabajar su esencia, su autoestima, su voluntad y sus ganas de crecer como persona, no sólo en conocimiento.

Lo esencial es invisible a los ojos, no se ve más que con el corazón. Cada huella que los docentes dejamos en los alumnos, sea cuál sea su edad, es invisible a los ojos de los padres y de la sociedad. Dejamos alegrías, sueños, deseos de cambiar, valentía, amor, reconocimientos y tiempo. Por eso, los invito a ser de aquellos que sembramos sueños invisibles y no dejemos miedos, frustraciones y decepciones en el camino de nuestros alumnos. Seamos profesionales con vocación, seamos aquellos locos que nos levantamos felices de ir a compartir nuestra vida con esos niños, adolescentes y jóvenes que quieren recibir de nosotros lo mejor: lo invisible.