La esquina es mi corazón: Condena Urbana

443

Escribe Franco Muzzio, Encargado de Extensión Cultural, Universidad Central.


¿Qué está pasando en nuestra sociedad? Lo más probable es que el Liceo de Hombres San Francisco de Quito de Independencia no le sea familiar al oído y que la palabra “asqueroso” no sea más que un sonido que evoca a un asunto nauseabundo.

Pues bien, el programa de la asignatura de Lenguaje y Comunicación iba caminado como de costumbre, hasta el momento que salió a colación la figura de Pedro Lemebel y la respectiva instrucción de leerlo según lo planificado por la UTP del establecimiento.

“Asqueroso”, esa palabra fue la escogida por los estudiantes para manifestar su repudio y negación de transformarse en lectores del autor de ‘Tengo miedo torero’. Y me detengo en esa palabra tan dura, tan cercana a las cloacas que aún nos habitan, en esa palabra en la que viven tantas de las batallas en las que Pedro Lemebel puso la mejilla, uñas, énfasis y que finalmente construyeron su geografía literaria.

A lo anterior, que ya es un escenario lo suficientemente arrogante, hay que sumar que contaron con el aval de sus padres que argumentaron una supuesta ‘homosexualización’ de sus hijos a través de la lectura del texto propuesto.

Lemebel, ícono de la contracultura, un fenómeno subversivo que a través de sus crónicas y trabajo artístico logró visibilizar los ruegos del resentimiento. Su pluma dejó un legado de ácida elegancia que merece tener voz dentro de las salas de esta franja de tierra llamada país.

Pedro Lemebel es la manera que encontró la literatura de darle voz a la rabia, de entregarle rincones de belleza a la marginalidad, un escritor que reivindicó en cada prosa al que lo denigran cuando aún ni siquiera descubre que ha vivido en el suelo desde siempre.

Espero no estemos viviendo la primavera de la censura estudiantil, ni la época en que los establecimientos educacionales adopten una postura en donde las mallas curriculares se vean violentadas por el fruto de la homofobia y el descontrol del respeto por la diferencia. No sé hasta cuándo, pero la educación chilena sigue naciendo “con una alita rota”.