Educar para la igualdad

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Escribe María Olivia Recart, Rectora Nacional Universidad Santo Tomás.

En estos días en que se está retomando la actividad educativa en nuestro país, tenemos una nueva oportunidad para observar las brechas en la forma en la que formamos a niñas, niños y jóvenes.

Y esta reflexión comienza con una definición: la cultura es aquello que toleramos. Es decir, lo que aceptamos porque no queremos hacerlo notar, no nos llama la atención, nos da “lata” corregirlo o, simplemente, pensamos con cierto cinismo que “así es como se hacen las cosas en Chile”. Toleramos la discriminación cuando aceptamos que se eduquen a niños y niñas en el marco de las diferencias, cuando se agrede, acosa o violenta a alguien por su condición de debilidad frente al poder de otro o por su orientación sexual. También cuando las organizaciones discriminan en su contratación por género o el mercado laboral determina oficios, profesiones o roles en base a esta misma división. Ese es nuestro país, y lo hemos construido nosotros.

Ello ha impactado el modelo pedagógico tradicional, desincentivando a las mujeres a seguir carreras en las áreas de ciencias, matemáticas, ingeniería y tecnología (STEM). Esto es porque aceptamos como sociedad prejuicios equivocados sobre la distribución de capacidades. En definitiva, la educación superior tiene grandes tareas pendientes; entre ellas, alimentar al sistema para derribar los prejuicios desde los estudiantes y académicos. Si nos pusieran nota, definitivamente, habríamos reprobado.

La carrera académica de las mujeres, la flexibilidad de estudios para estudiantes, la compatibilización de trabajo y familia, el acceso a los cargos directivos, y las áreas de especialización, son algunos temas en los que – a  corto plazo – hay que avanzar.

A diario escuchamos sobre el Chile del futuro, pero ¿estamos conscientes que para ello debemos educar con igualdad? ¿Nos damos cuenta que es el único camino, más aún cuando las aulas, ya sea en educación escolar o superior, son un reflejo inequívoco de diversidad? Solo por citar un ejemplo, en Santo Tomás hoy casi el 70% de nuestra matrícula son mujeres y un 54% forman parte del cuerpo académico. Tenemos decanas, directoras de escuela, de carrera y una reciente asumida rectora. Y sabemos que debemos hacer más.

Dada esta realidad, quiero hacer una invitación: ampliemos el desafío. Hablar de género nos da la oportunidad única de abordar la inclusión para abrir las puertas de todos los que se han sentido discriminados.

No desaprovechemos la oportunidad de convertirnos en agentes de cambio estemos donde estemos. Eduquemos deliberadamente para la igualdad y la no discriminación. Intervengamos nuestras prácticas pedagógicas desde la educación inicial. Si los camiones pueden ser juguetes de niñas y las muñecas de niños, si los resultados en matemáticas de hombres y mujeres en sus primeros años de enseñanza se mantienen a lo largo de la vida, si los padres se toman parte del postnatal y se quedan en la casa criando a los hijos, si la convivencia en la vida cotidiana, en las salas de clases y en cualquier espacio público y privado, se hace con respeto, y si nuestras académicas pueden acceder a cargos directivos, si esto sucede, sabremos que hemos educado por la igualdad.